Pensé en cuántas veces aquel, tú, yo, vemos en todo lazo una atadura. Y en cómo nos resistimos a ellas. Pensé en una sociedad líquida que huye del compromiso. Que quiere ser “libre”… y no baila. Ni goza. Ni se alegra. Ni, en ocasiones, siquiera sonríe

En mi anterior post de Dame tres minutos te comentaba que pretendo poner a disposición de los lectores de este blog las colaboraciones que, bajo el título “Me importas”, vengo escribiendo para la revista mensual Mundo Cristiano.

Aquí te va la que fue la segunda (esto es, la siguiente a “Con tu permiso”).

Espero que la disfrutes.

¿Bailas?

Como lo vi te lo cuento: un país de América Latina. Un colegio. Un patio lleno de niños, correteando. Una profesora joven. Y un chiquito que no podía moverse. Impedido.

La maestra lo sacó de su silla de ruedas, con cariño, con mimo; y lo sentó en su regazo.

Ambos miraban al frente, al horizonte. Como si pusieras a tu peque sobre tus rodillas y estuvierais viendo una peli. Los dos en la misma dirección.

La profe tenía a mano varios pañuelos. Con uno, ató la pierna izquierda del pequeño a la suya. Otro anudó la pierna derecha de ambos. Con ayuda, enlazó brazo izquierdo con brazo izquierdo. Y lo mismo hizo con el derecho. El peque parecía confiado, sereno.

De pronto, sonó música por los altavoces. Y comenzaron unos alegres bailes populares. La chiquillería empezó a danzar.

La profesora, con cuidado, con mimo, y con el niño “aferrado a ella” se puso en pie. Se acercó a los demás pequeños y… comenzó −comenzaron− a bailar como ninguno: con arte, con cariño y… con corazón. ¡Cómo gozaba el crío, bailando a su ritmo, unido a ella! ¡Qué júbilo! ¡Qué alegría!

Y pensé. Pensé en cuántas veces aquel, tú, yo, vemos en todo lazo una atadura. Y en cómo nos resistimos a ellas. Pensé en una sociedad líquida que huye del compromiso. Que quiere ser “libre”… y no baila. Ni goza. Ni se alegra. Ni, en ocasiones, siquiera sonríe.

Me acordé −no te lo voy a negar− de cuánto, a veces, pedimos a Dios (con la boca chiquita) que se haga su voluntad, mientras le rogamos (con la boca grande) que aquella no sea precisamente la de traernos pañuelos, vínculos, compromisos…

No nos abandonamos en sus brazos. No queremos ataduras. Y, entonces, a veces, a lo más, nos arrastramos. E incluso, a veces, nos perdemos. Nos perdemos, como poco, el baile.

José Iribas, en dametresminutos.wordpress.com.