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Novios evanescentes

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Escrito por Enrique García-Máiquez
Publicado: 08 Agosto 2026

La guerra de sexos, patrocinada desde la política y la cultura oficial, ha cavado trincheras profundas

El Papa ha afirmado que el matrimonio es una vocación y con tanto niño bendecido nos ha indicado —lenguaje no verbal sacramental— que cada niño es una bendición. Todo lo cual me ha recordado que hace mucho tiempo que debo un artículo. Bastantes jóvenes me preguntan cómo conseguir novia o novio. Eso siempre ha costado lo suyo, pero, por lo visto, ahora cuesta todavía más. ¿Por qué me lo preguntan a mí? Porque he practicado mucho un género lírico inusual: el poema de amor conyugal (feliz).

Lo primero que dejo claro es que yo he tenido mucha chamba. He visto fracasar cortejos, noviazgos y matrimonios en que ambas partes eran estupendas, el sueño de cualquier padre casamentero, iguales ambos en belleza, educación e inteligencia. Lo mío no es un mérito personal. O sí, pero de mi mujer. Y de lo que se ríe de mí.

Pero no vengo a escaquearme. Respuestas no tengo, pero sí algunas intuiciones. Diría que el problema no es encontrar pareja, sino que la propia figura del novio y la novia se está evaporando culturalmente. Las razones se yuxtaponen, confusas, desordenadas y ululantes, como «un ataque de comanches borrachos», que diría Miguel d’Ors.

La guerra de sexos, patrocinada desde la política y la cultura oficial, ha cavado trincheras profundas. Yo me fijo y veo por la calle grupos de chicos solos y de chicas solas. Mi colegio no era mixto; pero era coger la puerta y se acabó la educación diferenciada. Ahora, casi todos los colegios son mixtos, pero apenas se ven aquellas grandes y coloridas pandillas de antaño.

Atisbo otro cambio social que no ayuda. Salen (en la medida en la que salen) chicas y chicos de la misma edad. Antes, los chicos éramos algo mayores. En el amor, ellas son más maduras, y nos tienen que dejar alguna ventaja, como en el hándicap de golf, siquiera sea cronológica. La leve diferencia iguala mucho.

No sé si por la saturación de películas románticas o por las redes sociales, percibo una búsqueda más obsesiva por la pareja perfecta. Por mi parte, no busqué que mi novia pensara como yo en todo, ni siquiera en cuestiones fundamentales. El noviazgo da mucho juego para conversar y convencerse de lo de una o de lo de uno. Mi mujer tampoco buscó el novio ideal, como es obvio.

El divorcio por doquier tiene efectos retroactivos. Tiñe de fugacidad todas las relaciones. Y quizá insufla un temor difuso al fracaso sentimental que funciona como una profecía que se autorrealiza. Y en el otro sentido, hacia la luz y hacia la vida, si se tuviese más ilusión por tener hijos, sería más fácil embarcarse en la aventura de crearles un hogar estable. Si la ilusión de los hijos desaparece del horizonte o se difumina, se pierde la llamada de la sangre, ancestral y poderosa.

Por último, quizá lo primero: el sexo. No entro en la moral, sino en el hecho. La facilidad, alegre y retozona, con que el sexo se logra, tan frivolizado y poco trascendente, casual y tal, barre de un plumazo la promesa, el misterio, la expectativa, la pulsión contenida, el ascetismo y el lirismo. Esas cosas, para cimentar una relación, funcionaban mucho mejor. Lo que durante siglos fue la culminación de una historia se ha convertido muchas veces en su prólogo. Y los prólogos no sostienen una novela entera.

Veo tan guapas y tan simpáticos a los que vienen a preguntarme que no me explico, sinceramente, la dificultad. Los aspirantes son extraordinarios; así que por eso no es. Los noviazgos se han vuelto evanescentes porque se han evaporado algunas de las condiciones que los hacían posibles. Pero el amor sigue esperando, como siempre, a que alguien tenga la audacia de tomárselo en serio. Merece mucho la pena. Quien lo probó —o lo está probando— lo sabe.

Enrique García-Máiquez en eldebate.com

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