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¿Puede salirte que ni bordado?

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Escrito por José Iribas
Publicado: 10 Septiembre 2020

Hoy no te hablo de que empujes la roca, sino de cuando crees que tu padre (o tu Padre) permite, impasible, que te caiga la roca encima −o algo parecido−, sin parecer inmutarse…

Te contaba en mi anterior post de Dame tres minutos que a veces no entendemos bien los mandatos, las indicaciones, las sugerencias que nos hace nuestro Padre (si quieres, ponle minúscula, porque también ocurre “de tejas abajo”).

Creemos que es algo que pide para sí (cuando en realidad lo hace pensando en nuestro bien), o no le vemos sentido, ni nada que se le parezca… Al menos, por el momento.

− ¿Para qué me viene con estas cosas? ¿Por qué he de hacer esto tan absurdo? Yo tenía otros planes…

Te remito al post El ‘sinsentido’ de empujar la roca. Y voy al grano:

Hay veces en que lo que ocurre no es que no entendamos lo que se nos pide, sino que no entendemos lo que se nos da. O lo que se nos hace. O lo que se permite que nos acaezca.

Ponte en los zapatos de un pequeñajo que ve cómo su madre deja que un enfermero le pinche, le ponga una inyección (para curarlo, realizarle una analítica, vacunarlo…).

− ¡Mi madre, mi padre, deja que me hagan daño!

Al peque casi parece dolerle más eso que el propio pinchazo…

No ha entendido lo que el padre le hace, o lo que permite que le hagan… En el fondo, no ha entendido… nada. El padre, la madre, sufre más que el peque con el pinchazo, pero sabe que es imprescindible y positivo para la salud, para la mejor vida, del hijo.

A lo que íbamos: que hoy no te hablo de que empujes la roca, sino de cuando crees que tu padre (o tu Padre) permite, impasible, que te caiga la roca encima −o algo parecido−, sin parecer inmutarse…

Déjame que te cuente una breve historia; no sé quién la ideó; pero le salió que ni bordada.

“Cuando yo era pequeño, me decía un amigo, mi mamá solía coser mucho. Con frecuencia, me sentaba a su lado y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando.

Por mi pequeña estatura, observaba el trabajo de mamá desde una posición más baja que donde estaba ella; quizás por ello siempre me quejaba con el desparpajo propio de mi edad y le decía más de una vez que lo que estaba haciendo me parecía confuso; y, la verdad: no me gustaba lo más mínimo.

Mamá me sonría, miraba hacia abajo, me atusaba el cabello con la mano y me decía con esa voz tan dulce que tenía:

− Hijo, vete afuera a jugar un rato y, cuando haya terminado el bordado, te llamaré, te pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo desde mi posición.

Mientras me lo decía, yo seguía preguntándome por qué una madre tan alegre como la que yo tenía usaba algunos hilos de colores oscuros y por qué me parecían tan desordenadas esas puntadas desde donde yo estaba.

En fin, salía a mi mundo y, antes de lo que pensaba, escuchaba la voz de mamá llamándome: ¡Hijo mío, ven y siéntate en mi regazo!

Allí que iba de inmediato y, la verdad: me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo se veía todo tan confuso, tan sin sentido…

Entonces mi madre afirmaba: − Hijo, desde abajo lo veías todo revuelto, desordenado, incomprensible… sin caer en cuenta de que había un plan arriba. Había un diseño; solo lo estaba siguiendo. Ahora, al mirarlo desde mi posición sabes lo que estaba haciendo.

Hoy, ese niño ha crecido y, con frecuencia, a lo largo de los años mira −como tú, como yo− al cielo y pregunta, confundido: − Padre, ¿qué estás haciendo?

Él nos responde: “Estoy bordando tu vida”.

Entonces −me dice mi amigo− yo le replico: Pero se ve todo tan confuso, esto es todo un desorden. Los hilos son tan oscuros, ¿por qué no más brillantes?, ¿por qué no otros colores?

Y Dios −confiesa mi amigo− parece sonreír; como lo hacía mi madre; y me dice, con aún mayor dulzura: − Hijo mío, ocúpate de tu trabajo… que Yo estoy haciendo el mío. Un día te traeré a mi regazo y verás el plan desde mi posición. Entonces entenderás…”.

Esta es la breve historia, complementaria del post anterior, que puede hacerte pensar que cuando la aguja y los hilos están en manos de tu madre, de tu padre (pon mayúscula, también)… todo es coser y cantar.

Por cierto: hay veces −muchas más de las que lo hacemos− en que podemos ayudar en el bordado. Aunque no entendamos de qué va todo eso, como no entendíamos por qué había que empujar la roca.

Te recuerdo el inicio de mi post “Un compromiso ladrillo a ladrillo”:

Anthony de Mello escribe en uno de sus cuentos:

“Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío… y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo?

Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: "Ciertamente que he hecho. Te he hecho a ti".

Pues eso.

¿Me ayudas a difundir? ¡Muchas gracias!

José Iribas, en dametresminutos.wordpress.com.

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