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  2. Kintsugi cristiano

Kintsugi cristiano

Expirado
Escrito por: Antonio Schlatter Navarro
Publicado: 14 Agosto 2026

Un cristiano sabe que las muertes o las desgracias no tienen jamás la última palabra. Son “puente hacia el cielo”

              Entre mis inolvidables recuerdos de niño está la imagen de un jarrón japonés. Estaba situado en la entrada de la vecina casa de unas tías mías que solía frecuentar. Con el tiempo supimos que no se trataba de una pieza de gran valor, aunque su apariencia denotara otra cosa. Además, había hecho durante toda su vida la función de ser el paragüero de la casa, y eso ya te sitúa en un sitio modesto en la escala social mobiliaria. Lo que más llamaba la atención eran sus lañas, grandes grapas metálicas que permitían que aquel objeto mantuviera bien unidas el puzzle de piezas de cerámica en que se había convertido. Aquel arreglo no sólo le permitía seguir siendo útil sino que le daba una apariencia más humana, más frágil.

Años después oí hablar de la técnica japonesa del kintsugi. Cuenta una leyenda que el shōgun Ashikaga Yoshimasa envió su tazón de té favorito a reparar a China. Al volver con feas grapas metálicas, pidió a artesanos locales una solución más bella, naciendo el arte de unir las roturas con polvo de oro. Esa historia, leída recientemente, me devolvió la imagen de aquel jarrón japonés de mi niñez y me hizo llevar más lejos mi intuición inicial sobre la belleza y valor de ese jarrón restaurado. No sólo se puede restaurar algo y dejarlo como estaba, sino que es posible restaurarlo y hacer que aquello mejore. Eso es el Cristianismo.

En efecto, se trata de una idea muy hermosa y muy humana, y por tanto esencialmente cristiana, pues nos hace sentir e intuir el inmenso tesoro que un día recibimos a través del sacramento del Bautismo. “Pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo” (1P 1, 18-19). Es decir: Ya sabéis que Cristo os ha dado la capacidad no ya de revertir la historia para devolverla a su estado inicial; esto, que parece mucho, es poco para un cristiano. Lo que Dios os ha dado con su Resurrección es infinitamente más: la capacidad de convertir algo que se ha destruido en otra cosa que es mejor que lo que había al principio.

Jesús emplea la imagen del grano de trigo que muere, pero que al morir da fruto abundante; la Iglesia nos hace vivir cada día en la Misa el milagro del pan y el vino que tras la transubstanciación se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Jesús; en la confesión, la muerte de la gracia (des-gracia) fruto del pecado se convierte en un alma más limpia y amada por Dios que antes de acercarte el sacramento de la Confesión…; y en fin, la Resurrección nos da esa Esperanza única y total de saber que resucitaremos en belleza y santidad, con nuestros mismos cuerpos (sin los defectos que el cuerpo tiene en la tierra) y almas (totalmente agraciadas).

La naturaleza, siempre maestra, nos ha enseñado de nuevo estos días ese rasgo tan propio de la visión cristiana del mundo. Me refiero a las escenas de  devastación que los incendios han dejado y que, sin embargo, han venido acompañadas de tantas historias de amor sobreabundante, de muchísimas escenas que ejemplifican el milagro de saber dar nueva vida. No son noticia de portadas, porque lo que las noticias destacan son los incendios, con la muerte que van dejando a su paso. Pero tampoco son sólo los brotes verdes del olmo seco, pues no nacen de la melancolía ni amargan el corazón. Es Esperanza de la buena. Un cristiano sabe que las muertes o las desgracias no tienen jamás la última palabra. Son “puente hacia el cielo”, decía el papa León en su paso por España. Son la oportunidad de que todos mejoremos en el amor, como nos vienen enseñando tantas personas estos días a raíz de los dolorosos incendios.

Pensemos finalmente en la imagen de los mártires. En concreto en la figura de san Lorenzo, que por fecha (diez de julio) y ubicación (el Escorial) nos acerca a los incendios gravísimos que hemos sufrido estos días. El diácono Lorenzo fue quemado, y de sus cenizas no resurgió el Ave Fénix (eterno retorno pagano), sino que su sangre (no polvo de oro, sino sangre de Cristo) fue como siempre semilla de cristianos.

Luchemos por evitar los incendios devastadores (y quien dice incendios ponga cada uno esa desgracia personal o colectiva que lleve estos días en su corazón). Pero hagamos con la ayuda de Dios una obra de arte. Kintsugi cristiano en nuestros corazones.

Antonio Schlatter Navarro

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