Lo triste es que nos hemos olvidado de mirar al cielo, de levantar la mirada, de ver al Dios escondido en el día a día, en los demás, en lo cotidiano
No sé si es por ser verano -aunque no está falto de noticias- o por lo llamativo del eclipse total de sol, pero el caso es que hemos tenido fenómeno solar hasta en la sopa. No oculto que a mí también me ha cautivado por su belleza. Antiguamente estos acontecimientos se relacionaban con el cielo, el cosmos y con Dios, su creador.
La arqueoastronomía estudia cómo las civilizaciones integraron los fenómenos celestes en su arquitectura, calendarios y rituales. Estructuras como Stonehenge, Giza, Machu Picchu o Chankillo muestran una sofisticada comprensión astronómica: el hombre, al mirar al cielo, veía a Dios. Incluso las tiendas de los nómadas y los edificios giraban en torno a un eje orientado hacia lo alto.
Hoy el eclipse ha servido para llenar páginas y páginas, telediarios, titulares sin fin… y también los bolsillos de algunos aprovechados.
De todo podemos aprender y, ya que he estado unos días por Barbastro y he visitado su Catedral y el museo de los mártires claretianos, pienso que a algunos se les fue la luz: se quedaron a oscuras.
Impresiona el martirio del obispo de la ciudad, monseñor Florentino Asensio Barroso. Un tal Héctor M., oculista, y dos más se acercaron a él mientras rezaba en su prisión y, entre burlas, le mutilaron sus partes íntimas, las colocaron sobre la revista Solidaridad Obrera y las exhibieron triunfantes por la ciudad. Luego le cosieron la herida burdamente con hilo de esparto, como a los animales. Entre golpes y nuevas vejaciones fue fusilado y arrojado a una fosa, donde pasó largas horas de agonía mientras exclamaba: "¡Qué noche más hermosa ésta para mí: voy a la casa del Señor!".
También fueron fusilados 51 claretianos, muchos de ellos jóvenes estudiantes. Uno de ellos escribió la víspera de su martirio:
"Morimos todos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que, entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo".
Esta es la riqueza de la Iglesia: sus mártires y sus santos. Esta es la luz que sale todos los días y que, por ser habitual, pasa desapercibida. Solo la excepción del eclipse es noticia. Lo mismo sucede con nuestras vidas: lo bien hecho no llama la atención; sobresale lo malo, el escándalo. Por eso debemos comprarnos no gafas que protejan del sol, sino unas que solucionen la miopía endémica que nos impide ver lo bueno.
Relata el Evangelio que "En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo". Jesús se hace de rogar y, tras la insistente y humilde petición de la madre, cura a la hija.
Tenemos miedo de mirar al sol; algunos atestiguan que, tras intentar ver este fenómeno, han perdido la vista. Pero el peligro no es ese. Lo triste es que nos hemos olvidado de mirar al cielo, de levantar la mirada, de ver al Dios escondido en el día a día, en los demás, en lo cotidiano.
En una visita a las hermanas de Iesu Communio, al finalizar el locutorio, uno de los chicos asistentes les preguntó cómo conseguían mirar a los demás con esas miradas cariñosas, acogedoras, envolventes. Ellas le respondieron: "¿Y tú cómo te ves a ti mismo?". Para poder mirar a los demás como un regalo, primero hay que experimentar que nosotros lo somos para Dios.
No dejemos que sean las sombras las que llenen nuestro corazón. Debemos defendernos de la oleada de sinsentido, pesimismo y suciedad que nos rodea. Hagamos el esfuerzo de mirar a lo alto, de elevar la mirada, de dirigir nuestros pasos hacia Dios.
Como reza el Salmo 66: "Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra".
Valemos mucho más que nuestras oscuridades y pecados. No son nuestras sombras las que nos definen: somos mucho más. ¡Hijos de Dios! Con un poco de paciencia volverá la luz. No somos hijos de las tinieblas, sino de la luz.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es
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