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¿Tiene sentido corregir hoy?

Expirado
Escrito por: Juan Luis Selma
Publicado: 07 Septiembre 2026

A veces vemos a personas públicas muy encumbradas que pierden el sentido de la realidad, como si vivieran en otro mundo. Solo escuchan halagos y zalamerías. Nadie les dice la verdad

Nos hemos vuelto muy respetuosos -o quizá demasiado prudentes- con los demás. El individualismo va haciendo mella y pasamos bastante de los otros. La máxima parece ser: “Cada uno a lo suyo y que me dejen tranquilo”.

Hace unos días celebraba la misa en una ermita de un pueblo en el que nunca había estado. Al final de la homilía, en la que hablaba de san Juan Bautista, mártir por defender la verdad del matrimonio, una señora me indicó con timidez que no se oía bien. Comprobé que el micrófono estaba apagado. Entre risas comentábamos que también al cura hay que corregirle y ayudarle: el respeto no quita la corrección.

Es verdad que el famoso refrán “el que dice las verdades pierde amistades” sigue vigente y no nos gusta que nos corrijan. Pero todos agradecemos el interés y el cariño, y nos duele la indiferencia.

A veces vemos a personas públicas muy encumbradas que pierden el sentido de la realidad, como si vivieran en otro mundo. Si tienen responsabilidades públicas, pueden hacer daño. ¿Cómo es posible -nos preguntamos- que vivan tan engañadas? Puede ser por la soledad en la que se encuentran: al estar tan arriba, no se dejan decir las cosas. Solo escuchan halagos y zalamerías. Nadie les dice la verdad.

En la vida diaria también podemos dejar solas a las personas que queremos, que nos importan. Vemos que están equivocadas y, por un falso respeto, no les decimos nada. Así, poco a poco, se van perdiendo más.

Jesús nos dice en el Evangelio: “Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Nos habla de la corrección fraterna como instrumento para ganar al hermano, para ayudarle. La corrección es un detalle de cariño, de servicio, de cercanía: como te quiero y me importa lo que te pase, te hago esta advertencia. Lo contrario es indiferencia.

La corrección es fruto del amor; se corrige por amor. Por eso, quienes más corrigen son las madres, porque aman. También debería ser un deber cívico y religioso.

Aristóteles, al hablar de la auténtica amistad, dice que el amigo virtuoso desea el bien del otro y, por tanto, debe advertirle cuando actúa mal. Distingue entre el adulador -que calla o dice lo que el otro quiere escuchar- y el amigo verdadero, que habla con sinceridad y busca el auténtico bien del otro.

San Ambrosio decía en el siglo IV: “Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto [...] Las correcciones hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios: las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores”.

Hoy hemos asimilado una especie de indiferencia moral: “Cada uno tiene su verdad”. Por lo tanto, corregir sabe a invasión de la autonomía. La falta de convicciones y la fragilidad afectiva hacen que las relaciones sean cada vez más líquidas y superficiales. Esto hace inviable la corrección, que se percibe como intromisión.

Tenemos miedo al conflicto, a complicarnos la vida. También se confunde la corrección con un juicio despectivo. Corregir no es humillar, pero puede interpretarse como crítica destructiva.

Excusas para el individualismo y la indiferencia no faltan, menos aún en estos tiempos. Pero el ser humano está hecho para amar: necesita el amor, recibirlo y darlo. Y el amor está reñido con la indiferencia y el desinterés. El amor es atento, interesado, cercano. Quiere lo mejor para el amado. El amor es fuerte: sabe derribar muros, estrechar vínculos, superar obstáculos.

Si amo, si me importa el otro, no permitiré que nada le dañe, ni siquiera que él mismo se haga daño. Y esto, por amor, porque me importas. Ahora bien, hay que corregir bien: con delicadeza, con verdad, con oportunidad.

El Señor habla de hacer la corrección a solas, en privado, para no dañar la fama del otro. Ese a solas habla también de amistad, de tiempo sereno y oportuno. Y hay que hacerlo en verdad, no vaya a ser que el defecto que veo sea reflejo del mío. Por eso es bueno contrastar nuestra opinión con alguien de criterio.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es

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