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La vida nueva

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A muchos nos ocurre como a Nicodemo

XL Semanal

A veces se dice sumariamente que Jesús condena a los ricos, pero más exacto sería afirmar que condena a quienes tienen apego a las riquezas, a quienes ponen su corazón en el dinero; y prueba de ello es que entre sus seguidores se contaron hombres ricos e influyentes.

Uno de ellos es Nicodemo, que según nos cuenta el Evangelio acudía a Jesús de noche, un poco a hurtadillas, para evitar la vigilancia de los fariseos. En una de las conversaciones que mantiene con Jesús, le pregunta: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejoAlmudi.org - Juan Manuel de Prada? ¿Acaso se puede entrar otra vez en el seno de la madre y volver a nacer?». Y Jesús le responde que, en efecto, cualquier hombre, no importa cuán viejo sea, puede volver a nacer del Espíritu.

Se trata de uno de los pasajes más inspiradores del Evangelio, porque nos habla de la posibilidad de renovarnos de forma profunda y radical, resucitando sobre las cenizas del hombre viejo. También es uno de los pasajes más definidores de la esperanza cristiana: convertirse es «volver a nacer»; y, una vez abrazados a esa vida nueva, nadie va a pedirnos cuentas de la vida antigua que hemos decidido dejar atrás.

Ésta es una de las mayores bellezas aportadas por el cristianismo (enturbiada por la Reforma, pero subsistente allá donde el orden romano subsiste): no importa lo que los hombres han sido, no importa lo que en el pasado hayan hecho o dejado de hacer, sino lo que hacen aquí y ahora; porque la vida humana está constantemente abierta a la redención. Es por esto que en los países de tradición católica todavía no triunfan esos intentos zarrapastrosos (tan habituales, por el contrario, en los países de tradición protestante) de manchar la fama de las personas públicas invocando episodios poco ejemplares de su pasado.

Visitando Florencia hace algún tiempo tuve oportunidad de contemplar, en el museo de su catedral, una extraña Piedad de Miguel Ángel que me hizo reflexionar sobre estos asuntos. Digo extraña porque es una obra de senectud, muy alejada por tanto de ese virtuosismo arrogante que caracteriza las obras juveniles de Buonarroti. Al parecer, Miguel Ángel concibió esta Piedad con el propósito de que presidiese su propia tumba; pero no la pudo concluir porque le sobrevino la muerte.

El Miguel Ángel que esculpe esta Piedad ya nada tiene que ver con el joven engreído, orgulloso de su arte, que ha apurado hasta las heces la copa de los placeres y el agasajo de sus contemporáneos; es un anciano que, como Nicodemo, desea volver a nacer. Y entonces se incluye a sí mismo en el grupo escultórico, forzando un poco la composición clásica de una Piedad, bajo la figura de un Nicodemo que sostiene el cuerpo exánime de Jesús. Como la escultura está inconclusa, se crea un efecto muy sugestivo: parece como si Nicodemo, como si el propio Miguel Ángel, estuviese en efecto naciendo ante nuestros ojos, brotando del cuerpo mismo de Jesús; sus rasgos borrosos, todavía no concretados por el cincel, parecen rasgos gestantes, los rasgos de un hombre en ciernes que se asoma a una vida nueva.

A muchos nos ocurre como a Nicodemo. No creíamos en la posibilidad de «volver a nacer», pensábamos que los errores del pasado eran lápidas de granito que nos echábamos sobre la espalda, fardos gravosos que nunca dejaban de aplastarnos; y, en consecuencia, creíamos que todo intento de renovación resultaría vano, porque aquellos errores del pasado continuarían arrojando su sombra sobre nuestra vida presente, impidiéndola cobrar vuelo.

Hubo una época en nuestra vida, incluso, en que tales ideas sombrías a punto estuvieron de apresarnos en su gangrena, convirtiendo nuestra existencia en una cárcel lóbrega, siempre atenazada por los grilletes del pasado. Y, mientras tales grilletes nos atenazaban, los negros pajarracos de la angustia empezaron a sobrevolarnos, disputándose nuestros despojos.

Pero un día descubrimos que hay una vida nueva aguardándonos a la vuelta de la esquina y nos aferramos a ella, como el Nicodemo de Miguel Ángel se aferra al Crucificado, y sentimos que en cada momento podemos ser salvados, que nada está fatalmente escrito, que las lápidas de granito y los fardos que nos aplastaban pueden convertirse hoy mismo en leve polvo, que los pajarracos de la angustia ya huyen despavoridos, que somos de repente hombres nuevos, hombres con la alegría recién estrenada que quieren volver a nacer.

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