Un relato que nos sirve para reflexionar, incluso desde el punto de vista puramente humano

Tengo muchas ganas de escribirte… y poco tiempo. Como (casi) siempre…

Uno piensa quién le llevará −en esta tesitura− en volandas.

Ya he recurrido a amigos, conocidos y demás parientes e interesados para que me hagan un post… Y mira por dónde, va y esta vez se me cruza mi suegra. No me lo entiendas metafóricamente. Real.

Me hablaba mi madre política hace unos días de lo que mucho que le había gustado algo que leyó. Así que el post hoy lo va a hacer ella (o, al menos, su recomendación).

Me he ido a Nuestra Señora de Fátima −y no porque hacer para redactar esta entrada precisara de un milagro, que casi−, sino porque es en la web de esta parroquia donde más bellamente he encontrado reflejada la historia.

Te la relato −resumida− y hacemos una breve reflexión.

Las Huellas en la playa

… me dejas sólo. ¿Por qué, Señor…? ¿Dónde estás ahora?

El pescador solitario había escogido su camino por vocación. Su vida de soledad y silencio era deseada… El mar, la arena, la barca, el cielo, la pesca… todo le hablaba de Dios y le servía para comunicarse con Él.

Un día, tuvo la audacia de pedir al Señor un signo claro y evidente de su presencia y compañía constante: −Señor, hazme ver que Tú siempre estás a mi lado. Dame el don de experimentar cómo me amas. Y el gozo de saber que caminas conmigo…

Tenía una gran paz en el alma. Caminaba con paso sereno a la orilla del mar.

Cuando llegó a las rocas que cerraban la playa y volvía sobre sus pasos hacia casa, observó con asombro que junto a las huellas de sus dos pies descalzos, había otras dos cercanas y visibles.

−Mira, le señaló Dios: ahí tienes la prueba de que camino a tu lado. Esas pisadas tan cercanas a las tuyas son las de mis pies. No me has visto; pero estaba contigo.

La alegría del pescador fue inmensa. Desbordaba de gozo. Era la prueba esperada y deseada. La respuesta recibida sobrepasaba lo que hubiera podido soñar.

A partir de este signo sorprendente, la gratitud no tenía límites en su alma…

Pero no siempre fue así…

Días de tormenta y de fría noche nublaron el horizonte. El cansancio de las duras jornadas de trabajo se hizo notar. Los días de labor infructuosa llenaron su corazón de desánimo.

Caminaba taciturno por la playa. Al llegar a las rocas, volvió sobre sus pasos y observó que, esta vez, ¡en la arena, solo había la huella de dos pies descalzos (y no de cuatro)!

Aquel día protestó:

−Señor, has caminado conmigo cuando estaba alegre y sereno; y me lo hiciste ver. Ahora que el desánimo y el cansancio hacen mella en mi vida… me dejas sólo. ¿Por qué, Señor…? ¿Dónde estás ahora?

La voz del Señor no se hizo esperar:

−Mira, hijo: cuando estabas bien, cuando la calma y la serenidad inundaban tu alma, yo caminaba a tu lado. Pudiste ver mis huellas en la arena…

Ahora que estás mal, que te siento cansado y abatido, ya no camino a tu lado… He preferido llevarte en mis brazos.

Las dos pisadas que ves en la arena no son las tuyas, sino las mías, profundas y claras… marcadas por el peso de tu propio cansancio…”.

Y aquí, y así, acaba esta bella historia.

Dale −si quieres− dos vueltas (o tres).

Es un relato que nos sirve para reflexionar, incluso desde el punto de vista puramente humano.

Cuando la vida aprieta (lo veamos o no), quien de verdad te quiere (tu padre, tu madre, tu esposo, tus hijos, tu familia, tus amigos de verdad…) cargan con el peso de tu tristeza, de tus pesares, de tu desazón, de tu dolor: que es el suyo.

Lo comparten, lo asumen como propio y quieren aliviarlo. Más de una vez −y de dos− lo harán calladamente, en silencio, con discreción −incluso tragándose las lágrimas− quizás para que no te incomode o te hiera verlos sufrir o cargar con tus problemas. Otras, su silencio querrá quitar hierro a la situación; como si no fuera tan grave; esperanzados en que se pueda encauzar de la mejor manera. Pensarán en cómo quitarte agobio, en cómo ofrecerte oxígeno.

Estarán ahí. Ahí, sí. Aunque, quizás, callados, silentes, en una compañía respetuosa que reserva su respuesta expresa a un “¿dónde estáis?” a que, también expresamente, tú lo preguntes. Información a demanda, que dicen ahora… y cariño a raudales.

Porque, cuando todo parece fallar (y esto es aplicable a ti y… al pescador), el verdadero amor −darse al otro, volcarse en acoger, en recoger al otro− nunca falla. Esa es la prueba del algodón. Y es el amor que nos salva.

No quiero acabar una historia de esperanza, de cariño, de presencia, que ha de darnos alegría, sin ofrecerte una sonrisa.

Lo hago con la historia de una familia reunida −incluso en difíciles circunstancias− de la que te hablaba a principios de año. Recuerda. Está en el post “Tenemos que vernos más”:

“Este es un padre que, en su lecho de muerte, pregunta, apenas sin ver: -¿Montse, cariño, estás aquí? −Aquí estoy, toma mi mano. −¿Y los chicos estáis aquí conmigo? −Aquí estamos, padre, a tu lado. -¿Estáis aquí las nenas? −Sí, papá, estamos toda la familia junto a ti.

El padre se incorpora, y con su último aliento, dice: −Entonces, si todos estáis aquí, ¿qué hacen las luces de la cocina encendidas?”.

Ya ves que… (aunque no veía a ninguno) todos sus seres queridos se encontraban a su lado. Le bastó preguntar para saberlo… Y para saber, además… ¡que la factura de la luz se estaba incrementando indebidamente!

Vuelvo al inicio: cuando te sientas mal, cuando te sientas solo, estate seguro de que no es así. Y en cualquier caso, llama, pregunta, pide.

Verás que −aunque lo desconocieras−siempre hay alguien (ponle mayúscula si quieres) contigo.

Y si aun así no lo ves… llámame, que voy. Eso sí: Dame tres minutos.

Ya sabes que te escribo… porque me importas.

Me importas, me importas… ¿te importa difundir? ¡Muchas gracias!

Harás bien.

José Iribas, en dametresminutos.wordpress.com.