(Nicaragua, Julio 2004)

Harry Laudex, un novelista de origen sueco, narra la historia de un viejecito que era el encargado de encender los faroles de una pequeña ciudad. Todos los días, cuando empezaban a caer las primeras sombras de la noche, el viejecito empezaba su labor de ir poste por poste a ambos lados de la calle, encendiendo los faroles que iluminarían a los habitantes de aquella ciudad durante las horas de oscuridad.

Por tratarse de una población pequeña, la ciudad sólo tenía una calle principal larga y angosta. Por eso, cuando se estaba en lo alto de una colina cercana al extremo de la calle donde iniciaba su labor diana, había un momento en que el viejecito se perdía de vista, pero era fácil ver por donde iba pasando, ya que detrás iba quedando una estela brillante de luces encendidas producto de su trabajo.

Ahora que hemos concluido esta primera etapa de la Misión  2004 en El Crucero, creo que hacer una similitud entre la labor de evangelización que ustedes han desarrollado y el trabajo del personaje del escritor, resulta bien sencilla.

Queridos hermanos españoles, queridos hermanos mejicanos: cuando estábamos a inicios de esta misión, tenían por delante un camino lleno de sorpresas que había que recorrer, con metas que cumplir, con gentes que conocer, y con almas ávidas de conocer a Dios.  A medida que fuimos avanzando en el trabajo de estas casi tres semanas, ustedes fueron dejando atrás una estela brillante de muchas luces encendidas que son cada uno de nuestros hermanos con los conocimientos religiosos que ustedes les fueron transmitiendo. La gran diferencia con el relato del escritor sueco es, que estas luces que ustedes han encendido estoy seguro que perdurarán para siempre, e iluminarán muchos hogares, y muy pronto con lo ayuda de Dios a todo El Crucero, y todo esto gracias al esfuerzo, a la dedicación, y al amor de todos y cada uno de ustedes por nuestros hermanos.

Soy de los que cree firmemente que, como cristianos, como hijos que somos de un Dios que es luz, e imitando al anciano que encendía los faroles en la calle larga y angosta, a todos nos toca cada día, durante los 365 días del año, encender luces para iluminar el camino de los demás, de la misma manera que ustedes lo han sabido hacer con nuestros hermanos en estas tres semanas de misión.

El domingo 31 de julio tuvimos nuestra misa de clausura, y ha sido muy hermoso ver cuantas y cuantas luces han dejado ustedes encendidas para la posteridad. Niños y niñas que no conocían a Jesús le han recibido por primera vez; jóvenes que no habían asentado su fe fueron confirmados en la misma; mujeres y hombres que nunca habían evangelizado lo hicieron movidos por su ejemplo, y bien podría seguir enumerando tantos y tantos beneficios recibidos por los habitantes de nuestro municipio.

Es por eso que, esta comunidad parroquial de El Crucero, todos los hombres, mujeres, niños y niñas a quienes han traído la luz de la fe, queremos decirles desde el fondo de nuestro corazón: GRACIAS, pero así: con mayúscula , por todo ese trabajo inmenso que han sabido realizar y al que pueden estar seguros sobremos darle continuidad.

¡Que Dios les bendiga y les devuelva el ciento por uno por esta labor incomparable!

Comunidad Parroquial de El Crucero

El Crucero, Nicaragua, 6 de agosto de 2004