El servicio afectuoso a los más pobres sigue siendo en la actualidad un camino privilegiado para encontrar a Jesús

La experiencia de María Teresa Kamel es un buen testimonio de esa realidad de la que la Iglesia católica puede sentirse verdaderamente orgullosa.

La rebelde norteamericana Dorothy Day (1897-1980) se encuentra camino de los altares. “En estos tiempos”, decía el Papa Francisco en Estados Unidos el 24 de septiembre de 2015 ante el Congreso norteamericano, “en que las cuestiones sociales son tan importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios Dorothy Day, fundadora del movimiento Catholic Worker. Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”. En 1933 Dorothy conoció al radical católico Peter Maurin, con el que funda el periódico Catholic Worker, que será a partir de entonces el eje dinámico de su vida, junto con los centros de acogida a pobres en ciudades y las granjas rurales.

Ahora hay más de 200 comunidades del Catholic Worker en Estados Unidos y otras 30 en diversos países.

Mi antigua alumna María Teresa Kamel, norteamericana católica de tradición copta, ha pasado un año en la comunidad del Catholic Worker en Los Ángeles, sirviendo a los numerosos pobres que viven en el centro de aquella populosa ciudad. Este es el relato que me escribe con su experiencia.

Una experiencia en el Catholic worker

Tenía 21 años cuando pasé el verano en una comunidad del Catholic Worker en Los Ángeles y empecé a sospechar que el mendigo que pedía en la calle, sentado en la acera o acostado en una esquina, era Cristo y que Cristo buscaba la cena en un basurero. Esa realidad me llegó a ser tan dolorosa que no la pude ignorar. Cada vez que veía a un indigente por la calle me parecía que era Jesús. Quien haya estado en Los Ángeles se podrá imaginar que ¡me lo empecé a encontrar por todos lados! Cuando regresé a Texas, también veía a Jesús en cada mendigo que me pedía limosna en la calle. Por eso, después de graduarme, decidí regresar al Catholic Worker para ver si en el comedor que llevaban podía calmar mi conciencia.

Mis habilidades prácticas son muy limitadas. Lavaba platos o pelaba cebollas mientras los demás voluntarios preparaban con habilidad olla tras olla de frijoles o pasta. A la mitad de fregar ollas sucias, salía al jardín donde comían los indigentes a los que llamábamos “invitados”. Me pedían que les tradujera recetas médicas al español, o me preguntaban cómo obtener beneficios del gobierno o si les podía traer más frijoles. Pero casi siempre, querían saber qué hacía yo allí o de dónde venía. Y casi siempre, antes de poder responder a sus preguntas, me empezaban a decir qué hacían ellos allí y de dónde venían.

Descubrí otro tipo de hambre. A veces devoraban varios platos de frijoles y ensalada, pero otras veces solo mordisqueaban un trozo de pan con mantequilla mientras me decían: “Te tengo que decir esto, escucha”. Me contaban de sus hijos, de su mascota, de su primer amor, de sus años universitarios, de su tierra natal, de su niñez, del color de los ojos de su madre. Me contaban sus sueños. Varios tenían pensado escribir un libro, casi siempre de sus memorias.

Me contaban de sus dones. Le lavé los pies a una señora que me dijo que tenía la voz más bonita de todo Los Ángeles. “Vienen de fuera a buscarme, para escucharme”, me dijo. Me lo demostró. No mentía. Otro señor, siempre vestido de traje, me hizo una flor de papel. Era un artista, claro, y un día me dijo que no quería ser una estrella. “Se queman”, me explicó, “prefiero ser una supernova, duran más”. Cada pocos meses, una señora me pedía que le ayudara a escribir una carta. Me daba una tarjeta y un lápiz y me dictaba el contenido. “¿Lista?”, preguntaba. “¡Sí!”, le respondía lápiz en mano. “A mi estimadísimo esposo”, comenzaba siempre. “Te quiero, te quiero, te quiero”, siempre concluía.

Era muy difícil satisfacer el hambre interior de los invitados. Les daba todo lo que me pedían: comida, agua, ibuprofeno, mi reloj, pero incluso en ocasiones no era suficiente.

A veces me tiraban el plato de comida, insultaban a mi madre o gritaban porque la ensalada estaba aguada.

Unos meses después de llegar, me empecé a sentir igual de confundida que ellos: la lengua seca, el estómago retorcido, el cerebro sumergido en aceite.

Un día que estaba en el jardín le llené el vaso de agua a un señor y me preguntó: “¿Qué buscas?”. Me sorprendió. “¿Un novio?”. No. “¿Un marido?”. Tampoco, no busco a nadie. “¡Sí!” −dio un golpe a la mesa. “Todo el mundo está buscando”. Me senté en la mesa a pensar. Me acordé de algo: “Bueno… supongo que busco a Dios”. “¡Ya lo sabía!”, gritó. “Yo también pasé años y años buscando”. ¿Y lo encontró? “Dios vino a mí y me dijo dónde lo podía encontrar”. “¿Dónde?” −me moría de hambre. “En la Eucaristía, claro. Y ahora tengo todo lo que me hacía falta”.

Y claro, nunca lo he vuelto a ver. Ya sabrá, un pedazo de pan llega tan lejos.

El privilegio de poder servir

Me emociona profundamente el testimonio de María Teresa y lo copio tal como me lo escribe. “Poder servir es un gran privilegio”, me escribía. Ha encontrado a Jesús entre los pobres, entre los invitados del comedor del Catholic Worker de Los Ángeles, la capital de la miseria de los Estados Unidos, la ciudad de las estrellas, que cuenta −según las últimas estadísticas facilitadas por el alcalde Eric Garcetti− con más de 58.000 homeless people. Cuántas veces Jesús se hace el encontradizo a través de los más pobres.

Como recoge el Papa Francisco en la Christus vivit (n. 170): “El compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy. Al lado de algunos indiferentes, hay muchos otros dispuestos a comprometerse en iniciativas de voluntariado, ciudadanía activa y solidaridad social [...] El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para descubrir o profundizar la fe y discernir la propia vocación”.

María Teresa Kamel y Jaime Nubiola, en Revista Palabra.