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La metafísica darwiniana

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Y el fundamentalismo de la pseudociencia

OpusPrima.wordpress.com

Uno de los éxitos del fundamentalismo científico es la existencia de una realidad que no hace mucho viví en mis propias carnes. Un habitual comentarista de mi blog me envió un correo electróAlmudi.org - Pensadornico donde me decía: "filosofar sobre ciencia es una pérdida de tiempo". La sentencia es breve, pero destructivo su contenido en cuanto que es una proposición que lamentablemente se esparce entre los españoles de más corta edad gracias a unos planes de educación que han logrado que nuestros barbilampiños se limiten a hacer las cosas sin peguntarse el por qué. Resultas de eliminar o discriminar aquellas asignaturas cuyo objeto es la reflexión —filosofía o historia de la ciencia— se logra lo evidente: generaciones de niños y jóvenes ignorantes que creen ciegamente que la ciencia es autónoma, pura objetividad y el culmen del saber.    

El fundamentalismo científico sitúa la ciencia y la opinión de los científicos como verdad axiomática e incontrastable. Sus embajadores no son sólo charlatanes, sino que entre ellos se cuenta a científicos de renombre, que defienden sus creencias utilizando la ciencia de manera irracional y atacando airadamente a quienes discuten sus planteamientos. La ciencia no es el Conocimiento, sino que es otro modo más de conocer, en concreto mediante el método científico. Es importante remarcar la cuestión del método porque es precisamente esto lo que olvidan siempre los cientificistas. Si atendemos al método de manera rigurosa y pormenorizada distinguiremos con rapidez qué es ciencia y qué es pseudociencia. 

El objeto de la ciencia es conocer la realidad natural y explicar determinados fenómenos mediante la experimentación del modo más confiable posible y siempre mediante pruebas. Es importante señalar, porque los fundamentalistas de la ciencia lo obvian, que lo que afirma la ciencia es siempre provisional y nunca infalible ni absoluto; lo contrario es mentir. El conocimiento científico requiere descripciones —leyes— de lo que acontece como explicaciones —teorías— del por qué ocurre. El límite del método de la ciencia radica en que sólo puede aplicarse para el estudio de fenómenos medibles, reproducibles o repetitivos. De este modo, si algún científico quiere alcanzar el conocimiento total tanto de un fenómeno como de la realidad en su conjunto no obtendrá ningún resultado solo con su método ya que se introducirá en el ámbito de otros sistemas de conocimiento, entre ellos el metafísico cuando se trata de la cuestión de Dios, recientemente tratada por Hawking.   

La ciencia, por tanto, está sujeta a las limitaciones propias del método científico, por lo que su alcance es limitado y no absoluto como algunos pretenden cuando señalan que la ciencia es la explicación última de todo. La ciencia no lo puede explicar todo, incluso muchas de sus hipótesis no se pueden probar experimentalmente. Estas últimas semanas se ha desatado la polémica en torno a Hawking porque este niega la acción creadora de Dios. Científicamente tal declaración no se sostiene porque no se ha experimentado para probar que Dios no ha creado el universo. Por tanto, nos encontramos ante una opinión, pero no ante una teoría científica, ya que no se puede confirmar ni desmentir. Por otro lado, todo el conocimiento que actualmente ha sido probado y comprobado puede ser, en algún momento, descartado y anunciarse su equivocación y esto porque el conocimiento científico es siempre provisional y no absoluto; por ejemplo la indivisibilidad del modelo atómico de Dalton.

Que una teoría sea refutada no es negativo, todo lo contrario. Popper indica que de una teoría científica siempre se puede estar seguro de que tarde o temprano será refutada, y es que si una teoría permanece un tiempo exageradamente prolongado sin ser refutada es el indicio de que estamos, en realidad, ante una afirmación pseudocientífica o metafísica. Y no hay afirmación más pseudocientífica que elevar al rango de ley la teoría evolutiva de Darwin, reinterpretada ad hoc hasta la saciedad por sus embajadores con el fin de salvarla de toda refutación. Pero como bien dice Popper: «No existe ninguna ley de la evolución, sino sólo el hecho histórico de que las plantas y los animales cambian, o, más precisamente, que han cambiado. La idea de una ley que determine la dirección y el carácter de la evolución es un típico error del siglo XIX que surge de la tendencia general a atribuir a la "Ley natural" las funciones tradicionalmente atribuidas a Dios» (Conjeturas y Refutaciones: el Crecimiento del Conocimiento Científico). 

Es necesario denunciar una y otra vez todas aquellas ideas, opiniones y creencias que se divulgan como científicas cuando no son más que pseudociencia. No hay nada más falso que afirmar en nombre de la ciencia que "Dios no existe" o que "Dios no es la causa del universo"; sin embargo es curioso encontrar a muchos anticristianos entre los embajadores de la pseudociencia. Por otro lado, también es necesario avisar del peligro que supone el fundamentalismo religioso, que con el fin de contraatacar a estos convierte a la ciencia —única víctima de todo— en una especie de hija del demonio.  

Como siempre digo, la tarea más apasionante en beneficio del saber y de la verdad es el trabajo conjunto de todos los modos de conocer de los que dispone el ser humano. Es necesario y maravilloso, al mismo tiempo, ocuparse de nuevo sobre el principio de causalidad gracias a los avances de la ciencia y dejar de barrer bajo la alfombra todas las respuestas que no nos interesan. 

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