“¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! (…) ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” (Juan Pablo II)
El Papa Francisco, en octubre de 2018, con ocasión de la Conferencia celebrada en Alba (Italia) con motivo del 40º aniversario de la elección de Karol Wojtyla como Papa, escribía que: "Dejó una huella indeleble en la Iglesia y en la sociedad. (…) Que el redescubrimiento del testimonio de fidelidad a Dios y de amor al hombre de este venerable Predecesor mío anime a todos, especialmente a los jóvenes, a abrir de par en par las puertas de Cristo para un generoso compromiso en favor de la paz, de la fraternidad y de la solidaridad". Y el mismo 22 de octubre, Francisco tuiteaba en su cuenta oficial: “Demos gracias a Dios por todo el bien realizado en el mundo y en los corazones mediante las palabras, las obras y la santidad de Juan Pablo II. Recordemos siempre su llamamiento: “¡Abrid las puertas a Cristo!”.
León XIV no se ha quedado atrás; por eso, en su Discurso del pasado 7 de junio en el Movistar Arena de Madrid, resumía así el magisterio de sus tres predecesores: “La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad”. Por eso, animaba después a no tener miedo a la hora de informar toda la vida y acción social, con el mensaje cristiano de la paz: “¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo”.
Huelga decir que el ambiente que se respira en el mundo no es precisamente de color de rosas. Por eso, desde la fe y con los pies en la tierra, los discípulos de Cristo debemos hacer muy nuestra esta llamada de sus Vicarios que vengo comentando. En primer lugar, dándonos cuenta de que nos la hace el mismo Señor, de modo singular y personalísimo, con aquellas otras palabras suyas del Apocalipsis: “Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc 3, 20). Son la promesa de una existencia serena, sin temores paralizantes, y con toda la fuerza divina para navegar en este mar de la historia con olas hoy tan embravecidas, pero sabiendo que Cristo va en la barca de quienes le dejemos subir a bordo, al abrirle las puertas del corazón.
Y, en segundo lugar, dándonos cuenta también de que al abrir a Cristo las puertas de nuestra vida, la mantendremos vibrante al hilo de la suya. Pero los ecos de su vida no se pierden en el aire, porque piden traducirse en trabajar por el bien común, aunque suponga ir contracorriente, como le sucedió al Señor. Conviene concretar el contenido de este bien común, como lo hizo León XIV en su Discurso en el Congreso de los Diputados, en Madrid.
Señaló que su presencia allí “como obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica”, quería ser “un gesto de cercanía hacia España (…), y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana”. Y después de reconocer “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”, quiso aportar “una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia” (Discurso, 8-VI-2026). Después, concretó el contenido del bien común en puntos muy precisos y determinantes para la vida y convivencia humana. Las verdades que proclamó recibieron, como es sabido, un aplauso de 7 minutos. Abrir las puertas a Cristo implica poner en práctica esas dimensiones señaladas por León XIV; al ser verdades enraizadas en la común naturaleza humana, alcanzan a todo el mundo, más allá de las particulares creencias religiosas de cada uno.
Concluyo sugiriendo al lector el repaso de esas dimensiones del Discurso, para traducirlas en obras de paz y concordia. Así, los ecos de la Vida de Cristo se mantendrán vibrantes en la propia existencia, y contribuiremos a que también en otras muchas personas suceda lo mismo.