Es necesario dar a los acontecimientos y a la misma materia su sentido original, espiritual

Es necesario dar a los acontecimientos y a la misma materia su sentido original, espiritual

La familia que da origen el matrimonio se asienta en la naturaleza humana respondiendo a su verdad originaria y singular. El racionalismo moderno no soporta desconocer el fondo del hombre: su misterio. No acepta el misterio del hombre como una dualidad en la unidad. Unidad y dualidad. Esta es la verdad del hombre. Esta es la grandeza del matrimonio y de la familia.

Estamos viviendo épocas de atroz vulgaridad. Decía Chesterton que la vulgaridad es convivir con la grandeza y no darse cuenta. Convivimos los hombres sin descubrir la grandeza de ser hijos de Dios. ¿Nos tratamos los hijos de Dios como hijos de Dios y no como meros animales? Recuerdo a un profesor de Enseñanza Media a quien se le prohibió publicar, para el Instituto, un libro sobre “virtudes humanas”, incluso ni sustituirlo por el término “valores”. Acabó llamando a las virtudes: conductas pautadas para que se lo permitieran. El hombre tiene más miedo a la verdad que a la muerte ─como afirmaba Kierkegaard─ con razón. La mentira repugna menos que la verdad. La mentira causó el pecado original y la muerte es una consecuencia. Siempre prima la causa sobre lo causado.

No podemos desconocer que hay acciones humanas transitivas; es decir, que quedan fuera de nosotros (p. e. construir una mesa, empapelar una habitación, etc.). Pero la naturaleza del hombre es tal que sus actos humanos −libres, por tanto− dejan huella en su alma. El alma viene a ser como nieve blanda por la que transita un vehículo y deja la huella de la rodada; cuantas más veces pase por esa misma rodada más profunda y dura quedará la nieve hasta llegar un momento en el que el conductor deje las ruedas en “los raíles” de la nieve y pueda soltar el volante sin que el vehículo se desvíe. Los actos humanos dejan huella en el alma tanto si son correctos como si no. Esa cualidad estable en el alma se llama hábito. Si el hábito es originado mediante la repetición de actos buenos inducirá una virtud; si son malos se da el vicio. ¿A qué tanto miedo en llamar las cosas por su nombre, por el nombre de siempre? ¡Quieren encadenar la verdad del hombre! ¡Conductas pautadas! Pues sí; claro que sí. Si la pauta a seguir es buena genera virtudes y si no engendrará vicios. Llamémoslas así, pues.

No podemos dejar de obviar el misterio del hombre. La síntesis singular de materia y espíritu es única. Lo corruptible y lo incorruptible unidos inexorablemente para siempre. Desde la creación del hombre esta peculiar condición −espiritual y material− de la naturaleza humana constituía por sí misma un riesgo, una dificultad para la unidad y la perfecta armonía de la vida humana. Por este motivo, comenta Santo Tomás, Dios concedió al hombre “el auxilio de la justicia original, por cuya virtud, si la mente del hombre se sometía a Dios, se le someterían totalmente las fuerzas inferiores de su cuerpo, de modo que nada le dificultara tender totalmente a Él”[1].

Este hecho acompaña que no se pueda negar la singularidad extraordinaria del origen de cada persona; inicio que viene dado por dos actos: la generación por parte de los padres y el acto de la creación directa del alma por parte de Dios. La sencillez silenciosa con que se da lo expuesto contrasta con la complejidad −¡misteriosa!− de esta singular síntesis. Enormes problemas metafísicos y además ¡únicos!, se plantean cuando esto se pretende entender desde una perspectiva dualista, perspectiva que no se puede admitir desde el punto de vista cristiano. Así es, de hecho, esta misteriosa singularidad con la que Dios ha querido dotar a la naturaleza humana. No hay otro caso en el mundo en el que se dé esta confluencia entre la acción de Dios y la acción humana. Tanto es así, que al acto creador que va unido al generativo se le denomina pro-creación.

El origen de la persona no admite ningún estudio adecuado que no considere atentamente esta singularidad. Pero la verdad del hombre ha quedado oscurecida al nublarse el sol de la realidad divina en el hombre con el pecado. El eclipse del sentido de Dios oscurece el del hombre y le conduce inevitablemente al materialismo práctico, que sirve de caldo de cultivo donde crecen a sus anchas el individualismo egoísta, el utilitarismo a ultranza y la búsqueda del placer como obsesión; asfixiante hedonismo, en definitiva[2].

La persona es su cuerpo animado. Perfecto en su corporeidad, supera a todos los vivientes porque posee un cuerpo personal. Ni cuerpo sólo, ni alma sola, ni cuerpo y alma accidentalmente unidos como se une la pamela a la cabeza. No es así como se da la unión de cuerpo y alma en la persona humana. Se trata de una unión sustancial. Es tal la unión psicosomática que se puede afirmar que Dios no crea un alma en un cuerpo sino que el alma de este cuerpo lo constituye en una persona concreta, singular e irrepetible. Hay mayor diversidad en las almas que en los rostros. El cuerpo expresa de diversas formas su modo de ser personal; a veces con una sonrisa, una mirada, un gesto de emoción, un abrazo, etc.

“Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso”[3]. La corporeidad y con ella al hombre lo han degradado a puro sexo, y convertido en mercancía que se puede comprar y vender, han arruinado el gran sí que da el hombre a su cuerpo. El hombre es imagen y semejanza de Dios pero no sólo en cuanto que posee alma espiritual sino también en tanto que ésta se expresa corporalmente, pues el hombre “es el único ser de la creación material a quien Dios ama por sí mismo”[4]. Pero hay un grupo de gente que al no apreciar el ámbito de la libertad y verlo como algo puramente biológico ha acabado con esa desmesurada exaltación del cuerpo odiando su corporeidad. ¡Es una paradoja pero es lo que sucede al desdibujarse la realidad de la persona humana! “La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza”[5].

Habíamos comenzado estas líneas afirmando lo insoportable que se le hace al racionalismo postmoderno ignorar de fondo el misterio que supone el hombre. La unidad en la dualidad rompe su lógica en mil pedazos. Hombre; varón y mujer. Aún menos acepta el racionalismo reconocer que la verdad plena sobre el hombre haya sido revelada en y por Jesucristo. En consecuencia, no tolera el “gran misterio” del matrimonio, como lo llama San Pablo, y lo combaten de modo radical. ¿Por qué no se acoge la verdad sobre la familia con la misma diligencia que la falsedad sobre ella? Porque esta postura sirve de coartada para acciones costosas, molestas y arduas, tales como la abnegación, la preocupación por los demás, la lucha contra los propios egoísmos, la labor paciente que comporta alcanzar resultados positivos. Además, como la Verdad nos deja al desnudo ante Dios, da algo de miedo siempre. Ante Él no caben ya los disfraces y las máscaras mentirosas, y mirar a Dios y después mirar nuestro comportamiento compromete personalmente con consecuencias prácticas exigentes.

Las ruinas que ofrecía la historia ya desde su amanecer han sido reconstruidas, gracias a que Dios Padre ha enviado a su Hijo unigénito para que restableciera esa paz. Es necesario dar a los acontecimientos y a la misma materia su sentido original, espiritual. Con el Verbo encarnado en Cristo todo lo humano puede ser divinizado y debe ser, en buena lógica, cristiano. Las palabras del Apóstol son ahora nítidas: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”[6]. Todo, hasta lo más trivial y prosaico, adquiere así valor de eternidad. San Pablo lo expresó muy bien: “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”[7].

Pedro Beteta López, Teólogo y escritor



[1] SANTO TOMAS, Quaestiones disputatae. De Malo, q. 5, a. 1, c.

[2] JUAN PABLO II, Cfr. Evangelium vitae, n. 23.

[3] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 5.

[4] Gaudium et spes, 23.

[5] Cfr. BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 5.

[6] 1 Cor 3, 22-23.

[7] 1 Cor 10, 31.