Rezamos por las víctimas del terrible accidente ferroviario, nos unimos al dolor de sus familiares, sufrimos y lloramos con ellos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados
Estamos en Todos los Santos, fiesta de gran raigambre en nuestra tierra. En ella recordamos a los nuestros, a quienes nos precedieron en el camino hacia la Casa del Padre. Es también una jornada en la que se da cierta polémica entre Halloween y Holywins, reflejo de dos maneras distintas de ver la vida: una luminosa desde la fe y otra marcada por la oscuridad de un neopaganismo cada vez más extendido.
Ayer, antes del triste accidente de Urda, me comentaba un chico que le costaba ver a Dios en nuestra sociedad. Lo que sí veía era el mal, la acción del demonio. Hoy me habría costado aún más mantener la esperanza en aquella conversación. Son muchas las personas que andan desconcertadas, que no encuentran más que motivos para el desaliento: guerras, desastres, pobreza, injusticias, engaños, mentira y cinismo. Mucho mal aplaudido, jaleado y disfrazado de útil, de positivo, de moderno.
¿Tiene arreglo esto? Desde luego, desde Halloween, con su estética de terror, miedo, fealdad, oscuridad, consumismo y cierto regreso a lo pagano y esotérico, no lo creo. Ese decorado poco estimula a la superación, al pensamiento o a la belleza. El miedo paraliza, embrutece y saca con facilidad lo peor de las personas. Quizás por eso esta visión del Día de Todos los Santos se ha difundido tanto.
Pero volvamos a nuestra fiesta, la de toda la vida, la que hemos mamado desde niños, la cristiana. Celebramos la memoria de quienes nos han precedido, de los que, con su vida y su lucha, han vencido con la gracia de Dios; de los que han abierto camino y nos han dejado una preciosa heredad.
"Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. Así nos lo cuenta el libro del Apocalipsis.
El arreglo de la sociedad, del mundo en que vivimos, está en nuestras manos; mejor dicho, en las manos de los hijos de Dios, de aquellos que, como dice también el Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero".
Rezamos por las víctimas del terrible accidente ferroviario, nos unimos al dolor de sus familiares, sufrimos y lloramos con ellos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. ¡Hay que hacer algo! Pero ese algo empieza por ti y por mí.
Lo primero es no instalarnos en la queja. Resulta fácil lamentarse de cómo están las cosas, denunciar los errores ajenos o repetir que todo va mal. Lo difícil es asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde. Cada uno, desde su familia, su trabajo, sus amistades o su comunidad, puede contribuir a construir una sociedad más verdadera, más justa y más humana.
Lo segundo, y queda en este lugar por ser quizá lo más difícil, es configurar nuestra vida con Cristo, que para eso somos cristianos. Esto sí que es hacer algo. Significa salir de nuestra zona de confort, arremangarnos y plantearnos trabajar como lo haría Él, amar con su corazón, acariciar con sus manos y rezar buscando hacer la voluntad del Padre igual que Él.
Somos muy individualistas. Pensamos constantemente en nosotros mismos. Así nos lo enseña la implacable publicidad, así nos influye el ejemplo de muchos y así nos lo pide el cuerpo. Sin embargo, el cristianismo es comunión, fraternidad, familia. Dios es familia. Dios es Trinidad. Dios es amor. Dios se entrega en su Hijo.
La fiesta de hoy viene recogida en el Credo: "Creo en la comunión de los santos". Todos los bautizados estamos unidos en Cristo formando una sola familia. Unos ya han llegado a la meta y gozan de la presencia de Dios en el cielo; otros se están purificando para entrar plenamente en su gloria; los demás seguimos peregrinando en la tierra.
Cuando un hombre o una mujer mejoran, se portan bien y superan sus ataduras, el mundo mejora con ellos. Comencemos por nosotros mismos. Demos ese paso que vemos claro. Podemos hacerlo con la ayuda de Dios y con la de nuestros hermanos. Con nuestro ejemplo irán otros detrás y, sin apenas darnos cuenta, España y el mundo serán un poco mejores.