La llamada de Jesús es siempre una llamada de amor, al amor y por amor. Por eso es un privilegio, una suerte, una alegría.
La serie The Chosen (Los Elegidos) está cosechando un éxito extraordinario, con más de seiscientos millones de visualizaciones. Narra cómo pudo ser la vida de Jesús con los apóstoles y discípulos. Su gran logro es introducirnos en la cotidianidad del Señor, mostrando su humanidad, su cercanía, su sentido del humor. Nos permite imaginar cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos sido uno de aquellos elegidos que convivieron con Él.
Dios llama a todos: en la Iglesia todos tienen un lugar, un sitio y una misión. Dios sigue llamando hoy, te llama a ti y me llama a mí. Llama especialmente a los jóvenes. Aún tenemos reciente la impresionante estampa del Papa ante más de medio millón de personas en la Plaza de Lima, en Madrid. Allí, el Sucesor de Pedro dijo: "¡No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia!". Y añadió: "El matrimonio también es una vocación. ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!".
La llamada de Jesús es siempre una llamada de amor, al amor y por amor. Por eso es un privilegio, una suerte, una alegría. Dios se fija en mí, me ama porque ve todo lo bueno que ha puesto en mí, lo feliz que puedo ser junto a Él y lo felices que puedo hacer a los demás. Toda vocación es, en el fondo, una historia de amor.
Leemos en el Evangelio: "Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó".
La llamada lleva consigo la misión: "Id y proclamad que ha llegado el Reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis".
El Papa León XIV nos dejó este precioso encargo: "Quiero confiaros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano".
La llamada de Dios se da siempre en la libertad. Él nos llama porque quiere y porque nos quiere; y nosotros respondemos porque nos da la gana, porque queremos amar. Nadie es más libre que quien le dice a Dios que sí.
Quisiera volver ahora a la primera llamada del Papa: la vocación al celibato, que implica la entrega total del corazón. "¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir!", dice Jeremías. El celibato tiene sentido hoy; es más, en un mundo tan sexualizado brilla más, es más necesario, más actual. Por amor -con plena capacidad de amar y de formar una familia- se puede mirar más alto, alzar la mirada. Podemos llenar el corazón, sentirnos realizados y queridos entregándolo por entero a Él, al Amor de los amores
Cuando alguien me pregunta cómo saber si Dios le pide todo el corazón, suelo decir que una señal es precisamente la sed de amor humano, de paternidad o maternidad. Los llamados al celibato tienen que tener corazón, sentimientos, emociones. Tienen que experimentar la atracción de darse por entero, porque ese es su sentido. Es un enamoramiento, una seducción, una elección libérrima.
¿Se puede vivir así -limpio y casto- hoy? ¿Puede un joven o una joven vivir así? Se puede. Lo veo en muchos, y es precioso. Es Dios quien da las fuerzas, quien elige, guarda y protege. Quien llena el corazón. No podemos imaginar el poder inmenso de la gracia. Bueno, sí podemos: lo hemos visto estos días en Madrid, Barcelona y Canarias.
El pueblo de Dios en España se ha volcado con el Papa de un modo inimaginable. Hemos crecido y hemos visto crecer al Papa. Las cosas grandes suceden cuando alzamos la mirada.