..."Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones".
Dos veces el Espíritu Santo ha hecho resonar esas palabras en la Sagrada Escritura.
Son una llamada a oír la misma voz de Dios que nos habla en Jesús.
Para oírla, se requiere liberar el corazón de interferencias que lo endurezcan
Esta vez ha sido el Mensaje de Cuaresma 2026, del Papa León XIV, el inspirador de estas líneas. Y más concretamente, su invitación a “poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. (Mensaje, 5-II-26)
Protagonista de este artículo será justamente el corazón, entendido en su más genuina esencia: como centro y morada íntima de la persona, querido por Dios para los encuentros que enriquecen la vida y la llenan de sentido porque, en definitiva, dejan paso al amor. Sin embargo, muchas veces permitimos que nuestro corazón se disperse y acelere, impidiéndonos saborear no ya el misterio de Dios, que dice el Papa, sino hasta las cosas más sencillas de la vida: por ejemplo, las notas musicales de un violín.
Es lo que sucedió en el sugerente experimento hecho en la estación del Metro l’Enfant Plaza, en Washington. Era el 12 de enero del 2007 cuando un violinista, en un corredor del subterráneo, difundía armoniosas melodías, durante 40 minutos aproximadamente. Recaudó poco más de 32 dólares y transitaron delante de él 1097 pasajeros, pero solo 27 se detuvieron. Los restantes iban disparados como centellas, porque quizá llevaban sus corazones dispersos, llenos de urgencias desasosegantes, sin espacio para la inesperada belleza musical que les habría devuelto momentos de paz.
En nuestro corazón reside el secreto de una vida de paz y serenidad, si conseguimos silenciarlo para oír y dejar espacio a lo verdaderamente importante, desde unas notas musicales hasta lo más elevado: “el misterio de Dios”, que recuerda León XIV. Precisamente su invitación a “escuchar” y sintonizar con Dios y con los demás, es lo que destaca en la primera parte del Mensaje. Cito sus palabras: “Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro”.
Para resaltar más la importancia de prestar oídos a las necesidades ajenas como si fueran propias, recuerda el Papa que Dios es el primero en actuar así. En efecto, prosigue León XIV: “Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un signo distintivo de su ser: ‘Yo he visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor’ (Ex 3, 7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación”.
La disposición de Dios para prestar oídos al pueblo en su conjunto también mira a la persona singular; la Escritura está llena de ejemplos: “Cuando invoqué al Señor, él escuchó mi voz y rescató mi alma de la guerra que me hacían” (Sal 54, 17). Es una súplica personal que todos deberíamos hacer propia, porque ¿quién no está necesitado de ese rescate de enemigos que nos hacen la guerra? Y no me refiero a enemigos de carne y hueso -que también podría ser-, sino sobre todo y en primerísimo lugar, al bullicio de enemigos que cada uno lleva dentro, y nos impiden silenciar el corazón para escuchar a Dios que nos habla en primera Persona, y también en y a través las personas con quienes convivimos.
Esos enemigos los señala León XIV al indicar comportamientos negativos que nos alejan de Dios y de los demás, porque ensordecen el corazón con el ruido de nuestros egoísmos. Por eso, pide el ayuno de “abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas”. (Mensaje, 5-II-26)
Silenciamos nuestro corazón si combatimos a esos enemigos; así podremos oír y acoger, sobre todo, la sinfonía de la fe que nos llega del Cielo, con Jesucristo, Palabra de Dios-Padre encarnada. Lo sugiere este texto litúrgico del tiempo de Navidad: “Cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra descendió desde el Cielo” (Sab 18, 14-15). En aquella noche de Belén, los ángeles entonaron un canto de paz que solo llegó y, desde entonces, solo sigue llegando a los corazones que silencian los ruidos del mundo para hacer espacio a la Palabra de Dios y, con Cristo, a tantas necesidades materiales y espirituales de nuestro prójimo. Algo similar sucedió en la cima del monte Tabor donde, lejos de ruidos, Pedro, Juan y Santiago, oyeron la voz de Dios Padre, diciéndoles: “Este es mi Hijo, el amado: Escuchadle” (Mc 9, 7).
Serenar prisas e inquietudes del corazón, que decía al inicio, para saborear la música del virtuoso violinista en el Metro, tiene un correlato sobrenatural en Jesucristo, intérprete de lo que bien podemos llamar “la sinfonía del Amor divino”. Por eso, se escogió como logotipo del Catecismo de la Iglesia, una imagen músico-bucólica que representa al Señor, en la figura de un pastor tocando la flauta y, a sus pies, una oveja en actitud de escucha. Más aún: como el contenido del Catecismo es fruto del trabajo de miles de obispos de todo el mundo, al presentarlo san Juan Pablo II a toda la Iglesia, escribía que: “el concurso de tantas voces expresa verdaderamente lo que se puede llamar ‘sinfonía de la fe’” (Const. ‘El depósito de la fe’, 11-X-1992). Es una sinfonía que, al hablarnos del Amor de Dios por cada uno de nosotros, contiene realidades enriquecedoras de la vida si, con un corazón silencioso, le prestamos atención y las hacemos nuestras.
Algo parecido sucede también, aunque a un nivel inferior respecto a la vida espiritual, con las bellezas naturales si nos detenemos a descubrir su encanto, cosa que no hicieron aquellos apresurados viajeros del Metro. Su agitado y ruidoso corazón les impidió descubrir que aquel músico no era un cualquiera, sino un auténtico virtuoso del violín, Joshua Bell, que tres días antes, en el Boston Symphony Hall, había ofrecido un concierto cuya entrada rondó los 100 dólares per cápita. Y también, que su breve concierto callejero lo había interpretado con un Stradivarius del siglo XVIII, y melodías de Bach, y Schubert. Se confirma que las apariencias pueden engañar…
Jesucristo, a modo de trovador divino y humano, con su vida y enseñanzas nos ofrece para que la interpretemos también personalmente, la partitura de una sinfonía del Amor eterno, como lo prueba su muerte en la Cruz por cada uno de nosotros. No pasemos de largo; que esta Cuaresma nos ayude a silenciar nuestro corazón y combatir las interferencias de esa música divina, que nos revela lo que somos: hijos de Dios en Cristo Jesús y, consiguientemente, cómo debemos actuar y llenar de sentido nuestra vida, siguiendo sus pisadas.
José Antonio García-Prieto Segura en elconfidencialdigital.com
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