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Dos testimonios de Fe

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Escrito por Ernesto Juliá
Publicado: 30 Abril 2019

Sin quizá darnos mucha cuenta, y en medio de las divisiones que se viven hoy en la Iglesia, de faltas de fe en personas llamadas a testimoniar la Fe, estamos rodeados de esas luces vivas de Fe que, como las llamas de Notre Dame, iluminan la obscuridad que vemos a nuestro alrededor

Muchas personas habremos dado gracias a Dios al ver el testimonio de Fe de la oración silenciosa de los jóvenes arrodillados ante la catedral de Notre Dame en llamas.

¿Un testimonio de Fe que surge al improviso ante el desastre? No. Sin quizá darnos mucha cuenta, y en medio de las divisiones que se viven hoy en la Iglesia, de faltas de fe en personas llamadas a testimoniar la Fe, estamos rodeados de esas luces vivas de Fe que, como las llamas de Notre Dame, iluminan la obscuridad que vemos a nuestro alrededor.

Y hoy quería recordar dos de esos testimonios de Fe en la Familia, en el Matrimonio como Jesucristo lo dejó en su Iglesia, en estos momentos en los que tantas familias se tambalean, y tantas `personas van al matrimonio, por desgracia, poco conscientes de que es una vocación que enriquece e ilumina toda la vida, y hasta la muerte.

María fue abandonada por su marido apenas nació el cuarto hijo, y después de ocho años de matrimonio. Hombre infiel y soberbio, estuvo a punto de arruinar a toda la familia y, al final, desapareció durante quince años.

María consiguió salvar un patrimonio que le permitió trabajar con éxito, e impedir que la vida penosa de su marido acarreara la miseria para toda la familia. Los años han pasado y la alegría de ver a sus hijos caminar en la Verdad, con matrimonios firmes y rodeada de nietos, ha dado a su espíritu una paz y serenidad, sin duda frutos del Espíritu Santo.

Pasaron los años. Ya cumplidos los setenta, recibe la noticia de que su marido está desahuciado en un hospital de una ciudad vecina. Está solo, nadie le ha ido a ver en las semanas que lleva ingresado. Al recibir la noticia, María se acerca a la iglesia más cercana y pide al Señor luces.

A la mañana siguiente va al hospital, recoge a su marido que arranca en llanto apenas verla, lo lleva a casa y lo atiende con cariño hasta su muerte, un mes después. Ha tenido la paz al ver al hombre pedirle perdón de corazón; y pedir perdón al Señor, en una Confesión después de más de 45 años sin recibir ningún Sacramento. María se limitó a decir: “Es mi marido; el matrimonio es para toda la vida; y el Señor me ha dado la oportunidad de ayudarle en este último tramo”. 

Javier es otro testimonio de Fe en la indisolubilidad del matrimonio. Padre de siete hijos, todos casados, y con unos veinticinco nietos a quienes quiere con toda el alma. Recién jubilado, hace ya cinco años, a su esposa le diagnosticaron un proceso de Alzheimer.

Después de un tiempo en casa, Elena lleva más de tres años en una residencia de enfermos; y Javier no deja de pasar un día sin hacer un trayecto de varios kilómetros en autobús para acompañarla un buen rato y hacerle compañía.

Una enfermera le comentó hace pocos días que quizá no valía la pena que se tomase ese trabajo, porque Elena no le reconocía y no le echaba de menos; además, en la residencia le atendían muy bien. Javier le oyó en silencio, sonrió, y le dijo: “Ella no sabe quién soy yo; yo sí sé quién es ella. Y sé que es un regalo que Dios me ha hecho. No nos hemos separado en 40 años; y aquí seguiré viniendo hasta que el Señor disponga”.

Las luces de la Fe encienden el Cielo con más resplandor que las llamas de Notre Dame.

Ernesto Juliá, en religion.elconfidencialdigital.com.

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