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Educar en la virtud: el gimnasio interior

Expirado
Escrito por: Iván López Casanova
Publicado: 22 Octubre 2020

El entrenamiento interior −más importante que el exterior− es la lucha por adquirir virtudes: este es el gimnasio al que hay que acudir diariamente para construir una personalidad fuerte

Tengo la impresión de que en la vida personal y en la educación de los hijos cada vez va ganando más peso el logro de las virtudes, los hábitos operativos buenos como los describía la filosofía clásica. Porque la vida personal tenemos que construirla cada uno. Y, lógicamente, esa edificación puede terminar en casa ruinosa o en hogar sólido y acogedor, dependiendo, en gran medida, de los materiales que se empleen: eso son las virtudes, los fundamentos sólidos de la personalidad.

Antes, se explicaba la creatividad como una especie de don que poseían algunos afortunados. Ahora sabemos que para ser creativos se necesitan hábitos adquiridos, y por eso es tan importante fomentar el esfuerzo en la educación familiar. José Antonio Marina lo expone con un atractivo ejemplo: «Nadal tiene un juego tan creativo porque ha generado una serie de hábitos musculares que le permiten responder en la pista con una gran rapidez a los problemas». Pues bien, los hábitos interiores son las virtudes.

Tal vez, Aristóteles podría reclamar que esto lo expuso él en su Ética a Nicómaco, veinticinco siglos atrás. Pero después de unos tiempos confusos, vamos llegando a una comprensión mejor de la importancia de poseer una personalidad aprendida, resultado de incorporar prácticas y de esforzarse. En consecuencia, el conjunto de virtudes individuales equivale al carácter de una persona, y resulta su gran tesoro vital.

El profesor Marina explica su papel creciente en la educación −y en la plenitud existencial−: «En el mundo anglosajón las virtudes están de moda. Es cierto que las denominan strengths (fortalezas) con lo que subrayan su energía. Martin Seligman, expresidente de la American Psychological Association, ha emprendido un exhaustivo estudio de las virtudes a lo largo del mundo. Se titula Character Strengths and Virtues. Él y sus colaboradores han identificado seis universalmente valoradas: la sabiduría, la valentía, la compasión, la templanza, la justicia y la búsqueda del sentido o de la transcendencia».

Natalia Ginzburg en un ensayo de 1960 titulado “Las pequeñas virtudes”, incluido en un libro con el mismo título, afirmaba: «Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber».

Los niños deben ser ayudados para vencer su tendencia a la comodidad. Y para ello necesitan de la exigencia educativa de sus padres. Ejerciendo la autoridad, porque la autoridad de los padres es un derecho de los hijos. Nada menos. Y exigiendo mucho, como la mejor muestra de cariño hacia ellos, pues resulta más cómodo no corregir. Aspirando a formar hijos con una gran personalidad.

Virtudes en la propia vida y educar a los hijos para ser virtuosos: sinceros, generosos, recios, con capacidad de sacrificarse por los demás, alegres, serviciales, responsables, agradecidos, honrados, bondadosos, desprendidos, delicados, amables, tolerantes, sensibles ante la pobreza ajena y la injusticia: este será el tesoro educativo que heredarán los pequeños, posesiones más importantes que las materiales.

Una virtud olvidada: la elegancia, el «tono que la inteligencia pone en las acciones del cuerpo y en el comportamiento humano: en la forma de andar y en la postura, en el modo de hablar, y de vestir, de comer y de estornudar», según Enrique Rojas.

El entrenamiento interior −más importante que el exterior− es la lucha por adquirir virtudes: este es el gimnasio al que hay que acudir diariamente para construir una personalidad fuerte. El otro gimnasio, aunque no lo parezca, sigue siendo optativo. «A nadie le gusta entrenar, pero así es la vida y pretender hacer todo dulce, es mentir a los niños», afirma, de nuevo, Marina. Con mucha sabiduría.

Iván López Casanova, en madurezpsicologica.com.

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