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Nunca es tarde

Expirado
Escrito por: Javier Vidal-Quadras Trias de Bes
Publicado: 18 Julio 2021

Siempre, nunca, todo, cada, nada… son expresiones que rara vez responden a la realidad

El conde de Romanones fue una figura señera de la primera mitad del siglo XX. Fue alcalde de Madrid, presidente del Congreso y del Senado, ministro en casi todas las carteras, presidente del Gobierno, prolífico escritor y hasta personaje en la obra Luces de Bohemia, de Valle-Inclán. Se le atribuyen frases apodícticas como aquella de que hagan las leyes, mientras yo pueda hacer los reglamentos…

Otra salida famosa del conde fue la que dio a quienes le criticaban haber aprobado una norma que poco tiempo antes había denostado y proclamado solemnemente no aprobar nunca jamás: tenga usted en cuenta que cuando digo nunca me refiero al momento presente, respondió con toda paz.

Hoy voy a hablar de una deformación de la mente muy presente en el matrimonio y en la familia: la sobregeneralización. Es una de las más insidiosas y, al mismo tiempo, de las más difíciles de cambiar.

Consiste en convertir uno o varios hechos, datos o acciones en una disposición, una conducta o una condición personal absoluta, constante, invariable y, a veces, casi innata.

Siempre, nunca, todo, cada, nada… son expresiones que rara vez responden a la realidad, y se perciben por el destinatario como un dardo hiriente de una mirada incapaz de conocerle y reconocerle como persona que lucha por mejorar.

Ya dije en el primer post de esta serie que tendemos a interpretar la realidad según la visión parcial y sesgada que tenemos de ella. Por ejemplo, una meta clásica en un matrimonio es cambiar el rollo de papel de váter. Tiene su importancia, porque tener que ir a buscar papel después de evacuar, que es cuando uno se apercibe de su falta, es francamente incómodo. No digamos si se han agotado las reservas del armario y hemos de ir a buscarlo a la despensa o a otro cuarto de baño.

Solemos tener la sensación de que siempre lo cambiamos nosotros porque no vemos las veces que lo cambia el otro. Es verdad que en algunos matrimonios se da cierto desequilibrio en esta delicada y trascendental tarea. El problema es que la crítica suele llegar justo el mes en que el cónyuge mas indolente se ha esforzado y no ha dejado pasar ninguna ocasión sin reponerlo. Y el único día que se olvida llega el reproche absolutista y demoledor en forma de lejano grito: ¡Otra vez! ¡Ya está bien! ¡Nunca cambias el papel de váter!

Y aquí no acaba todo. Existen formas agravadas de sobregeneralización. Por ejemplo, se puede añadir un cierto sarcasmo, un sesgo valorativo que hace aún más doliente la censura: tienes la manía de… O, si se quiere despersonalizar todavía más al cónyuge y convertirlo en parte de un grupo, en mero miembro, entonces basta una referencia a su familia de origen: eres igual que tu padre, nunca aprenderás a…

El impacto de este tipo de expresiones es mucho más poderoso de lo que se piensa, y no pocas veces se extiende a la relación o a la propia autoestima, generando pensamientos del tipo nunca me ha respetado, siempre me trata con desprecio, ya no hay nada que nos una, las cosas nunca van a mejorar, soy un desastre como marido, nada de lo que hago le satisface…

Tenemos dos salidas. Una es la del conde de Romanones: autosugestionarnos ambos de que cuando decimos nunca nos referimos al momento presente, cuando decimos siempre nos referimos al último suceso, cuando decimos todo nos referimos solo a una cosa, etc..

La otra es entrenarnos en ir desterrando poco a poco estas expresiones y sustituirlas por otras más amables y más justas.

Cada uno verá. Yo me inclino por la segunda. La primera me parece muy utópica… y algo cínica, la verdad.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes, javiervidalquadras.com/

 

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