Cuando entra la inquietud en el corazón acerca de un posible camino, es natural dudar y sentir miedo: Dios nos busca y nosotros, a pesar de nuestra fragilidad, deseamos vivir con Él y para Él

Los apóstoles se han quedado pensativos tras contemplar el encuentro de Jesús con el joven rico, y su desenlace: el chico «se marchó triste» (cfr. Mt 19,22ss). Probablemente les desconcierta la mirada de Jesús, no triste pero sí dolida: «difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos». Pedro, como en otras ocasiones, se hace portavoz del sentir común: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué será de nosotros?». Haciéndose eco de estas palabras, y con esa misma familiaridad de buen amigo, san Josemaría se dirigía al Señor en un momento difícil para la Obra: «¿Qué vas a hacer ahora con nosotros? ¡No puedes dejar abandonados a quienes se han fiado de Ti!»[1].

¿Qué será de mí?

El inicio de una vocación, como el comienzo de cualquier camino, suele llevar consigo una dosis de incertidumbre. Cuando Dios permite que nos entre la inquietud en el corazón, y se empieza a perfilar un posible camino concreto, es natural preguntarse: ¿será por aquí?

¿Qué hay detrás de esta duda? De entrada, un temor bastante normal. Miedo a la vida y a nuestras propias decisiones: no sabemos qué va a pasar en el futuro, adónde nos dirigirá ese camino, porque nunca lo hemos recorrido antes. La duda se explica también por nuestro deseo de acertar: queremos que nuestra vida sea valiosa, que deje rastro; además, las cosas grandes y bellas exigen lo mejor de nosotros, y no queremos precipitarnos. Pero la razón más profunda es más misteriosa y sencilla a la vez: Dios que nos busca y nosotros que deseamos vivir con Él. Habitualmente no es Dios el que nos da miedo, sino nosotros mismos. Nos inquieta nuestra fragilidad ante un Amor tan inmenso: pensamos que no podremos estar a su altura.

La duda se explica también por nuestro deseo de
acertar: queremos que nuestra vida sea valiosa

Cuando Pedro pregunta a Jesús «qué será de nosotros»; cuando san Josemaría pregunta a Jesús «qué será de nosotros»; cuando un cristiano pregunta a Jesús «qué será de mí» si tomo este camino, ¿qué responde Cristo? Mirando al corazón, Jesús nos dice, con una voz llena de cariño y alegría, que cada uno de nosotros somos una apuesta de Dios, y que Dios no pierde nunca sus envites. Vivir significa aventura, riesgo, limitaciones, desafíos, esfuerzo, salir del pequeño mundo que controlamos y encontrar la belleza de dedicar nuestra vida a algo que es más grande que nosotros, y que llena con creces nuestra sed de felicidad. Podemos imaginar la mirada ilusionada de Jesús mientras pronuncia esas palabras que han resonado y seguirán resonando en muchos corazones: «todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19,29). Dios solo da a lo grande.

Con todo, no se trata de esperar una revelación deslumbrante, o un plan trazado hasta el último detalle. Dios ha pensado en nosotros, pero cuenta también con nuestra iniciativa. «Cuando una persona se encuentra ante la incertidumbre de la existencia de una peculiar llamada de Dios a ella, es sin duda necesario pedir al Espíritu Santo “luz para ver” la propia vocación; pero si la misma persona y quienes han de intervenir en el discernimiento vocacional (dirección espiritual, etc.) no ven ningún dato objetivo contrario y la Providencia (…) ha conducido a la persona a esa experiencia, además de seguir pidiendo a Dios “luz para ver”, es importante −pienso que más importante− pedirle “fuerza para querer”, de modo que con esa fuerza que eleva la libertad en el tiempo se configure la misma vocación eterna»[2].

No estamos solos: la Iglesia es camino

En este proceso de discernimiento de la propia vocación no estamos solos, porque toda vocación cristiana nace y crece en la Iglesia. A través de Ella, Dios nos atrae hacia Él y nos llama; y es la misma Iglesia la que nos acoge y nos acompaña en nuestro camino hacia Dios.

Todas las vocaciones cristianas, cuando encuentran
una respuesta enamorada, llevan a la santidad

La Iglesia atrae. Dios se sirve, a lo largo de la historia, de personas que dejan un surco profundo con su existencia; que marcan caminos para la entrega de los demás. Su vida, sus ideales, sus enseñanzas nos inspiran, nos sacuden: nos sacan de nuestro egoísmo y nos llaman a una vida más plena, de amor. Esta llamada forma parte de los planes de Dios, de la acción del Espíritu Santo que nos prepara el camino.

La Iglesia llama. Dios «no nos pide permiso para “complicarnos la vida”. Se mete y... ¡ya está!»[3]. Y para eso cuenta con que sus hijos se atrevan a invitarse mutuamente a considerar en serio la posibilidad de entregarle la vida. Jesucristo comparó el Reino de Dios con un gran banquete en el que Dios quiere que participen todos los hombres, incluso los que en un inicio parecían no estar invitados (Lc 14,15-24). Y de hecho, ordinariamente Dios cuenta con una invitación externa para hacer resonar su voz en el corazón de la persona.

Todas las vocaciones cristianas, cuando encuentran una respuesta enamorada, llevan a la santidad. Por eso, la mejor vocación es para cada uno la suya. Dicho esto, no hay caminos cerrados a priori. La vida hacia Dios en el matrimonio o en el celibato están de partida al alcance de todos. Nuestra biografía, la historia personal, va haciendo el propio camino, y nos sitúa en unas encrucijadas o en otras. La elección depende de la libertad personal: es eso, elección. Cristo nos quiere libres: «si alguien quiere seguirme»... (Mt 16,24); «si quieres ser perfecto»... (Mt 19,21).

Ahora bien, ¿qué lleva a elegir una vocación concreta entre todas las posibles? La libertad busca horizontes grandes, divinos, de amor. Decía san Ignacio de Antioquía que «el cristianismo no es cuestión de persuasión, sino de grandeza»[4]. Basta proponerlo en toda su belleza y sencillez, con la vida y con las palabras, para que atraiga a las almas por su propia fuerza, siempre que se dejen interpelar por Cristo (cfr. Mc 10,21). Algo en el interior de la persona, muy íntimo y profundo, un poco desconocido y misterioso incluso para ella, resuena y entra en sintonía con esa propuesta de un camino dentro de la Iglesia. Ya lo afirmaban los griegos: solo el semejante conoce al semejante[5]. La vida auténtica de otros cristianos nos llama a acercarnos a Jesús y a entregarle el corazón. Vemos un ejemplo de santidad en personas que tenemos cerca y pensamos: «Quizá yo también…». Es el «venid y veréis» del Evangelio, que nos interpela aquí y ahora (Jn 1,46).

La Iglesia acoge y acompaña. Cualquier persona normal puede, sin experimentar especiales llamadas, embarcarse en una vida de servicio, de donación: en el celibato o en el matrimonio, en el sacerdocio, en el estado religioso. El discernimiento acerca de cuál sea la vocación de cada uno se resuelve atendiendo a la rectitud de intención, las aptitudes de la persona y su idoneidad.

Este discernimiento necesita de la ayuda de los demás: en particular, de la dirección espiritual. Por otro lado, se requiere también la deliberación de quien gobierna la institución eclesial de la que se trate. Porque la misión de acoger, por parte de la Iglesia, consiste también en cerciorarse de que cada uno encuentra su lugar. Si lo pensamos, es una bendición de Dios que, a la hora de proyectar nuestra vida, haya personas en las que podamos confiar y que a su vez confíen en nosotros. Que otros, con un conocimiento profundo de nuestra persona y de nuestra situación, puedan afirmar en conciencia: «ánimo, tú puedes», tienes las condiciones o los talentos necesarios para esta misión, que quizá sea la tuya, y que puedes aceptar, si realmente quieres; o que puedan decirnos, también en conciencia: «quizá este no sea tu camino».

La vocación es siempre una win-win situation, una situación en la que todos ganan. Es lo mejor para cada una de las partes en relación: la persona y la institución eclesial. Dios Padre sigue cada una de estas historias personales con su providencia amorosa. El Espíritu Santo ha hecho que surjan en la Iglesia instituciones y caminos de santidad que sirvan de cauce y ayuda para las personas singulares. Y también es el Espíritu Santo quien mueve a determinadas personas, en momentos concretos de su vida, a vivificar con su entrega estos cauces en la Iglesia.

El salto de la fe: confiar en Dios

Ante la muchedumbre que le sigue, Jesús pregunta a Felipe: «¿dónde vamos a comprar pan para que coman estos?» (Jn 6,5). Los apóstoles tienen muy claro que ellos no pueden hacer nada ante el hambre de la gente. Solo tienen «cinco panes de cebada y dos peces» de un muchacho que estaba por allí. Jesús, tomando esos panes, dio de comer a todos y sobró tanto que dice a los discípulos: «recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada» (v.12). Solo Jesús puede hacer que no se pierda nada de nuestra vida, que aproveche a toda la humanidad; pero tenemos que confiarle todo lo que tenemos. Entonces hace maravillas, y sus primeros destinatarios somos nosotros mismos.

Confiar en Dios, abrirle las puertas de nuestra vida, nos lleva a enternecernos con él ante la multitud que está hambrienta de Él, como ovejas sin pastor. Y a reconocer que cuenta con nosotros para llevar su amor a toda esa gente. Y, en fin, a lanzarnos, porque se trata de algo que supera cuanto habríamos podido concebir por nuestra cuenta. Lanzarnos, conscientes de que con la ayuda de Dios saldremos adelante: poniéndonos en sus manos, confiando totalmente en Él. Y como Dios no se impone, se precisa un salto de fe: «¿Por qué no te entregas a Dios de una vez..., de verdad... ¡ahora!?»[6].

Desde luego, es necesario pensar las cosas. Es lo que la Iglesia llama un tiempo de discernimiento. Sin embargo, conviene tener en cuenta que «el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos»[7]. La vocación implica salir de uno mismo, salir de la zona de confort y de seguridad individual.

Para saltar en paracaídas es clave que el paracaídas funcione y se abra, de modo que podamos descender suavemente. Pero primero es crucial saltar del avión sin abrir el paracaídas. De modo análogo, la vocación supone vivir confiado en Dios, no en las propias seguridades. Hablando de los Magos de Oriente, dice San Juan Crisóstomo que si «estando en Persia veían la estrella, una vez salieron de Persia contemplaron al Sol de Justicia»; pero que «si no hubieran salido con decisión de su país ni siquiera habrían podido seguir viendo la estrella»[8].

«Sabes que tu camino no es claro. −Y que no lo es porque al no seguir de cerca a Jesús te quedas en tinieblas. −¿A qué esperas para decidirte?»[9]. Solo si elijo el camino puedo recorrerlo, viviendo lo que he elegido. Para ver la estrella es necesario ponerse a caminar, porque los planes de Dios siempre nos superan, van más allá de nosotros mismos. Solo confiando en Él nos hacemos capaces. Al principio uno no puede: necesita crecer. Pero para crecer hay que creer: «sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5), conmigo lo podéis todo.

De ahí el error de quien se pasa la juventud esperando una iluminación definitiva sobre su vida, sin decidirse a nada. De ahí también un límite especial que existe hoy día: se hacen tantos selfies, se ve uno en tantas fotos, que quizá piensa conocerse ya perfectamente. Sin embargo, para encontrar verdaderamente la propia identidad es preciso redescubrir lo que no se ve de la propia vida: todo lo que tiene de misterio, de presencia y amor de Dios por cada uno. Querer vivir es descubrir y abandonarse con confianza a este misterio, aceptando una lógica y unas razones que no podemos abarcar.

Las historias de Dios empiezan poco a poco. Pero el camino de la confianza que arriesga todo llega a realizar los sueños más grandes, los sueños de Dios. Cuando, como buenos hijos de Dios, nos dejamos guiar por el Espíritu Santo (cfr. Rm 8,14), nuestra vida levanta el vuelo. Es el camino de los Magos; el de María, una niña que será la Madre de Dios, y el de José, un carpintero al que Dios adopta como padre; el de los Apóstoles, que pasan de las vacilaciones y errores iniciales a ser las columnas sobre las que se edifica la Iglesia…; y el de tantos cristianos que nos preceden y nos acompañan. ¿Quién podría pensar en ese misterio al inicio de sus vidas? Solo se ve claro al final. Pero el final es posible porque en el inicio cada uno supo salir de su falsa seguridad propia y saltar a los brazos recios de Dios Padre[10].

Confiar en Dios, abrirle las puertas de nuestra vida,
nos lleva a reconocer que cuenta con nosotros
para llevar su amor a todos

De ahí que, cuando el discernimiento avanza, y una vocación concreta toma contornos definidos, se acabe haciendo evidente la necesidad, para seguir avanzando, del salto inicial de fe: decir que sí. El discernimiento solo se puede completar de este modo, y por eso la Iglesia ha previsto, con su sabiduría plurisecular, una serie de etapas que se recorren progresivamente, para acabar de cerciorarse sobre la idoneidad de las personas con respecto a cada camino vocacional concreto. Este modo de hacer da mucha paz al corazón y refuerza la decisión de fiarse de Dios, que llevó a cada uno y a cada una a entregarse. No dudamos de Dios, sino de nosotros mismos, y por eso confiamos en Él y en la Iglesia.

Por nuestra parte, se trata de considerar todo lo que somos y valemos, para poder ofrecer todo, como explica la parábola de los talentos (Cfr. Mt 25,14-30); y de no quedarnos con nada sin negociar, sin compartir. Esta es la clave para una decisión madura y sincera: la disposición a darse del todo, a abandonarse del todo en las manos de Dios, sin reservarse nada, y la constatación de que esta entrega nos llena de una paz y de una alegría que no vienen de nosotros mismos. Así puede echar raíces la convicción profunda de haber encontrado nuestro camino.

* * *

En el momento de discernir su vocación, María pregunta al ángel: «¿de qué modo se hará esto, pues no conozco varón?» (cfr. Lc 1,34ss). El ángel es el mensajero, el mediador que llama siguiendo la voz de Dios. María no pone ninguna condición, pero sí pregunta para acertar. Ante lo que el ángel le asegura: lo hará el Espíritu Santo, porque lo que te he comunicado te supera, pero «para Dios no hay nada imposible» (v. 37). Si incluso María, nuestra Madre, pregunta, que lógico resulta que cada cristiano pida consejo a otros ante la moción interior del amor de Dios: ¿cómo debo hacer para entregarle mi vida? ¿dónde piensas que acertaré con el camino para mi felicidad? Qué maravilla dejarse aconsejar para poder decir que sí, con una libertad radiante y llenos de confianza en Dios; para poner todo lo nuestro en sus manos: «hágase en mí según tu palabra».

Pablo Marti

Fuente: opusdei.org.

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[1] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid 2003, p. 33.

[2] F. Ocáriz, «La vocación al Opus Dei como vocación en la Iglesia», en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, p. 153.

[3] San Josemaría, Forja, n. 902.

[4] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, n. 3 (PG 5, c. 690).

[5] Aristóteles, De Anima I, 2.

[6] San Josemaría, Camino, n. 902.

[7] Francisco, Ex. Ap. Gaudete et exsultate (19-III-2018), n. 175.

[8] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, VII. 5 (PG 57, c. 78).

[9] Camino, n. 797.

[10] Cfr. San Josemaría, Via Crucis, 7ª estación.