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La plomada, la ley y el negocio de la vida

Escrito por: Eloy Asenjo Carpintero
Publicado: 24 Octubre 2026

Una reflexión ante el debate ético contemporáneo

Cuando nos adentramos en la construcción de un edificio, existe la expectativa de una precisión absoluta: utilizamos una plomada, la dejamos caer, y la gravedad nos dicta una línea vertical innegociable que apunta directamente al centro de la Tierra. Es una herramienta fascinante porque es puramente binaria: está a plomo o está torcida; no hay debate posible con la gravedad, pues resulta limpia y segura. A los seres humanos nos reconforta que los fundamentos sean visibles, categorizados y matemáticos, pues nos dan la sensación de que pisamos sobre seguro.

Sin embargo, cuando trasladamos esa exigencia al terreno del derecho, de la moralidad compartida y del sufrimiento humano, la realidad cambia radicalmente.

Al dejar caer esa plomada perfecta sobre nuestra sociedad, el paisaje legislativo oscila y se muestra profundamente complejo, surcado por miles de estructuras distintas que se apoyan unas en otras y donde trazar una línea recta no siempre es sencillo. Este terreno moral escarpado cobró especial relevancia durante el trascendental viaje apostólico del papa León XIV a España, celebrado el pasado mes de junio, y concretamente en su histórico discurso ante las Cortes Generales, que culminó con una ovación cerrada de más de siete minutos en el hemiciclo.

Este debate sobre los fundamentos de nuestras leyes adquiere una rabiosa actualidad si observamos la agenda social del país. Sin ir más lejos, Barcelona ha acogido del 1 al 3 de octubre de 2026 una cumbre internacional sobre el aborto. El evento arrancó con el Foro Internacional de Alianzas por el Derecho al Aborto el 1 de octubre en la Universitat Pompeu Fabra, y fue seguido de las jornadas organizadas por la Federación Internacional de Profesionales del Aborto y la Anticoncepción (FIAPAC). Este tipo de cumbres ponen de manifiesto la urgencia de profundizar, desde el rigor intelectual y ético, en cómo nuestras legislaciones afrontan la protección de los más vulnerables.

En este contexto, la advertencia lanzada por el Pontífice en el Congreso de los Diputados interpeló directamente los cimientos de nuestra convivencia democrática. La cuestión fundamental no es menor: ¿Debe el poder legislativo subordinarse a un concepto absoluto y prepolítico de dignidad humana, o arriesgaríamos con ello el consenso pluralista de un Estado laico? Sostener que la aritmética parlamentaria equivale automáticamente a la justicia —es decir, creer que conseguir una mayoría de escaños convierte una norma en justa por el mero hecho de votarla— nos arrastra hacia un positivismo jurídico absoluto. Como advertía el discurso papal, si la ley no reconoce un límite anterior a sí misma y se sustenta únicamente en consensos coyunturales, corre el riesgo de desproteger a los más frágiles. El Estado no debe arrogarse el derecho de colonizar la intimidad moral del ciudadano ni decidir arbitrariamente quién es sujeto de derechos.

Plantar este debate en el ámbito universitario exige, en su lugar, abordar sin complejos una cuestión de radical actualidad: ¿cuándo podemos llamar «persona» y, por lo tanto, sujeto de derechos, a un no nacido? Si la respuesta a esta pregunta se alinea con la profunda advertencia de León XIV, nos encontramos ante el reconocimiento de una realidad de magnitudes incalculables que interpela la conciencia de toda la sociedad.

En este punto convendría preguntarse con honestidad si el aborto puede considerarse legítimamente un derecho. En estricta justicia, nadie posee la prerrogativa de quitar la vida a un inocente —ni siquiera a un culpable, si atendemos a los principios que cuestionan la pena de muerte—. Lo que verdaderamente constituye un derecho fundamental es la protección incondicional del nasciturus y el amparo integral de la mujer que se encuentra en situación de vulnerabilidad, a quien con demasiada frecuencia se aboca al fracaso personal y social del aborto. No se trata de buscar soluciones punitivas ni de criminalizar o judicializar penalmente a las madres que se ven trágicamente abocadas a una encrucijada tan dolorosa; el foco no reside en la coacción sobre ella, sino en la responsabilidad ineludible de proteger la vida y ofrecer una salida justa, apostando firmemente por una cultura del cuidado y de la justicia social compartida.

El verdadero desafío pasa por mirar de frente la compleja red de problemas sociopsicológicos, familiares, profesionales y de maduración personal que rodean a la mujer antes y después de la intervención. Muchas se ven abocadas a esta salida creyendo que es la única opción para sostener su plan de vida, lo que exige adoptar políticas públicas de acompañamiento integral y dignificación que devuelvan a la madre el valor y el apoyo que cree haber perdido, sin dejar esta misión exclusivamente en manos de iniciativas sociales y sin ánimo de lucro.

En este mismo plano de exigencia ética y rigor sanitario surge la profunda contradicción en torno al consentimiento informado. Resulta desconcertante comprobar la reticencia generalizada a mostrar a la embarazada una simple ecografía y permitirle escuchar el latido del corazón del que es y aún no ha nacido. Si para cualquier otra intervención médica, mayor o menor, el personal sanitario tiene la obligación fundamental de informar rigurosamente al paciente con todas las pruebas analíticas y radiológicas pertinentes, hurtar esta ventana de conocimiento visual y auditivo al inicio de la vida empobrece la libertad de decisión y elude una verdad biológica incontestable.

Para comprender la complejidad de esta realidad, resulta imprescindible bucear más allá del discurso oficial y analizar las cifras económicas que mueven esta industria. Bajo el amparo de marcos legales permisivos y de la propia normalización estatal, el aborto o, como buscando un circunloquio que mitigue la realidad del hecho, la interrupción voluntaria del embarazo se ha convertido en un sector empresarial sumamente lucrativo.

Las clínicas privadas dedicadas a esta práctica generan elevados rendimientos económicos anuales, operando en muchos casos bajo un modelo de alta rotación asistencial. Al estar subvencionadas o integradas parcialmente en circuitos de derivación financiados con fondos públicos, estas estructuras comerciales dependen de mantener un volumen constante de intervenciones para asegurar su sostenibilidad financiera.

Informes y análisis sectoriales señalan reiteradamente la existencia de prácticas comerciales y administrativas al límite de la legalidad —tales como la laxitud en la comprobación de los supuestos psicosociales o la presión en los plazos— destinadas a justificar que los abortos encajen formalmente en los parámetros exigidos por la ley, priorizando el rédito económico por encima del rigor ético.

Este entramado mercantil demuestra que detrás de las grandes proclamas a menudo se oculta un poderoso motor financiero que mercantiliza el sufrimiento y trivializa el valor fundamental de la vida humana.

Frente a la comodidad del relativismo utilitarista y la inercia de una legislación guiada únicamente por mayorías coyunturales, la reflexión humanista y cristiana nos convoca a recuperar la plomada de la dignidad intrínseca y de la ecología humana.

Ni la coacción punitiva hacia la mujer ni la mercantilización de la vida bajo intereses económicos responden al ideal de una sociedad justa. El reto que tenemos por delante exige mirar de frente la realidad sin simplismos: construir un futuro donde el Estado garantice la protección efectiva de toda vida —empezando por la del más indefenso— mediante la justicia social, el apoyo institucional incondicional a las familias y la erradicación de los lucrativos negocios que trafican con el dolor.

Eloy Asenjo Carpintero en blog.cristianismeijusticia.net

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