Almudi.org
  • Inicio
  • Libros
  • Películas
    • Estrenos de CINE
    • Estrenos de DVD - Streaming
    • Series de TV
  • Recursos
    • Oración y predicación
    • La voz del Papa
    • Infantil
    • Documentos y libros
    • Opus Dei
    • Virtudes
    • Kid's Corner
  • Liturgia
    • Misal Romano
    • Liturgia Horarum
    • Otros Misales Romanos
    • Liturgia de las Horas
    • Calendario Liturgico
    • Homilías de Santa Marta
  • Noticias
  • Almudi
    • Quiénes somos
    • Enlaces
    • Voluntariado
    • Diálogos de Teología
    • Biblioteca Almudí
  • Contacto
    • Consultas
    • Colabora
    • Suscripciones
    • Contactar
  • Buscador
  • Noticias
  • Mejorar nuestra capacidad de pacto: Expertos en humanidad

Mejorar nuestra capacidad de pacto: Expertos en humanidad

  • Imprimir
  • PDF
Escrito por Pablo Cabellos Llorente
Publicado: 19 Mayo 2016

Lo que demandamos son expertos en humanidad

La nueva convocatoria de elecciones generales nos sitúa ante  la calidad de nuestra capacidad de pacto. Se han dado descalificaciones para todos los gustos o disgustos. En estos meses, no se ha sabido muy bien si alguien deseaba comprometerse con otro o sencillamente atendía a su juego, a salvar su silla, o mermar al contrario. No sé si es la historia de las dos Españas reeditada y amenazada con ser no dos, sino tres, cuatro… Parece como si los españoles estuviéramos condenados a no entendernos porque nuestra cultura del pacto se supone poco menos que nula. Tenemos fama de peleones, pero observamos igualmente que hay una gran parte del pueblo que −por hartazgo, cansancio, mentiras, corrupción, etc.− permanece sensiblemente aletargada, sin capacidad de reacción.

Pero nuestra historia se ha hecho con pactos trascendentales, que dieron muy buenos resultados. Por ejemplo, el Compromiso de Caspe, que solventó, previa la Concordia de Alcañiz, la sucesión del Rey de Aragón, de Valencia y del Principado de Cataluña a la muerte de Martín II en 1409. Allí intervinieron por parte de Valencia Bonifacio Ferrer, San Vicente Ferrer y Pedro Beltrán, en sustitución de Ginés Rabassa, buen jurista, pero enfermo. Como es sabido, fue elegido Fernando de Trastámara que, por  casamiento con Isabel de Castilla, uniría todos esos reinos y el Principado de Cataluña. Otro ejemplo de paz lograda mediante pacto es el Tratado de Tordesillas que repartiría las zonas de influencia de España y Portugal de los territorios transoceánicos descubiertos.

Después de muchas batallas, algo podría decirse de lo sucedido anteriormente con las invasiones germánicas, hasta la unidad lograda por los visigodos. También hubo pactos que consolidaron la España visigoda. Algo parecido sucedió antes con la invasión de la Península Ibérica por Roma: Los pueblos que la habitaban acabaron romanizándose prácticamente en su integridad, imponiéndose el derecho, la religión y el modo de vida romanos. No fue de forma pacífica, pero Iberia, siendo la última conquistada, fue la primera romanizada, y acabó imponiéndose un estilo de vida destruido cuando los citados bárbaros aparecieron, hasta conseguir de nuevo la unidad con otro modo de vivir.

Más cerca de nosotros, España se levantó contra el ejército de Napoleón, en una guerra un tanto desigual. El famoso Bando del Alcalde de Móstoles prendió inmediatamente en Valencia, Cartagena, Zaragoza, Gerona −famosa por su heroica resistencia−. El Tratado de Valençay restituía el trono a Fernando VII, aunque con grandes pérdidas humanas y económicas para el país. Estoy escribiendo de guerras más que de pactos. Lo hago porque esa historia muestra algo que parece escasear en nuestros días: un sano espíritu de cuerpo, de país, de patriotismo, que necesitamos para obviar las diferencias y sacrificarnos en aras de la unidad. No hablo de soluciones políticas concretas, me parece más un tema ético: mirar por el bien común.

La visión clásica de la vida social, reivindicada hoy por A. MacIntyre, pone como fin de la ciudad −en palabras de Aristóteles− la vida buena, que no es sólo la conveniencia o el simple vivir. El “vivir bien” supone la convivencia con terceros. Escribe Yepes Stork: los hombres se asocian no sólo para sobrevivir y satisfacer sus necesidades materiales perentorias, sino sobre todo para alcanzar los bienes que conforman la vida buena, solamente lograda gracias a la amistad en sentido amplio, a las buenas relaciones interpersonales entre el conjunto de los ciudadanos, que son en sí uno de los principales elementos de la vida buena. La “Ética a Nicómaco” señala la familia, los hijos y el hogar, una moderada cantidad de riquezas, los buenos amigos, una templada buena suerte, la fama, el honor, la buena salud y, sobre todo, una vida nutrida en la contemplación de la verdad y la práctica de la virtud. Esta relación admite añadidos y discusión.

Sócrates escribía: Voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, de que nuestra primera preocupación no se refiera a nuestros cuerpos o posesiones, sino a que nuestra alma sea lo mejor posible, diciéndoos: “las riquezas no dan la virtud, sino que la virtud da las riquezas y todos los otros bienes, tanto al individuo como al Estado”. La historia de la vida y muerte de Sócrates, narrada por Platón, es un buen modelo en el que se sintetizan muchos ideales vividos como tareas y, muy en concreto, el ideal de la virtud y su realización heroica. Lo decisivo para la felicidad, decía Julián Marías, son las formas de presencia y de trato con los demás.

Tal vez todo esto suene a músicas celestiales a ciertos políticos, empresarios, profesionales del Marketing o jugadores de encuestas. Algo que he leído hoy mismo subyace en muchos planteamientos: La filosofía relativista se presenta a sí misma como el presupuesto necesario de la democracia, el respeto y la convivencia. Pero parece no darse cuenta de que el relativismo posibilita la burla y el abuso de quien conserva el poder en sus manos, de quienes promueven sus propios intereses económicos, ideológicos, de poder político, etc. a costa de los demás. Pero lo que demandamos, como dijo Pablo VI, son expertos en humanidad.

Pablo Cabellos Llorente, en Las Provincias.

  • Anterior
  • Siguiente

Colabora con Almudi

Quiero ayudar
ARTÍCULOS
  • La concepción de “ser humano” en Pablo Freire
    Roberto Pineda Ibarra
  • Breves reflexiones sobre Dios y su experiencia
    Antonio Jiménez Ortiz
  • Totalitarismo y libertad individual. Las contradicciones políticas de la tecnología
    Miguel Saralegui
  • El acompañamiento familiar, un reto cultural para nuestro tiempo
    Montserrat Gas Aixendri
  • Historia contemporánea de la Iglesia en África
    Fidel González-Fernández
  • La dimensión social de la caridad: integración de los emigrantes y refugiados
    Pablo García Ruiz
  • El prejuicio en la mentira política. Una mirada desde la injusticia epistémica
    Alicia  Natali Chamorro Muñoz
  • Una interpretación de los tres primeros capítulos del Génesis II
    Romano Guardini
  • Una interpretación de los tres primeros capítulos del Génesis I
    Romano Guardini
  • María en la tradición protestante La inquietud, una manera de encontrarse con la sabiduría ignorada de María
    Blanca Camacho Sandoval
  • La libertad humana, don de un Dios que es Padre (en torno a una homilía San Josemaría Escrivá)
    Mónica Codina
  • El mal moral y la persona humana
    Eudaldo Forment Giralt
  • Cultura escolar y resistencias al cambio
    Joaquín Paredes Labra
  • ¿Por qué el hombre occidental se odia a sí mismo?
    Rémi Brague
  • El concilio ecuménico Vaticano II: características de la recepción de un concilio singular (VaticanoII_II)
    Joaquín Perea González
MÁS ARTÍCULOS

Copyright © Almudí 2014
Asociación Almudí, Pza. Mariano Benlliure 5, entresuelo, 46002, Valencia. España

  • Aviso legal
  • Política de privacidad