25 jóvenes de la asociación Almudí de Valencia han estado del 15 de julio al 7 de agosto trabajando en orfanatos y pequeñas aldeas rurales -sin agua y sin luz- de Nicaragua. No han obtenido créditos de ninguna asignatura de Cooperación al Desarrollo que se imparta en la Politécnica o la Literaria, simplemente han ido porque tienen deseos de aventura, de participar en algo exótico y  sobre todo, para poner sus conocimientos al servicio de los demás.

     Para el  profesor de la Escuela Técnica de Industriales Rafael Vives Fos este era el tercer Campo de Trabajo en Nicaragua en el que participaba con Almudí: siempre traigo un grupo de alumnos porque creo que esta asignatura de humanidad y solidaridad que nos inyectan en vena los huérfanos, marginados y enfermos con los que convivimos durante más de tres semanas, es la asignatura práctica más importante del año. El peligro de nuestra universidad es formar trepas egoístas y mezquinos. Cada alumno que asiste a este campus de El Crucero debe pagarse su billete -650 euros- y estar preparándose todo el año para luego ser realmente útil y conocer bien su cometido.

     Nicaragua es el segundo país más pobre de América. El mal gobierno, la deficiente infraestructura social y sanitaria, y la falta de personal cualificado, son sólo algunos de los factores que contribuyen a que la pobreza siga ganando terreno. Ante tal situación, las autoridades del país junto con las instituciones eclesiales, han decidido llevar a cabo acciones concretas para erradicar el analfabetismo y el paro.

     El objetivo del  viaje, como voluntarios, era echar una mano al delegado episcopal de enseñanza de la diócesis de Managua, monseñor Eyléen. El P. Alfredo, un sacerdote del Opus Dei, que lleva allí muchos años, coordina cada verano a distintos jóvenes de todo el mundo y asigna a cada grupo una misión según las características de sus componentes. Sólo de Valencia han ido esta vez tres equipos de 65 voluntarios en total: 20 chicas con la fundación Dasyc- a una pequeña Comunidad de León-, 20 universitarios del Colegio Mayor Albalat -por 4º año consecutivo a la aldea de Los Jardines de Apoyo- y 25  jóvenes con la asociación Almudí que se alojaban por tercera vez  en un salón de la parroquia  de Nuestra Señora de las Victorias en El Crucero. Estos últimos, cada mañana, repartidos en pequeños grupos, salían junto con algunos lugareños a dar clases en colegios de la selva, atender a niños del orfanato, cuidar enfermos, y especialmente, a formar a los equipos de  formadores que se quedarían luego en  cada aldea continuando su labor.

    Llegaron con mucha ilusión, curiosidad y un poco de temor ante esas vacaciones tan distintas de las habituales. Temor , porque, entre  otras cosas, tuvieron que vacunarse de fiebre amarilla, fiebre tifoidea, hepatitis A y B, poliomelitis, tétanos y difteria. Y llevarse pastillas contra la malaria.

      Al principio, el impacto fue bastante fuerte para todos. Estuvieron en la Chureca, el basurero de Managua, ubicado en el barrio de Acahualinca, junto al lago contaminado de Xolotlán. 600 niños se abalanzan cada día ante las toneladas de residuos para poder sobrevivir. El plástico, el papel y el vidrio son los " tesoros" por descubrir entre vapores tóxicos y picaduras de mosquitos. Tampoco les resultó fácil habituarse a las comidas, ducharse con un cubo y un cuenco, y dormir rodeados de alacranes, escorpiones, iguanas y culebras. La Congregación de las Hermanas Josefinas y la de Las  Siervas del Divino Rostro les ayudaron en todo momento con la labor sacrificada de sus abundantes postulantes y novicias. Tanto ellas, como las Carmelitas Descalzas, en cuyo convento oían Misa todos los días, fueron un ejemplo constante de alegría y generosidad en el compromiso.

Los voluntarios iban preparados para todo, sin embargo no ìban vacunados contra una cosa: el cariño de los nicas, especialmente del de los niños del orfanato. Los canallas de ellos nos robaron el corazón desde el primer momento, dice el estudiante de 18 años Héctor Coll. Se hizo difícil volver, sólo nos consuela la esperanza de repetir el verano que viene y volver así a ver sus caritas y recibir sus abrazos.

Fernando Cuevas Raposo