Coord: CARLOS CREMADES - JAVIER PALOS 


Tres cuestiones de candente actualidad expuestas por expertos de reconocido prestigio. Los temas son variados, pero poseen la unidad de la actulidad de los mismos.

 

Fundamentos de la moral cristiana,
Espiritualidad sacerdotal y 
Diálogo interreligioso

Relación bibliográfica de la publicación de estas ponencias

PROLOGO, Mons. Juan Antonio Reig Plá

PARTE I: FUNDAMENTOS DE LA MORAL CRISTIANA

A. Claves de la actual fundamentación de la Moral

Claves teológicas de la actual fundamentación de la moral, D. Aurelio Fernández.

Claves filosóficas de la actual fundamentación de la moral, D. José Noriega Bastos.

B. Cuestiones morales en torno al matrimonio

Entrega y vida: la moral conyugal, Mons. Francisco Gil Hellín.

C. Bioética y clonación

El proyecto genoma humano: perspectivas y aspectos éticos, D. José Hernández Yago.

Desafíos éticos de las biotecnologías: células madre y genoma humano, D. Vicente Bellver.

El mito de la clonación y el desafío de la bioética, D. Juan Pérez Soba.

PARTE II: ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL

A. Teología y espiritualidad del sacerdocio

Espiritualidad sacerdotal, Mons. Carlos Amigo

Teología y espiritualidad del sacerdocio, D. Francisco Lucas Mateo-Seco

B. Santidad sacerdotal y ministerio

Fraternidades sacerdotales en el presbiterio diocesano. Espiritualidad sacerdotal de comunión, D. Juan Esquerda Bifet

Santidad y sacerdocio ministerial, D. Saturnino Gamarra

C. Sacerdocio y secularidad

La espiritualidad sacerdotal, D. Juan Francisco del Pozo

PARTE III: EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y LA DECLARACION “DOMINUS IESUS”

Contexto histórico y teológico de la Declaración “Dominus Iesus”, D. Jose Morales

La Declaración “Dominus Iesus” y el Diálogo inter-religioso (I) y La Declaración “Dominus Iesus” y el Diálogo inter-religioso (II), D. José Luis Sánchez Nogales

Los grandes axiomas teológicos de la declaración “Dominus Iesus”, D. Francisco Conesa

PRÓLOGO

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Los “Diálogos de Teología” de la Biblioteca sacerdotal Almudí, donde he tenido oportunidad de intervenir discretamente, son –a mi modo de ver– un claro exponente del afán intelectual que todo sacerdote debe alimentar: para mejorar su formación teológica y para estar al día de aportaciones recientes acerca de cuestiones de actualidad sobre las que mucha gente se interroga.

El temario elegido para el año 2001 participa de esta doble finalidad. Unas cuestiones candentes en la sociedad de hoy –matrimonio y familia, ecumenismo, bioética–, y otras de profundización en destacados fundamentos doctrinales de teología moral y de espiritualidad del sacerdocio.

Como nexo común a las diversas cuestiones debatidas, veo un elemento muy claro de engarce: la dignidad irrenunciable de la persona humana. En los últimos años asistimos a un desarrollo teológico en las exposiciones magisteriales de la Iglesia, como pocas veces en la historia. Como toda teología, la doctrina del Concilio Vaticano II y de S.S. Juan Pablo II se sustenta sobre una antropología precisa. La filosofía siempre ha servido de base al desarrollo teológico; y la antropología, más en concreto, sostiene todo lo que la teología aporta sobre el comportamiento humano específico.

El temario de los “Diálogos” posee un enfoque eminentemente práctico o, si se prefiere, ético-moral. De ahí que la concepción antropológica determine de modo sustancial toda elucubración posterior. Dentro de esa antropología, la dignidad de la persona humana, proclamada y defendida innumerables veces en los documentos conciliares y pontificios del último medio siglo, es el substrato firme en el que germinan las restantes ideas sobre el hombre: sus relaciones, su actuación, sus derechos y sus deberes.

La razón más elemental descubre un salto cualitativo inabarcable entre el animal más evolucionado y el hombre más primitivo. Por eso cualquier hombre es sujeto de “derechos universales”: algo exclusivo de quien es persona. Todas las culturas y civilizaciones han intuido la capacidad humana de apertura a los demás y, en el fondo, a la infinitud de lo que no es el propio yo. Una apertura que hace a los hombres solidarios entre sí –no meros individuos de un conjunto– y asociados también, en cierta medida, con la divinidad. Las religiones de cualquier tipo han intentado, cada una a su manera, proveer un camino al corazón humano para esta apertura hacia lo divino. Apertura que no es sólo estática, sino esencialmente dinámica; en cuanto esa dimensión supra-humana pretende dar respuesta del origen y de la finalidad de la vida de cada hombre particular y del conjunto de la humanidad.

La verdad cristiana, conocida por revelación, explica netamente el por qué de esa apertura. El hombre ha sido creado por Dios “a su imagen y semejanza” (Gn 1,26); la fe nos asegura que el hombre no sólo es un producto evolutivo de la naturaleza; ni siquiera el mero “animal racional” que Aristóteles llegó a definir. El espíritu humano, el de cada persona individual, participa de alguna manera en la infinitud del Creador. Esta es la verdad originaria sobre el hombre (cf. Gaudium et Spes, 12), que le asegura que su "medida última no es el cosmos inmenso en el que se encuentra, ni tampoco la sociedad en la que se desarrolla, sino su relación originaria con Dios" (Conf.Episc.Esp., La familia..., V-2001).

Es cierto que el hombre puede ignorarlo. E incluso, en el ejercicio de su libertad, puede querer positivamente tal ignorancia. Pero esto no aminora su grandeza; antes al contrario. La libertad que permite al hombre renegar de su Creador es –por contraposición– una mayor prueba de su grandeza de espíritu; aunque sólo "la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre" (GS, 17). Sucede, sin embargo, que aquel mal empleo de la libertad –el pecado– necesita ser "curado" por la gracia de Dios, de modo que el hombre recupere la capacidad de reconocerse en El: "el hombre que no se conoce en Dios, no llega a comprenderse en su realidad más honda" (Centessimus annus, 13).

Tal apertura a la infinitud y tal libertad permiten definir al hombre como un “microcosmos” (Pascal): un universo en miniatura donde cabe, de algún modo, todo ser y donde la persona tiene la autonomía suficiente para organizar ese todo a su manera. La consecuencia más inmediata de un planteamiento así del hombre es la infinita dignidad de cualquier persona humana en comparación con el restante universo material; al margen de razas, creencias o situaciones vitales. Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo, por eso sólo Dios es digno de él (San Juan de la Cruz).

Esta perspectiva ha sido reforzada y puesta de manifiesto de modo especialmente patente en la Encarnación. El Hijo de Dios, al tomar la naturaleza humana, marca de modo definitivo la frontera con todo lo que no es persona; y abre a ésta –en la realidad práctica– los horizontes inabarcables de la propia divinidad, en la medida que son asumibles por la criatura. La dignidad humana alcanza así su culmen y permite asegurar, como le gusta recordar a Juan Pablo II, que Jesucristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (Conc. Vat.II, Gaudium et Spes, 22)

La ética es la ciencia que ordena los actos humanos concretos de acuerdo con aquella dignidad. Y esto vale tanto para la ética del comportamiento individual o social, como para la moderna bioética, que juega con el origen, la manipulación o la decisión acerca de personas humanas determinadas.

La moral personal y familiar supone el desarrollo de esas mismas tesis en el entorno más habitual en que nacen y se mueven los hombres. La familia, como institución natural apoyada en el matrimonio indisoluble abierto a la procreación, permite el crecimiento y maduración de la persona, así como el relevo generacional de la sociedad. De ahí su importancia y la necesidad de defenderla como institución incomparable con cualquier otro modo de convivencia entre los hombres. La respuesta de Cristo a sus interlocutores, cuando le preguntan sobre el matrimonio, se sitúa por encima del ámbito sociológico y cultural del entorno, para dar a la familia un enfoque universal que abarca desde "el principio" de la creación (Mt 19,4) hasta su final.

Por último, la moral cristiana no concluye su recorrido en el simple comportamiento humano noble y digno. De acuerdo con lo ya expresado, tal conducta dispone a la persona para su encuentro con Dios. La moral se abre hacia la teología espiritual que, en caso de las conferencias que nos ocupan, se ha centrado en la espiritualidad de los sacerdotes y pastores del Pueblo de Dios. Quizá sea, en efecto, el primer capítulo a estudiar, con el fin de que ellos transmitan a todos los fieles esa continuidad insoslayable entre la vida moral y “la relación viva y personal con Dios vivo y verdadero” (Catecismo de la Iglesia, 2558).

Nótese, a estas alturas del razonamiento, la importancia capital de asentar cualquier tesis ética y moral sobre esa concepción de la dignidad de la persona humana, que he intentando resumir y que resulta extrínseca a todo positivismo jurídico. Es decir, la naturaleza de la persona está antes, y en la base, de cualquier estructura política y social. Ningúna legislación puede justificar una acción o unas reglas de conducta en contraposición a lo que la persona es por su origen. Otro modo de actuar conduciría inevitablemente al capricho y a la prepotencia: unos hombres tendrían poder sobre otros para decidir sobre sus vidas o sus derechos fundamentales. No han faltado, en el reciente siglo, ejemplos palmarios de los extremos a que puede llegar la tiranía de unos hombres sobre otros; siempre por considerar que determinados puntos de vista –personales o mayoritarios– no tienen por qué verse limitados por algo que es anterior a ellos mismos: por lo que el hombre es en sí, por su origen y su finalidad.

El hombre es, pues, el protagonista de la creación y sobre él versan las ponencias que recoge el presente volumen. Pero un hombre tal como lo hemos descrito: imagen y semejanza de un Dios de dignidad infinita. Un hombre cuyo destino viene marcado, no por el ciego azar de la evolución cosmológica, sino por el Amor que ha querido, para él, una vida de eterna bienaventuranza proporcionada a su inconmensurable dignidad.

+ Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Segorbe-Castellón
Presidente de la Subcomisión episcopal de Familia y Vida


Relación bibliográfica:

Todas las ponencias de Diálogos de teología se recogen en nuestra web y también se publican. Las de este año se encuentran en:

AA VV, “Fundamentos de la moral cristiana”, (Edicep, Valencia 2010), 264 pp. (ISBN: 978-84-7050-659-8)