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Atrévete a sufrir

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Escrito por Jaime Nubiola
Publicado: 03 Junio 2012
En la vida de todos inevitablemente siempre está presente el dolor de una u otra forma

FilosofiaParaElSigloXXI.wordpress.com

Es urgente intentar explicar la misteriosa presencia del sufrimiento en la vida humana que ni las drogas ni las máquinas pueden eliminar

      Es muy impresionante la capacidad de sufrir —y de hacer sufrir a otros— que tenemos los seres humanos. Desde los padres que se separan llenando de angustioso dolor a sus hijos, hasta la tortura interior de tantas personas a las que les persigue la imaginación por lo que consideran faltas de reconocimiento, pasando por todas las penalidades de las enfermedades, los accidentes más terribles y la muerte propia y ajena.

      ¿Por qué tanto sufrir? Para los cristianos la respuesta última se encuentra en la cruz de Cristo, pero ¿cómo soportarán tanto sufrimiento quienes ni siquiera creen en Dios y en otra vida mejor? La filósofa chilena María A. Carrasco ha captado con finura que el temor al dolor es uno de los elementos clave de la pérdida de sentido en nuestra cultura. Para recuperar ese sentido habría que repetir ahora parafraseando el “atrévete a saber” de Kant: “Atrévete a sufrir”.

      Asistía hace poco a un debate sobre las drogas y su posible legalización. Me impresionó la tesis que un joven intelectual esgrimía, con convicción y experiencia, de que quienes consumen droga lo hacen para anestesiar su sufrimiento. Me pareció que su afirmación daba en el clavo y mostraba que la solución del problema de las drogas no está en modo alguno en su legalización.

      Merece la pena escuchar la charla de la profesora del MIT, Sherry Turkle, en TED en la que argumenta convincentemente que la adicción al iphone, blackberry y demás artilugios semejantes es el recurso más en boga para evitar el sufrimiento que supone la soledad. Se trata realmente de máquinas de compañía: «La sensación de que ‘nadie nos escucha’ hace invertir tiempo con máquinas que parecen preocuparse de nosotros». Por otra parte, el trato con los demás mediante esas máquinas —sugiere Turkle— no solo permite dar una mejor imagen de nosotros mismos (redacción más pensada, photoshop, etc.), sino que sobre todo evita los conflictos que frecuentemente surgen en las conversaciones cara a cara. En este sentido, puede decirse que nos ahorran muchos de los sufrimientos que la convivencia y el trato personal llevan tantas veces consigo.

      Es fácil aceptar que tanto las drogas como esas máquinas son dos anestésicos eficaces del sufrimiento y a ello deben su enorme difusión. Suele decirse que “es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido”, pero nuestra cultura no acepta ya esa sabia máxima atribuida a San Agustín. «Ha sido nuestra obsesiva huida del dolor —escribe María A. Carrasco— la que nos ha hecho perder el sentido, la que nos alienó y acható vitalmente. Nuestra re-humanización, nuestro volver a darnos cuenta del valor y la dignidad que tenemos, que todo ser humano tiene por el mero hecho de serlo, tal vez pase ahora por atrevernos a enfrentar y traspasar el dolor, y no seguir escapando de él a través de las múltiples puertas falsas que con gran publicidad se nos ofrecen pero que terminan siempre en la nada. Si no temiéramos tanto al dolor nos arriesgaríamos a metas altas, a esfuerzos, a posibles frustraciones, sabiendo sin embargo que ese es el único camino para la felicidad verdadera».

      A muchos lo que más les hace sufrir es precisamente el miedo al sufrimiento; a otros las viejas heridas que almacenan dolorosamente en su memoria. En la vida de todos inevitablemente siempre está presente el dolor de una u otra forma. ¿Qué podemos hacer? Llevo en la cabeza y en el corazón todo un programa de vida articulado en tres principios: 1º) No hacer daño nunca a nadie: no herir a nadie innecesariamente; 2º) Intentar siempre aliviar el sufrimiento de quienes están cerca; y 3º) Acoger el sufrimiento propio y el de quienes queremos con paz, con paciencia y —si es posible— con una sonrisa.

      En cierto modo estas tres claves son las diversas caras de una misma realidad. Por supuesto, si el dolor puede quitarse, hay que quitarlo, pero ni todos los sufrimientos son eliminables ni lo son siempre. Por eso, ahora que se quitan las cruces de los espacios públicos (y aún más de los espacios privados), es urgente intentar explicar la misteriosa presencia del sufrimiento en la vida humana que ni las drogas ni las máquinas pueden eliminar. Solo entendiendo su sentido, podremos decir con sencillez tanto a jóvenes como a mayores: “Atrévete a sufrir”. Quizás a algunos podremos añadirles como explicación: “El dolor es el ‘password’ del amor”.

Jaime Nubiola

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