El centenario del Domund invita a redescubrir la vocación misionera de los cristianos, llamados a encontrar el sentido de su vida en Cristo y a compartir su fe en un mundo que también necesita formación religiosa, fraternidad y esperanza
Estoy acompañando a los alumnos de segundo de Bachillerato en su última salida del colegio. El objetivo del viaje es conocer el mundo universitario y ayudarles a decidir sus próximos estudios. En una charla, la responsable de orientación les animaba a descubrir su vocación, tanto personal como profesional. Insistía en que todos tenemos una vocación: estamos dotados por el Creador para realizar algo en la vida; tenemos una misión. Nuestra existencia tiene sentido y cometido; el reto consiste en descubrirlos. Para ello, nos decía que hace falta "aburrirse": tener tiempo para pensar, reflexionar y soñar.
Dice el profeta Isaías: "Yo te llevo de la mano; doblegaré ante ti las naciones y desarmaré a los reyes; abriré ante ti las puertas y no se cerrarán los portones. Por amor de mi siervo Jacob, de Israel, mi elegido, te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque no me conocías".
Tenemos un nombre que debemos descubrir, como dice el libro del Apocalipsis: "Al vencedor le daré maná escondido; también le daré una piedrecita blanca y, grabado en ella, un nombre nuevo que nadie conoce sino aquel que lo recibe". En el lenguaje bíblico, el nombre expresa lo que somos, el sentido y la misión de nuestra vida. Jesús significa "Yahvé salva"; María es la elegida, la amada de Dios; José significa "Dios añadirá".
¿Cuál es mi nombre auténtico? ¿Lo conozco? Para descubrir quién soy y para qué estoy hecho, debo escudriñar mi corazón y mi interior. Estamos dotados de cualidades naturales; tenemos tendencias y deseos profundos que nos orientan hacia una meta. Dios es inteligencia pura y bondad suprema; por eso, al crearnos, da sentido a nuestra vida y nos capacita para realizar aquello a lo que nos llama.
Hace poco, un joven manifestaba que tenía miedo de que Dios le pidiera algo fuera de lo común. No hay motivo para temer. Cuando Dios pide algo, concede también la gracia, las fuerzas y la ilusión necesarias para llevarlo a cabo. Dios juega siempre a nuestro favor.
Cuando descubrimos aquello para lo que estamos hechos, disfrutamos profundamente. Sentimos que hemos encontrado nuestro lugar y podemos decir: "Esto es lo mío; por fin me he dado cuenta".
Este año, el Domund cumple cien años. Nació en 1926 bajo el impulso de Pío XI con la finalidad de extender las misiones por todo el mundo y ayudar a los misioneros en su labor evangelizadora. Ya no se sale a la calle con las tradicionales huchas para recoger ayudas, pero los misioneros siguen necesitando nuestro apoyo. Las circunstancias también han cambiado y, en muchos lugares, la fe es hoy más viva que en España. Por eso, ahora más que nunca, todos estamos llamados a ser misioneros.
Sigue viva la idea de que la ayuda que podemos aportar es únicamente material: el sobre con unas monedas. Todos los años, cuando explico a los niños el sentido de esta jornada, me dicen que el Domund consiste en ayudar a los niños pobres. Sin embargo, la auténtica pobreza es la falta de fe y de formación religiosa. En ese sentido, también nosotros somos tierra de misión.
El lema que el papa León ha elegido para esta ocasión es: "Uno en Cristo, unidos en la misión". La unidad es una característica esencial de Dios y también de quienes caminamos en Cristo: unidos a Él y unidos entre nosotros. Quizá convenga examinar cómo es nuestra unión familiar o la relación entre los distintos grupos eclesiales. ¿Soy una persona que une? ¿Hay armonía en mi entorno?
La Iglesia, como nos pide el Papa, será verdaderamente misionera si es fraterna, reconciliada y solidaria. La misión encomendada a los cristianos no consiste en difundir una ideología, sino en anunciar, vivir y compartir el rostro de Jesucristo.
El Santo Padre agradece también a quienes sostuvieron su labor cuando fue misionero en Perú. Aprovecho esta ocasión para agradecer la incansable labor del delegado de Misiones en nuestra diócesis, don Antonio. Gracias al trabajo de esta delegación, Córdoba es una diócesis especialmente misionera.
Nos dice san Pablo: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor”. Somos elegidos y tenemos una misión: somos misioneros.