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Misterios de vida y muerte iluminados por el Esposo

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Escrito por José Antonio García-Prieto Segura
Publicado: 01 Febrero 2026

La Luz del Señor sigue iluminando la bondad del matrimonio, y la esperanza de un amor eterno después de esta vida

          La cuesta de enero, apagadas las luces de Navidad, me sugería proseguir con las reflexiones del último artículo que titulé: “Temo que la Luz pase”. Me refería a que, dejados atrás los brillos del nacimiento de Cristo en Belén, cabía el peligro de que las luces de su presencia en nuestras vidas también pasaran de largo. Por eso comprendí perfectamente que, en su momento, Juan Pablo II introdujese en el rezo del rosario, cinco misterios o escenas de la vida del Señor que, con sus luces divinas, alumbrasen las nuestras al hilo de la suya. Y con razón los llamó “misterios luminosos”.

          Aunque esos cinco misterios tienen entre sí gran unidad, me fijaré solo en dos que están particular y estrechamente relacionados, como mirándose el uno al otro. Son el de la presencia de Cristo en las bodas de Caná, y el de la institución de la Eucaristía. Pueden enseñarnos mucho, contemplados con luces de fe y también con las de la razón como hechos históricos que son. Para ello, necesitamos fijarnos en dos calificativos referidos a Jesús y salidos de los labios de Juan Bautista, cuando lo presentó al mundo como “cordero de Dios” y como “esposo”.  Dos identidades presentes, aunque de modo velado, en Caná y en la institución de la Eucaristía.

          En efecto, leemos en el evangelio que Juan “vio a Jesús venir hacia él y dijo: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’” (Jn 1, 29). Y tiempo después, cuando algunos discípulos de Juan le preguntaron por Jesús, que atraía a las multitudes y ya se iniciaba el eclipse del Bautista, éste lleno de gozo respondió: “Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. Esposo es el que tiene la esposa; el amigo del esposo, el que está presente y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo” (Jn 3, 28-29). El propio Jesús se presentará a sí mismo de ese modo, cuando los fariseos le preguntan por qué sus discípulos no ayunan, y contesta: “¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Y refiriéndose a su propia muerte, añade: “Ya vendrán días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquel día ayunarán” (Mc 2, 19-20). 

          La luz de Cristo en cuanto Esposo y Cordero ilumina dos realidades claves de la existencia humana: la del matrimonio, cuya bondad confirma por su presencia en Caná; y la de la muerte, al mostrar con su posterior resurrección que el fin de esta vida no tiene la última palabra. Veamos, pues, cómo se relacionan e iluminan los dos hechos históricos.

          Los invitados a las bodas de Caná fueron testigos del primer milagro del Señor, que al convertir el agua en vino “manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 11). Pero estuvo precedido por la respuesta de Jesús a su madre María, cuando acudió a Él para resolver el problema de la falta de vino: “Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.” (Jn 2, 4). Bajo este aparente rechazo sabemos que Jesús miraba más lejos: a la “hora” definitiva de su gloriosa resurrección, anticipada por la de su muerte en el Calvario, y antes por la institución de la Eucaristía. Conformaban así un todo unitario, sintetizado por san Juan con estas palabras: “La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1).

          Esa trilogía inseparable constituida por la entrega de Jesús como Esposo para dar vida a su Iglesia como Esposa -con su entrega en la Eucaristía, después en la Cruz, y al fin con su resurrección-, conformaron su “hora” y las “bodas del Cordero”, según expresión de san Juan, en el capítulo 19 del Apocalipsis. La “hora” de Jesús, densa en acontecimientos históricos, manifiesta su desposorio de amor en favor del mundo entero. La conversión del agua en vino en las bodas Caná, será el prólogo milagroso de otra boda superior, como fue la suya al hacerse alimento eucarístico en el Cenáculo y Cordero sacrificado en el Calvario, según enseña el Catecismo: 

          “la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (LG 3). ‘Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia’ (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz (cf. San Ambrosio, Lc 2, 85-89).” (CEC n. 766).

          Hablábamos de esas realidades de nuestra existencia iluminadas por Cristo: son según acabamos de ver, la del matrimonio constituido por el amor de varón y mujer como esposo y esposa, y la de la muerte por amor como paso para la resurrección a una vida de gozo eterno en el Cielo. Entendemos así que san Pablo ponga como ejemplo de amor entre los esposos, el de Cristo-Esposo por su Iglesia, al instarles: “Maridos: amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla» (Ef 5, 25) Les pide un amor sacrificado e incondicional, priorizando el bienestar de la esposa. Y se entiende y espera, igualmente, la reciprocidad a ese amor por parte de la esposa.

          Por lo que atañe al misterio de la muerte, siempre dolorosa por la separación de los seres queridos, las luces de Cristo también iluminan y llenan de serenidad. Lo hemos comprobado, una vez más, en los recientes testimonios de familiares que han perdido padres, hijos, hermanos…, en el accidente ferroviario de Adamuz. Junto al dolor hemos visto que su fe y esperanza cristianas les hacía traslucir un más allá de esta vida, donde Cristo los esperaba, con su Padre y el Espíritu, para unirlos al abrazo eterno del Único Dios. Sugiero al lector una oración por todos ellos, y también pedir la paz del Señor para sus familiares que siguen entre nosotros.    

José Antonio García-Prieto Segura en elconfidencialdigital.com 

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