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El eclipse que duro tres días

Expirado
Escrito por: José Antonio García-Prieto Segura
Publicado: 20 Agosto 2026

Pasó el eclipse y la vida sigue igual

            Continúan apagándose los ecos suscitados por el reciente eclipse solar del pasado día 12. Ha habido lecturas y comentarios para todos los gustos, desde los meramente científicos, políticos, o intelectuales como los de un artículo titulado “Eclipse de la razón”, hasta los de carácter espiritual, como serán las líneas que siguen. Partiré del fenómeno astrológico sucedido hace 21 siglos.

Me refiero al prodigio ocurrido en y desde Jerusalén, al morir Cristo en la cruz del Calvario. El hecho, que sería observado por miles de personas, lo recogen los evangelios sinópticos y san Lucas lo refiere así: “Era ya alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona.  Se oscureció el sol, y el velo del Templo se rasgó por la mitad. Y Jesús clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró. (Lc 23, 4-5). Habría durado, pues, alrededor de tres horas: desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde.

 Este fenómeno estaba anunciado en el Antiguo Testamento y los escrituristas lo relacionan con dos pasajes precisos. Uno, del profeta Amós que había escrito: “Acontecerá en aquel día, dice el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro” (Am 8, 9); y otro del profeta Joel: "El sol se convertirá en tinieblas” (Jl 2, 31). ¿Qué dice hoy la ciencia de la astronomía sobre este particular?

En el libro “Visión Astronómica del Evangelio”, regalo de un amigo ingeniero y escrito por él, se hace un serio estudio de aproximación desde la ciencia astronómica a hechos históricos del Evangelio. Esta ciencia prueba que al morir Jesús no hubo propiamente ningún eclipse por interposición de astros, aunque ese mismo año sí hubo dos: uno total de luna el 14 de junio, y otro de sol también completo el 24 de noviembre. Por tanto, la causa de aquellas tinieblas han de buscarse por otros derroteros de carácter preternatural. Desde este punto, donde ciencia y fe tocarían sus límites amigables, ofreceré una reflexión trascendente y espiritual.

Cristo, como Dios-hombre, refiriéndose a su vida y doctrina, había dicho “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn 8, 12). Al morir como hombre, su omnipotencia divina pudo hacer que las tinieblas oscureciesen la luz solar sin necesidad de eclipse alguno. Pero a la vez sí que se produjo un eclipse espiritual de fe en el corazón de sus discípulos, que duró tres días: uno completo, el del sábado santo, y las dos colas del viernes tarde y primeras horas del domingo, en que Jesús resucitó. El Evangelio lo testimonia sin tapujos, y la total oscuridad de fe tuvo su paradigma en la actitud de los dos discípulos de Emaús. Para ellos todo había terminado y su vuelta al pueblo era un clamoroso “apaga y vámonos”.

 El mismo domingo abandonaron Jerusalén y al Maestro a quien pensaban ya definitivamente desaparecido. Sin embargo, Jesús resucitado se les unió en el camino, como desconocido peregrino. El eclipse de fe en los dos discípulos quedó patente porque iban entristecidos, como refiere san Lucas, y sobre todo por las palabras desengañadas y sin esperanza, con que responden al desconocido que les había preguntado por el motivo de su conversación.  Después de ofrecerle un sucinto informe sobre los hechos y crucifixión del Señor, muestran su desencanto total porque tampoco creen a quienes les han dicho que había resucitado. Dan la espalda al pasado diciendo: “…nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas” (Lc 24, 21). Jesús tomó la palabra y con sus explicaciones de las profecías, los ilumina de nuevo, haciendo que su fe volviese a brillar y terminara su personal eclipse de tres días.

Para algunos, como el apóstol Tomás, el eclipse todavía se prolongó siete días más, porque al asegurarle todos que habían visto al Señor resucitado, se negó a creerlo hasta no ver la señal de los clavos que atravesaron las manos de Jesús, e introducir su mano en el costado abierto por la lanza (cf.  Jn 20, 25).

Han transcurrido 21 siglos desde aquellos sucesos y hoy, a raíz del reciente eclipse solar y el eco mundial suscitado, los cristianos deberíamos preguntarnos, en línea con las reflexiones precedentes: ¿cómo está brillando en mi existencia cotidiana la fe en Cristo resucitado, que vive y camina junto a mí, como lo hizo con los discípulos de Emaús? ¿Brilla su luz en mi trabajo bien hecho y con espíritu de servicio? ¿Cómo está presente en las relaciones de convivencia dentro de mi familia y en mi ambiente laboral, en el descanso, en los compromisos adquiridos, etc.? Todos estamos llamados a vivir con obras de amor al prójimo, pero los fieles cristianos debemos ir más lejos, por el mandato expreso de Jesús que quiere que seamos luz del mundo, sin eclipses de fe en nuestros corazones.

En efecto: Cristo después de exponer en las “Bienaventuranzas” el programa de vida de cuantos deseen seguirle, añade: “Vosotros sois la sal de la tierra (…) Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”. (Mt 5, 13-14). Nos pide dar la cara, hacernos partícipes de la luz que brilla en su vida y enseñanzas, y a la vez iluminar con ese mismo fulgor el corazón y la vida de cuantos nos rodean. El Espíritu Santo hizo resonar en San Pablo ese mandato del Señor cuando refiriéndose a sí mismo, pero también a todos los cristianos, escribe: “Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, es el que hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que irradien el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo” (2Co 4, 6). Dios-Padre en el sacramento del bautismo nos infunde la luz de la fe, y con ella el amor de la Trinidad, para que brille en las obras de nuestro quehacer diario, como lo hizo en la vida de Cristo.

En nuestros días, san Josemaría se ha hecho eco de todo lo anterior en el primer punto de “Camino”, donde escribe: “Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.” Hoy los sembradores que oscurecen inteligencia y corazón están por todas partes: a la vuelta de la esquina, dentro y fuera de las redes sociales, con noticias falseadas, etc., tratando de eclipsar la fe y el amor de Cristo en nuestras vidas.

Con la gracia divina y la ayuda de nuestra Madre María -única que no sufrió el eclipse espiritual al morir su Hijo-, decidámonos a no permitir que sombras y tinieblas oscurezcan nuestra fe, aunque solo sea por breves minutos como en el pasado eclipse solar.                        

      José Antonio García-Prieto Segura en religion.elconfidencialdigital.com                                                                             

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