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Bendita “casualidad”

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“En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece” (Juan Pablo II)

 «En realidad, todas las cosas, todos los acontecimientos, para quien sabe leerlos con profundidad, encierran un mensaje que, en definitiva, remite a Dios» (Juan Pablo II)

      Nada en nuestra vida pasa por casualidad, sino porque Dios tiene previsto grandes cosas paAlmudi.org - Los jóvenes con el Papara cada uno de nosotros.

      Es más, me atrevo a afirmar con certeza, la experiencia de mi vida avala esta afirmación, que cada persona que encontramos en nuestro camino, cada acontecimiento casual que ocurre en nuestra vida, los éxitos, los fracasos, las humillaciones, las alegrías…, tienen su razón de ser: nuestra felicidad.

      Es verdad que muchas veces cerramos los ojos del corazón para no ver, o no entendemos sus señales que nos marcan el camino elegido por Dios para cada uno de nosotros, o incluso, infravaloramos la trascendencia de las mismas. Pero una cosa es cierta: todo es para bien. A lo que me gustaría añadir: Y lo mejor está todavía por llegar.

      De hecho, la casualidad de que el mismo día que se inaugura en Madrid el Encuentro Preparatorio para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ Madrid 2011), la Congregación para las Causas de los Santos dé el visto bueno al milagro atribuido a Juan Pablo II para su pronta beatificación, me causa una alegría y una expectación inmensa.

      Más aún, cuando el cardenal Rylco, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, a su llegada a El Escorial, declaró: «Gracias a la labor de Juan Pablo II, la iglesia ha descubierto su rostro joven».

      ¡Bendita casualidad!

      Y al instante, por casualidad, han vuelto a resonar en mis oídos ─tenía por entonces unos veinte años─ las primeras palabras que nos dirigió Juan Pablo II, recién estrenado su pontificado: «Vosotros, jóvenes, sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Vosotros sois mi esperanza».

      Años más tarde, “el Papa de los jóvenes” nos recordaba en Paris: «Os lo puedo confiar: Dios me ha dado la gracia de amar con pasión a los jóvenes, ciertamente diversos de un país a otro, pero muy parecidos en sus entusiasmos y en sus decepciones, en sus aspiraciones y en su generosidad (…) porque la juventud es en todas partes, hoy como ayer, portadora de grandes esperanzas para el mundo y para la Iglesia». (Parque de los Príncipes, París, 1 de junio de 1980)

      Y como en un susurro, continuaba diciéndonos: «Me alegra (alegráis) los ojos y hace (hacéis) palpitar mi corazón».

      He de confesar que estas palabras de agradecimiento, de confianza y de entusiasmo hacia la juventud, me cautivaron. Es más, su férrea apuesta por los jóvenes, su continua predilección por nosotros, se convirtió, como por ósmosis, en parte de mí, de mi forma de ser, de pensar y de actuar.

      Es más, ahora que nadie nos oye, tengo que confesar que fueron sus palabras, sus gestos, su sonrisa y su mirada lo que me animó a plantearme en serio y, por qué no decirlo, con cierto orgullo, mi vida, mi formación, mi compromiso, mis luchas. De ahí que los jóvenes de hoy sean mi ojito derecho, mi debilidad, mi gran pasión, mi apuesta exigente.

En definitiva. Como señaló Juan Pablo II en su Carta a los Jóvenes, con motivo del Año Internacional de la Juventud (1985):

«Vosotros sois la juventud de las naciones y de la sociedad, la juventud de cada familia y de toda la humanidad. Vosotros sois también la juventud de la Iglesia.

Todos miramos hacia vosotros, porque todos nosotros en cierto sentido volvemos a ser jóvenes constantemente gracias a vosotros. Por eso, vuestra juventud no es sólo algo vuestro, algo personal o de una generación, sino algo que pertenece al conjunto de ese espacio que cada hombre recorre en el itinerario de su vida, y es a la vez un bien especial de todos. Un bien de la humanidad misma.

En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece».

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