La propiedad privada es legítima, pero no absoluta. Con esa idea y con san Francisco de Asís como modelo, el autor plantea cómo responder desde la fe a los desahucios y la precariedad.
A propósito de Maricarmen, el Evangelio de hoy nos ofrece pistas para afrontar retos tan actuales como los desahucios y la acampada en Sol, los inmigrantes en Ceuta, la vivienda, la precariedad laboral… ¿Cómo debe actuar una persona de bien, un buen ciudadano, un cristiano? ¿Socialismo igualitario o capitalismo despiadado? ¿Dice algo la Biblia sobre la distribución de los bienes?
Según el Génesis, Dios creó el universo, la tierra y puso en ella al hombre para que la trabajara. Entregó los bienes de la creación a todos y después, del pecado original, el hombre deberá obtener sus frutos con el sudor de su frente. Dos principios quedan claros:
El Evangelio añade una luz decisiva: no somos propietarios absolutos, sino administradores. Jesús lo expresa en la parábola de los labradores homicidas:
“Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña… la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos para recibirlos.”
La viña tiene Dueño. Nosotros no podemos apropiarnos de sus frutos como si fueran exclusivamente nuestros ni actuar en la heredad como si no hubiera un Señor que la ha confiado para el bien de todos.
La parábola culmina con el envío del Hijo: “Este es el heredero. Lo mataremos y nos quedaremos con su heredad.”
La tentación de absolutizar la propiedad, de convertirla en un derecho sin límites es tan antigua como el pecado.
San Juan Pablo II lo expresó con fuerza: sobre los bienes de la tierra pesa una hipoteca social. La propiedad privada es legítima, pero está subordinada al destino universal de los bienes. No puede convertirse en un muro que excluya a quienes necesitan lo básico para vivir con dignidad.
Si toda persona posee una dignidad inviolable, nadie debería quedar privado de lo necesario mientras los bienes se concentran o se usan solo para beneficio particular. La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la propiedad privada lleva consigo una responsabilidad hacia los demás y hacia el bien común.
Hoy celebramos a san Francisco de Asís, el santo que se casó con la Dama Pobreza. Confiaba plenamente en la Providencia y renunció públicamente a la herencia y a la vida acomodada para seguir a Cristo pobre. Ante el obispo de Asís se despojó de sus ropas y se las devolvió a su padre. El obispo lo cubrió con su capa: incluso en la pobreza radical, la Iglesia protege y acompaña. Hay necesidades básicas que cubrir.
No todos estamos llamados a vivir la pobreza como Francisco, pero sí a vivir desprendidos, libres de tantas ataduras, capaces de compartir. Sin esa libertad interior, es difícil alcanzar la paz y el gozo; difícil ser verdaderamente felices.
Volviendo al caso de Maricarmen, el Papa, en el viaje de regreso de Francia, dijo: “¿Cuál es el problema en el sistema que permite que una anciana, además con discapacidad, sea echada de su casa?”
El problema es institucional, sí, pero también personal. Necesitamos apostar por un mundo más humano, más fraterno, más cristiano de verdad.
Hoy un joven me preguntaba qué hacer con su miedo a que Dios le pidiera algo más de lo previsto. Ante la grandeza de la vida cristiana, ante la posibilidad de salir de la mediocridad, nos achantamos. Olvidamos la belleza de la aventura, de la entrega, del amor. Preferimos volar bajito, tocar suelo, antes que volar.
La respuesta es fiarse de Dios, descubrir el lado bueno del compromiso, de la entrega, del seguimiento del Maestro: es ganancia y además, Dios mismo nos da el empujoncito para lanzarse a volar. Vale la pena.
Para Francisco, abrazar la pobreza no fue renuncia, sino liberación. Nosotros, en medio del mundo, no podemos ser mundanos. La pobreza cristiana consiste en vivir el desprendimiento en la vida ordinaria: contentarse con lo necesario, practicar la sobriedad, alejarse del consumismo, compartir con el necesitado.
En las bodas, los recién casados comparten trece arras, símbolo de que el amor no se mide en lo justo, sino en lo abundante, y que está abierto a las necesidades de los demás: una moneda por cada mes del año y otra para quien la necesite. Así deberíamos vivir, con la grandeza de la generosidad.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es
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