Occidente se cimentó sobre la caridad cristiana, una fuerza espiritual única capaz de conmoverse ante el prójimo
Hace apenas un mes, las imágenes que llegaron desde la costa de Ceuta volvieron a helar el corazón de España. No nos encontramos ante el clásico y doloroso goteo de pateras que desafían el Atlántico o el Estrecho buscando un futuro mejor; lo vivido en torno al espigón de la Ciudad Autónoma respondió a otra categoría táctica y desesperada. Hablamos de una presión masiva, coordinada e instrumentalizada —con miles de personas arrojándose al mar a nado para bordear los espigones fronterizos— que golpea directamente la soberanía nacional y pone a prueba los costurones de un Estado a menudo inerme ante el tablero geopolítico internacional.
Sin embargo, reducir lo ocurrido en las aguas de Ceuta a un mero problema de orden público o a un rifirrafe diplomático sería tan ciego como deshumanizador. Debajo de la táctica, de la tensión policial en la rompiente y de las avalanchas humanas sigue latente un desastre humanitario de proporciones colosales. Y los católicos, arraigados en la verdad del Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, no podemos mirar hacia otro lado ni refugiarnos en la comodidad de los eslóganes ideológicos.
El orden de la caridad y la defensa de la patria
En el debate político actual resuena con fuerza la exigencia de proteger una “prioridad nacional” que muchos demonizan con ligereza, mientras otros la esgrimen como un tótem exclusivo. Lejos de ser un concepto racista o excluyente, la recta razón —esa que emula el orden natural de una familia numerosa— nos enseña que un Estado tiene la obligación moral primigenia de velar por los suyos, por los compatriotas vulnerables que sufren la precariedad en sus propios barrios, y de garantizar la seguridad y la cohesión de su Casa común.
Pero el genuino humanismo cristiano no tolera disyuntivas cínicas. Como recordaba recientemente el papa León XIV en su visita a España ante las más altas instituciones del Estado, los flujos humanos exigen respuestas que “vayan más allá de la mera gestión”, partiendo siempre de la intrínseca dignidad de la persona. La prioridad nacional bien entendida no niega la fraternidad universal; al contrario, la ordena. Proteger nuestras fronteras y anteponer el bienestar de nuestros ciudadanos más frágiles no es incompatible con acudir al rescate —con los medios y la firmeza necesarios— de quienes se lanzan al mar abocados a la desesperación.
Lo ocurrido en el espigón ceutí demuestra que España no puede seguir gestionando las crisis migratorias y fronterizas como parches de emergencia estivales. La vulnerabilidad de nuestras fronteras del sur es la vulnerabilidad de toda Europa, y exige una política común, comunitaria y vinculante que asuma que la seguridad nacional y la acogida humanitaria forman parte de la misma moneda. Dejar solos a los ceutíes, melillenses, andaluces, canarios o murcianos ante avalanchas de esta magnitud es un ejercicio de cobardía política insostenible.
El peligro de los guetos y la exigencia de reciprocidad
La cara más amarga de esta crisis no concluye cuando se rescata al último nadador del agua o se despeja la costa. El verdadero desafío comienza al día siguiente, en las calles, en los centros de acogida colapsados y en unos barrios donde la falta de una integración real amenaza con importar los peores escenarios de exclusión que ya devoran a las grandes capitales europeas.
Una inmensa mayoría de quienes llegan persiguen con honradez ganarse el pan con el sudor de su frente, deseosos de integrarse, aprender el idioma y respetar las leyes del país que los acoge. Pero la laxitud institucional, la falta de recursos y la ausencia de una exigencia clara de reciprocidad abren la puerta a otra realidad lacerante: la de aquellos que caen en las redes de las mafias o en la delincuencia, reproduciendo guetos impermeables a los valores occidentales.
Occidente se cimentó sobre la caridad cristiana, una fuerza espiritual única capaz de conmoverse ante el prójimo. Pero la hospitalidad auténtica no se entiende sin el respeto mutuo. La acogida exige por parte del recién llegado una inculturación respetuosa con las leyes, la lengua y las costumbres de nuestra nación, sin que ello signifique renunciar a la legítima libertad religiosa, pero desterrando cualquier atisbo de fundamentalismo o desprecio al orden legal que nos rige.
Menores abandonados a su suerte y el fracaso burocrático
Un capítulo especialmente sangrante de esta crisis se ceba con los menores no acompañados que a menudo protagonizan también estas entradas por mar. El hacinamiento en los centros de Ceuta y de otras regiones de llegada no es solo un problema logístico; es un grito al cielo. Abandonar a su suerte a estos jóvenes en las calles, sin más destino que la marginación o el bucle penitenciario, supone un fracaso estrepitoso del sistema.
La solución no pasa por la demagogia buenista ni por la desatención insolidaria, sino por una inmersión lingüística implacable, una formación técnica acelerada que los capacite para el mercado laboral antes de alcanzar la mayoría de edad, y una firmeza absoluta contra las redes criminales que trafican con la desesperación ajena.
Mirar la realidad sin vendas en los ojos
España necesita altas dosis de realismo, abandonar los simplismos ideológicos de trinchera y exigir transparencia en los datos públicos sobre criminalidad e integración, sin miedo a que la corrección política mantenga los problemas “bajo la alfombra”.
Lo ocurrido en el espigón de Ceuta nos recuerda que la paz y la seguridad no son un regalo gratuito, sino un bien que se cultiva con firmeza, justicia y caridad. Los católicos estamos llamados a ser levadura en esta sociedad: a defender la soberanía de nuestra patria y la protección de los más débiles de nuestra casa, sin renunciar jamás a mirar con misericordia de carne y hueso al hermano que llama a nuestra puerta desafiando el frío del mar.
Eloy Asenjo Carpintero en vidanuevadigital.com
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