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El mundo se derrumba

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Escrito por Enrique García-Máiquez
Publicado: 10 Junio 2017

Espero que usted no pase ahora mismo por ninguna perturbación parecida, pero seguro que la ha sufrido y sabe cómo funciona el torbellino

Me asalta un recuerdo, intensificado por el remordimiento. Me había peleado con algún amigo o conocido y repetía a quien me quisiera oír, muy cargado de razón: «¡Mi culpa no será, cuando ese se enemista con todo el mundo…!», y repasaba entonces muy meticulosamente su lista de agraviados. Ay, de mí. No lo recuerdo, ya digo, por puro memorialismo sentimental, sino porque estoy en una de esas fases constrictivas en que todos se molestan o se irritan o se enfadan conmigo. Y porque ahora me sé mejor a mi Lévinas, que glosaba un precepto bien sabio del Talmud: «Si todos están de acuerdo en señalar a un hombre como culpable, soltadlo: es inocente».

Centrándome en mi caso, es casi imposible detectar cuándo comenzó el cambio de tendencia, aunque tengo barruntos y veo fantasmas. Tal vez cuando fui crítico en un artículo con el líder del centro-derecha y todos estaban muy asustados por la extrema izquierda y pensaban que era el momento de guardar las objeciones éticas en el armario. Se enfadaron −ahora que caigo− como si yo (¡yo!) fuese un peligroso quintacolumnista de la revolución. O al recordar una deuda económica, cuando el interpelado se revolvió como si le hubiese mentado a su madre. O alguna broma que gasté y salió boomerang y se pegó la vuelta. Pretendía reírme un poco de mí mismo, como siempre, pero alguien que se cruzó se dio por aludido. Es desolador el oficio de humorista, como avisó Guido Ceronetti: Dare gioia è un mestiere duro («Dar alegría es un trabajo duro»).

No tengo ni idea, en fin, de cuándo empezó esto, pero, una vez que has entrado en zona de turbulencias sociales, una cosa te lleva a otra. Espero que usted no pase ahora mismo por ninguna perturbación parecida, pero seguro que la ha sufrido y sabe cómo funciona el torbellino. Una vez descolocado, es fácil que alguien responda con un bufido a una amabilidad levemente ansiosa por tu parte; por lo que, al siguiente encuentro, escaldado, te pones distante como un lord inglés, y eso sienta mal a dos o tres que esperaban de ti una efusividad más mediterránea. A partir de entonces, uno ha entrado de lleno en los terroríficos terrenos de la progresión geométrica. Piensa demasiado la broma, así que la gasta a destiempo. Ha perdido el compás que exige la gracia. Va viendo cómo, como si de una fila de fichas de dominó se tratase, caen a su paso las afinidades y complicidades en una vertiginosa vorágine de causas y defectos. Uno teme quedarse solo y, por otro lado, lo desea para dejar de equivocarse con el roce. Se ha instalado en la inestabilidad y la contradicción.

Ahora bien, en medio de la tempestad, hay que tratar de mantener la calma. Hay un puerto seguro contra el que estallarán, si uno no pierde la cabeza, las olas y las mareas de los malentendidos y las irritaciones. Los amigos de verdad te han visto ya tantas veces patoso o trastabillado que te quieren por encima de eso. Incluso por eso, a veces. Están, en cualquier caso, curados de espanto. Y la familia, ni digamos. La amistad y el amor requieren, como explicaba C. S. Lewis en Los cuatro amores, un núcleo duro de caridad, porque habrá ocasiones en que no serás ni amigable ni amable, pero ellos te seguirán queriendo, no por tus méritos, sino por ser tú y por su bondad. Tenerlo claro es guardar un tesoro. ¡Un tesoro a salvo de la inflación! Es como en la película Casablanca, pero todavía más resistente: el mundo se derrumba, y nosotros seguimos amándonos.

Luego, como todo es cíclico, según sabemos por experiencia, llegará un momento en que la tendencia vuelva a cambiar, increíblemente. Tu análisis político será celebrado, tus bromas tendrán gracia, tu mesa será la que más se ría de la boda gracias a tu anécdota, todos te saludarán, la delicadeza te saldrá justa y oportuna… Volverás a ser la espalda de todas las palmadas. Lo que estará bien, muy bien, siempre y cuando no olvides que, ni entonces ni cuando las palmas se vuelvan puños de nuevo, habrá cambiado nada importante, porque lo importante −amigos, hermanos, hijos, amada−, lo importante es lo que no cambia.

Enrique García-Máiquez, en Nuestro Tiempo.

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