La libertad no se pierde de golpe: se desgasta, se negocia, se entrega; pero también puede recuperarse, basta un acto de conciencia
La historia de los hermanos Esaú y Jacob es profundamente aleccionadora. Esaú, primogénito, fuerte, impulsivo y hábil cazador, era el preferido de su padre. Jacob, más astuto y reflexivo, sabía aprovechar sus oportunidades. Un día, Esaú vuelve exhausto de cazar y encuentra a Jacob cocinando un guiso de lentejas. Le pide comida. Jacob responde: “Véndeme tu primogenitura”. Y Esaú, llevado por el hambre y la inmediatez, contesta: “¿De qué me sirve la primogenitura si me estoy muriendo de hambre?”. Y la vende.
Muchos, sin darse cuenta, hacen lo mismo con su libertad. Renuncian a ella por seguridad (“prefiero que decidan por mí”), por comodidad (evitar responsabilidades), por pertenencia (seguir las normas de un grupo), por estabilidad económica (trabajos muy controlados, pero seguros) o por ignorancia (sin verdad no hay libertad).
A veces se “vende” la idea de libertad para justificar acciones que en realidad la reducen. Incluso se manipula el concepto. El expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero ha repetido en varios discursos: “La libertad nos hace verdaderos”, como una versión progresista de la máxima bíblica “La verdad os hará libres”.
Lo cierto es que la libertad está profundamente herida. Como tenemos tan poco control de nuestras emociones y sentimientos, la vendemos por un plato de lentejas. Incluso nos da miedo. Preferimos ser superficiales, no pensar, llenarnos de activismo, mimetizarnos con el ambiente, vivir sin convicciones.
Pero el peor enemigo de la libertad es su deconstrucción. A esa gran característica del ser racional se le asignan significados diversos y se frivoliza su contenido. La expresión "con faldas y a lo loco", tomada de la película de Billy Wilder con Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon, describe acciones hechas sin pensar, de manera alocada y arriesgada. Y, lamentablemente, así tratamos hoy la libertad.
El libro del Eclesiástico nos recuerda: “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua; extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera”.
Dios es el ser más respetuoso que existe: nunca obliga, coacciona o engaña. Es el mejor garante de la libertad del hombre, cualidad que siempre ha querido para nosotros. Dios no quiere esclavos ni siervos. Tampoco es un amo -omito el adjetivo que otro expresidente dirigió a un colega-. No seamos siervos.
Nos quitan la libertad cuando nos cansan. Cuando estamos agotados -por trabajo, estrés, ruido, urgencias- dejamos de elegir y empezamos a aceptar. La saturación informativa también cansa: demasiadas opciones paralizan. El cansancio es una forma moderna de dominación.
Nos roban la libertad cuando nos distraen. La distracción constante nos mantiene ocupados en lo superficial (TikTok, YouTube, Instagram, Facebook, series…). La distracción no impone cadenas; impone ruido. Y en el ruido dejamos de escuchar nuestra propia voluntad.
Nos roban la libertad cuando nos infunden miedo. El miedo es una herramienta poderosa: miedo a perder seguridad, miedo a equivocarnos, miedo a no encajar, miedo al futuro.
Nos roban la libertad cuando nos convencen de que no la merecemos. Esto es psicológico y profundo: “No puedes cambiar”, “No tienes opción”, “Así son las cosas”, “No sirve de nada intentarlo”. Cuando aceptamos estas ideas, la libertad se vuelve invisible. No hace falta quitarla: basta con que dejemos de creer en ella.
Nos roban la libertad cuando confunden nuestro deseo con nuestra elección. Consumimos, compramos, seguimos tendencias creyendo que elegimos libremente, pero muchas veces solo respondemos a estímulos diseñados para manipularnos. Confundimos impulsos con decisiones.
Nos roban la libertad cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos. La libertad empieza en la conciencia de uno mismo. Cuando vivimos en automático, sin reflexión, sin pausa, sin propósito, la libertad se diluye.
Vendemos nuestra libertad cuando olvidamos que somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. La libertad es la energía que el Creador nos da para amar, para alcanzar la felicidad al poder elegir el bien, el amor, la belleza, si la usamos mal nos aprisiona en nuestros egoísmos, en la oscuridad de nuestras miserias.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es
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