“No hay varón fuerte que trabaje por Dios, que no se crezca de ánimo ante las dificultades, aunque alguna vez el cuerpo quede destrozado” (Bernardo de Claraval)

El Cardenal Pell está recluido en una cárcel en Melbourne, Australia. Espera su sentencia el día 13 de marzo. Ha apelado su condena por cinco cargos de abuso sexual, presuntamente por hechos cometidos en 1996 o 1997. Lo sucedido ha conmocionado y dolido a muchos, especialmente a católicos. La sensación común es de incredulidad y sorpresa.

Hace nueve meses comí con el Cardenal Pell en un sencillo restaurante cerca de su casa en Sídney. Por lo que he leído en estos días en la prensa, me doy cuenta ahora que él ya conocía en detalle las acusaciones del antiguo miembro del coro de la catedral de Melbourne. En ese almuerzo hablamos, entre otras cosas, del motivo de su regreso a Australia. Y, como él ha repetido muchas veces, me dijo que deseaba que la verdad salga a la luz. Y la verdad, como también ha repetido en incontables ocasiones, es que esos hechos nunca tuvieron lugar. Durante esa comida me di cuenta que él ya estaba preparado para sufrir lo que es ahora una realidad.

Conocí al Cardenal en Roma a comienzos del 2000. Junto con otras personas colaboré con él en hacer realidad el proyecto Domus Australia. El proyecto consistió en reformar un inmueble con el objetivo de acoger a los peregrinos australianos que van a Roma y que, hasta entonces, no tenían un punto de encuentro en la ciudad eterna. Fue inaugurado por el Papa Benedicto XVI.

Me da alegría tener la oportunidad de publicar un recuerdo personal de un amigo. Jesús tuvo muchos amigos en la tierra. Nos enseñó a hacer amigos y a ser leales con los amigos. Siento un deber especial de escribir cuando un amigo está sufriendo y está siendo vilipendiado en todo el mundo. Quiero destacar tres enseñanzas que he aprendido de él, entre otras muchas cosas.

Servicio a la Iglesia. A lo largo de muchas horas de trato y conversación con él, he apreciado que en todo lo que ha hecho le ha movido siempre, y en primer lugar, el amor a la Iglesia. Servir a la Iglesia le ha costado muchas veces incomprensiones, vilipendio público, faltas de entendimiento y críticas, incluso por parte de sus colegas en los encargos eclesiásticos que ha tenido. De una manera natural, he constatado que el servicio que desea hacer a la Iglesia, y que sigue haciendo ahora en la cárcel, ha estado muy por encima del coste de imagen, desagrados, etc. que pueda haber significado para su persona.

Magnanimidad. Cuando comenzamos a trabajar en el proyecto, la primera tarea consistió en buscar un inmueble. He recorrido kilómetros en Roma acompañándole. Todos conocen sus dificultades para caminar, que ya comenzaban entonces. Nunca le vi ahorrarse un esfuerzo con tal de conseguir el objetivo. A la vez que impulsaba este proyecto, estaba organizando en Sídney la Jornada Mundial de la Juventud, sacando adelante una Universidad Católica en un medio adverso, promoviendo vocaciones para el seminario, trabajando con intensidad en la nueva traducción al inglés del Misal Romano, colaborando en varios dicasterios de la Curia y haciendo su trabajo como arzobispo de Sídney. Su deseo de servir a los demás ha sido más poderoso que ahorrarse el cansancio que le podría producir una sobrecarga de trabajo.

Fortaleza. En el jardín de la casa en que viví muchos años en Roma hay una estatua de un soldado “descabezado”. La colocó ahí un santo y sugirió poner en el pedestal las palabras de otro Santo, Bernardo de Claraval: Non est vir fortis pro Deo laborans, cui non crescit animus in ipsa rerum difficultate, etiam si aliquando corpus dilanietur. (No hay varón fuerte que trabaje por Dios, que no se crezca de ánimo ante las dificultades, aunque alguna vez el cuerpo quede destrozado). Me han venido a la cabeza al pensar en el ejemplo de fortaleza heroica que nos está dando el cardenal. Está muy trabajado físicamente y muchos se empeñan en destrozarle su honor.

Otros han escrito abundantemente sobre el juicio y sobre la situación en su país. No me parece que deba yo opinar sobre estos temas. Yo me limito a trazar un breve, e incompleto, perfil de un amigo por el que rezo todos los días y al que espero ver pronto libre y rehabilitado.

Pablo Elton

Hong Kong 4 de marzo de 2019