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Las llagas del Resucitado

Expirado
Escrito por: Juan Luis Selma
Publicado: 06 Abril 2026

El ambiente en Semana Santa es festivo, pero no hay que olvidar que lo que nos saca a la calle es, en su raíz, un acontecimiento religioso

Estos días vemos calles y plazas llenas de gente, sobre todo de jóvenes. El ambiente es festivo: acompaña el buen tiempo, la primavera nos regala el fragor del azahar, hay alegría y buen rollete. Pero no olvidemos que lo que nos saca a la calle es, en su raíz, un acontecimiento religioso: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Al mismo tiempo, nos rodean sucesos luctuosos. Vivimos en un mundo herido: guerras, crisis económicas y energéticas, crisis de valores. No podemos olvidar el fracaso de toda España en el caso de Noelia: no hemos sabido -ni podido- salvar una vida joven; es más, hemos convertido su muerte, su asesinato, en un espectáculo.

Buscamos la felicidad; la necesitamos. La necesitan especialmente los miles de jóvenes que llenan nuestras calles siguiendo las procesiones. Pero todos llevamos heridas, como las que ha querido conservar el Resucitado. También la imagen luminosa de quien ha salido del sepulcro, de quien ha vencido una muerte dolorosa, nos trae una enseñanza profunda: Cristo mantiene sus llagas para recordarnos que Él también está herido, que ha sufrido injusticias, soledad, abandono y traición. “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad y ved si hay dolor como mi dolor…”, dice el libro de las Lamentaciones.

“¿Qué buscan todos estos?”, me preguntaba un amigo al ver las muchedumbres de estos días. No es fácil dar una única respuesta. Lo fácil es decir “fiesta” y quedarnos ahí. Claro que buscan fiesta; la necesitamos todos: momentos de compañía alegre, ratos de olvido de las cruces diarias, asueto, amigos, belleza. Nos viene bien un poco de oxígeno, de aire limpio. Pero en estos días hay algo más: junto al bullicio de los amigos, el “clac” incesante de las pipas, la cerveza y el bocadillo… se hace un hermoso silencio cuando pasan las imágenes sagradas del Cristo y de la Señora.

Hay muchas formas de orar, de elevar la mente al Cielo, de conversar con Dios. El sufrimiento, la alegría, el trabajo, la contemplación de la naturaleza y de la belleza… todo puede ser oración. Es cierto que este material precioso va acompañado de mucha ganga, que hay que dar forma a tanta riqueza oculta; pero ahí está el Dios escondido, la fe anónima, la gracia.

¿Cómo aprovechar toda esta riqueza? ¿Cómo separar el oro de la ganga? ¿Cómo hacer de la piedad popular un camino de salvación y de sanación? Ahí está el reto de la Iglesia: dar contenido, sacar a la luz tanta riqueza oculta, formar.

Formar es eso: dar forma. Una palabra sencilla, muy manoseada, pero que encierra una gran riqueza y muchos desafíos. Dar forma es modelar algo que aún no está terminado, como quien trabaja la arcilla, la madera… o el corazón. Es educar, acompañar a alguien para que crezca en conocimiento, criterio y libertad. No es “llenar”, sino “despertar”: sacar lo que llevamos dentro, lo que el Creador ha sembrado en nosotros.

La formación abarca muchos campos: el cultural y profesional; el humano -aprender las virtudes que conforman nuestra humanidad, a ser buenos padres, hermanos, amigos, ciudadanos-; y también la formación religiosa, que nos enseña a vivir con trascendencia, como hijos de Dios.

Podemos entender la formación cristiana como el proceso por el cual una persona aprende a vivir, sentir, pensar y amar al estilo de Jesús. No es solo aprender cosas sobre la fe; es dejar que la fe te modele por dentro. Pero también implica aprender unas cuantas verdades fundamentales, las que caracterizan nuestra fe.

La Iglesia suele resumir la fe en cuatro grandes pilares, como hace el Catecismo. Son como las columnas de un edificio: si falta una, todo se desequilibra.

El Credo: lo que creemos. Dios es Padre, creador y origen de todo. Jesucristo es Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador. El Espíritu Santo es Señor y dador de vida. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Creemos en el perdón, la resurrección y la vida eterna.

La Liturgia y los Sacramentos: cómo celebramos la fe.

La vida moral: cómo vivimos. La moral cristiana no es un código de normas, sino una respuesta de amor.

La oración: cómo nos relacionamos con Dios. La fe se vuelve viva cuando se ora.

El Resucitado nos enseña a ser felices a pesar de nuestras heridas. Nos dice que hay esperanza, pero no olvidemos que dar forma exige esfuerzo, dedicación, estudio, pedagogía. Un buen reto para la Iglesia de siglo XXI.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es

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