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Dios, el Gulag, el ateo

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Escrito por Marco Tosatti
Publicado: 16 Mayo 2012
Testimonio de Myroslav Marynovych sobre los largos y oscuros años de detención en la cárcel y en el gulag

vaticaninsider.lastampa.it

Myroslav Marynovych es actualmente vicerrector de la Universidad Católica de Ucrania. Era ateo, y siendo ateo estuvo encerrado durante siete años en un campo de trabajo comunista deportado en Kazajistán

      Durante los largos y oscuros años de detención, en la cárcel y en el gulag, sucedió algo que Myroslav narró en Madrid durante EncuentroMadrid, un acontecimiento organizado por Comunión y Liberación de España.

      «Mi familia era religiosa —contó durante el encuentro en la capital española—. Un tío mío materno era sacerdote greco-católico, y mi madre en casa mantenía una atmósfera de fe simple y sincera, sin ningún tipo de fanatismo. Le habría gustado que yo creyese, pero no me presionaba. Aunque respetaba la religión, yo era escéptico y ateo. No tenía necesidad de Dios, vivía bien sin él».

      Era joven, cuando inició a colaborar con la disidencia, defendiendo los derechos humanos, contra un sistema que «aunque en teoría tenía valores elevados», en la práctica se revelaba «falso». Fue fundador de Helsinki Watch en Ucrania, el grupo que pretendía hacer el seguimiento de la aplicación del acuerdo de Helsinki sobre los derechos humanos. En 1965 los países europeos y la URSS firmaron un tratado que como principio permitía la libre circulación de las ideas y en el cual se hablaba de libertad religiosa. En 1976 diez disidentes ucranianos, entre los cuales Myroslav, denunciaron con la ayuda de algunos periodistas occidentales las violaciones del tratado de Helsinki en Ucrania. «Difundimos el nombre de los poetas y los escritores arrestados, y pedimos su liberación.

      No nos hacíamos ilusiones, sabíamos que nos arrestarían». Como en efecto sucedió. En 1977 fue arrestado por el KGB con la acusación de «difundir propaganda antisoviética para debilitar la estabilidad del sistema». De diez disidentes, ocho fueron encarcelados y dos expulsados. La sentencia para Myroslav fue de doce años de campo de trabajo y de exilio. «Pero no ha habido un solo día en el que me haya arrepentido lo que hice». Cuando llegó la Perestrojka de Gorbaciov, yo había ya pagado diez años.

      Y mientras, sucedió algo extraordinario. «Habían terminado de interrogarme en el KGB de Kiev y me habían llevado de vuelta a la celda. Caminaba nervioso de una pared a otra, reflexionando sobre diversas cuestiones intelectuales. Y de repente en ese momento vi una especie de destello de luz, como un rayo. Los tres días siguientes fueron rarísimos: comía, bebía, me sentaba, me levantaba, pero me sentía ausente, no oía, no contestaba a lo que me decían. El tercer día escuché un resonar de campanas y hablé. Pregunté a mi compañero de celda. "¿Qué es esto? ¿Son las campanas de la iglesia de San Vladimir que repican?". Me respondió: "Menos mal, finalmente oyes"».

      Cuenta Myroslav que en ese momento sintió como si un nudo se deshiciera dentro de él. «Como si un rollo se estuviera abriendo, y de repente entendí muchas cosas de la Biblia, que conocía, de manera aislada, pero ahora se habían unido en una nueva cosmovisión. Sentí que entonces podía entenderlo, que lo veía todo unido. Desde ese día fui otra persona, una persona religiosa».

      Otro momento, muy especial tuvo lugar dos años más tarde. Myroslav se encontraba mal, débil, yacía en un camastro de la celda de castigo, empezaba a sentir la desesperación. «Ahora escuché una voz potente en lengua ucraniana, mi lengua natal, que me ordenaba: "¡Reza!". Estaba tan débil, tras una huelga de hambre, que casi no podía usar la mano para hacerse la señal de la cruz. “Me santigüé mentalmente. En un instante las fuerzas me volvieron, y de un salto me levanté del catre».

      Myroslav está impresionado por el hecho de que en Gran Bretaña hoy no se pueda ir al tribunal si se lleva una cruz en el cuello. «En la cárcel, donde no estaba permitido llevar cruces en el cuello, pensaba en el occidente como un lugar de tolerancia. Ahora la religión está casi perseguida, y el monopolio público se lo adjudican cosmovisiones irreligiosas. Un monopolio tan dañoso como el precedente».

Marco Tosatti

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