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Proliferan los cementerios para mascotas pero arrecia el debate sobre su «vida eterna»

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La Iglesia episcopaliana de Connecticut ya permite que perros y gatos reciban la comunión. El fallecido tenor Alfredo Kraus no sólo fue una de las mejores voces de España. También fue pionero en defender que los perros tenían alma y que los amos pod...

La Iglesia episcopaliana de Connecticut ya permite que perros y gatos reciban la «comunión»

 

El fallecido tenor Alfredo Kraus no sólo fue una de las mejores voces de España. También fue pionero en defender que los perros tenían alma y que los amos podrían reunirse con sus mascotas en el cielo. Y aunque en Estados Unidos no son especialmente seguidores del canario, esas ideas cuadran perfectamente en su sociedad. Las empresas que ofrecen servicios funerarios para mascotas han visto incrementadas sus ventas en un altísimo porcentaje y los libros que hablan de la vida eterna animal se convierten en best-seller. Cementerios, obituarios y responsos que cuestan muchos dólares a los vivos.

 

La Razón, miércoles 10 de noviembre de 2004  **  José Antonio Méndez 


Madrid- Si tiene usted mascota y decide, en el fatídico día de su muerte, darle un sentido adiós, probablemente acudirá al descampado más cercano y enterrará allí a su compañero; pondrá unas piedras sobre la tumba y quizá un ramo de flores. Éste era el procedimiento normal que seguía el común de los propietarios de algún animal doméstico.

 

Hasta ahora. Porque en Estados Unidos hacen furor los negocios destinados a ofrecer un suntuoso sepelio para las mascotas, lápidas y parcelas en campo santo incluidas. Nada menos que 28 millones de dólares se mueven al año en EE UU gracias al mercado de las mascotas.

 

Además de las tradicionales clínicas veterinarias y de un interminable surtido de productos para animales, los gimnasios, peluquerías, hospitales, guarderías, campos de vacaciones, saunas y «boutiques» para mascotas crecen como la espuma en norteamérica. Y, como es lógico, si nuestro perro, gato, pájaro, hamster o iguana disfruta de los mayores lujos en vida, ¿por qué negarselos en sus últimos momentos? Así, los dueños recurren a lugares donde poder celebrar sus exequias y orar por su eterno descanso. Éste es el caso del templo budista de Cleveland, donde, por un plus económico, garantizan a los dueños poder reunirse con sus fieles amigos en la próxima vida. O el cementerio de San Antonio, última morada de perritas como «Dolly», que yace en una tumba lujosamente tallada con su estatua y su fotografía.

 

Si, además, el afligido dueño quiere mantener vivo el recuerdo de su fiel amigo por todo el mundo, nada mejor que incluir su nombre y epitafio en un «cibercementerio», como el de www.mascotamigos.com, para que desde cualquier punto del planeta pueda ser honrado. A «Pelusa», por ejemplo, la recuerdan así en la red: «Espero que estés bien en el cielo con los gatos y los pajaritos. Sé que un día nos volveremos a reunir y ya no nos separaremos».

 

Visto lo visto, no es de extrañar que libros como «¿Veré a Fido en el cielo?», de Mary Buddemeyer-Porter, estén arrasando en las lista de best-sellers americanos.

 

La pregunta sobre la vida eterna de las mascotas y el cuidado de su alma empieza a tomar tintes realmente importantes en el país más poderoso del mundo. De hecho, la Iglesia episcopaliana de Connecticut ya ofrece servicios dominicales para mascotas y les permite recibir la «comunión».

 

También los judíos pueden celebrar los «bar mitzvahs» –ceremonia con la que los niños judíos de 13 años celebran su mayoría de edad– y disfrutar de comida «kosher» ajustada, claro está, a los paladares caninos o gatunos.

 

Todo un negocio que queda reflejado en el aumento de lápidas que se demandan en EE UU a la empresa de animales Petco, o las tarjetas que la empresa Hallmark envía a los propietarios de animales fallecidos con textos como «un alma tan dulce nunca podrá ser olvidada». En nuestro país también comienzan a florecer los servicios funerarios para mascotas. El Ayuntamiento de La Coruña construirá en 2005 un cementerio con capacidad para trescientas sepulturas, con lápidas de pizarra gallega y un presupuesto estimado de 90.000 euros. Algo más íntimo, y bastante más caro, que el entierro en un descampado.

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