¿Por qué existe el mal? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Por qué Dios permite el mal? Estas son las preguntas que toda persona se hace en algún momento de la vida. Hacen referencia a uno de los grandes misterios del hombre

La existencia del mal en el mundo, especialmente en sus formas más agudas y difíciles de entender, es una de las causas más frecuentes del abandono de la fe. Ante sucesos que parecen claramente injustos y sin sentido y frente a los que nos sentimos impotentes, surge de modo natural la pregunta de cómo puede Dios permitirlo. ¿Por qué el Señor, que es bueno, que es omnipotente, deja que ocurran males semejantes? ¿Por qué personas sencillas, que acarrean ya mucho peso en la vida, deben cargar con el drama de una tragedia imprevista, como un desastre natural? ¿Por qué Dios no interviene? Son preguntas que no dirigimos al mundo, ni tampoco a nuestros semejantes, sino a Dios, porque confesamos que Él es el Creador y el Señor del mundo[1].

Estas cuestiones, en cierta manera, desbordan los confines de la Revelación y penetran en el misterio de Dios mismo; al fin y al cabo, nada hay en la creación que escape a la sabiduría y a la voluntad de Dios. Del mismo modo que no podemos abarcar la infinita bondad de Dios, tampoco podemos sondear completamente sus proyectos. Por eso, muchas veces, la mejor actitud ante el mal y el dolor es la del abandono confiado en Dios, que siempre “sabe más” y “puede más”.

Pero es también natural que tratemos de iluminar el oscuro misterio del mal, de modo que la fe no se apague por la experiencia de la vida, sino que, precisamente en esos momentos, siga siendo luz clara en nuestro camino, «lámpara para mis pasos» (Sal 119,105).

El mal procede de la libertad creada

Dios no ha creado un mundo cerrado, al que sólo tenga acceso Él, ni tampoco ha hecho el mundo perfecto. Lo ha hecho abierto a muchas posibilidades y perfectible, y ha creado a los hombres y a las mujeres para que lo habiten y lo completen con su ingenio. Nos ha hecho inteligentes y libres y nos ha dado espacio para desarrollar esos talentos. En ese sentido Dios, al llamarnos a la existencia, nos pone a prueba: nos encarga la tarea de hacer el bien según nuestras posibilidades. Y eso es, con frecuencia, una tarea fatigosa. «Negociad hasta que vuelva» (Lc 19,13): como en la conocida parábola de Jesús, los talentos no se pueden enterrar o esconder: la vida de cada uno está llamado a hacer fructificar su vida, a desarrollar lo que recibimos. Pero a menudo no lo hacemos, o incluso hacemos todo lo contrario, nos proponemos voluntariamente cosas malas y las llevamos a cabo: somos, muchas veces, culpables.

La humanidad lo fue desde el principio, desde aquel acto que fue cabeza de los demás males. Todo lo que hay de mal en el mundo gira en torno a esto: al mal uso de la libertad, a la capacidad que tenemos de destruir las obras de Dios: en nosotros mismos, en los demás, en la naturaleza. Cuando lo hacemos nos privamos de Dios, se oscurece nuestro corazón, e incluso podemos hacer que nuestra vida o la de otros se conviertan en un infierno. Este es el verdadero mal, el que más hemos de temer: el pecado. De él provienen los otros males de un modo o de otro.

El sufrimiento como prueba o purificación

Pero entonces ¿el mal es siempre el fruto directo de la culpa? Primero hay que aclarar qué es el mal. En sí mismo no es más que la otra cara del bien, la cara que la realidad muestra cuando el bien falta, cuando lo que debería ser no es y lo que tendría que estar presente no lo está. El mal es privación, no tiene entidad positiva, es negatividad, y necesita agarrarse al bien para existir[2]. Sufrimos cuando experimentamos esa ausencia de lo bueno. Desde luego, la culpa, nuestra o de los demás, produce siempre un daño; sin embargo, no siempre que sufrimos un daño lo sufrimos por haber sido culpables.

En la Sagrada Escritura el libro de Job trata con profundidad este problema. Los amigos de Job quieren persuadirlo de que las desgracias que el Señor le ha enviado son consecuencia de sus pecados, de su injusticia. Aunque no pocas veces sea así, porque los delitos merecen un castigo −algo lógico según el orden humano y también según el divino−, el caso de Job nos muestra que también los justos y los inocentes sufren. Refiriéndose a este libro sagrado san Juan Pablo II escribió: «Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y que tenga carácter de castigo»[3]. De hecho, para Job su sufrimiento supuso una prueba para su fe, de la que salió fortificado. En ocasiones Dios nos prueba, pero siempre nos da su gracia para vencer y busca el modo de que podamos crecer en el amor, que es el sentido último del bien.

Otras veces el sufrimiento tiene un sentido de purificación. Así sucedió con Israel en el tiempo de Moisés, cuando el pueblo era voluble y caprichoso. Dios lo purificó con un largo viaje a través del desierto, y así lo fue formando hasta que fue capaz de entrar en la tierra prometida y reconocer la fidelidad de Dios a su palabra. Con frecuencia, el sufrimiento adquiere −en la Providencia divina− un valor semejante, purificador. Existen personas que, enfrascadas en el ajetreo de la vida, no se plantean las preguntas decisivas hasta que una enfermedad, o un revés económico o familiar, les lleva a interrogarse más a fondo. Y es frecuente que se opere un cambio, una conversión, o una mejora, o una apertura a la necesidad del prójimo. Entonces el sufrimiento es también pedagogía de Dios, que quiere que el hombre no se pierda, que no se disipe en las delicias del camino o entre los afanes mundanos. Por tanto, aunque hay una medida de mal en la vida de cada uno con la que cuenta la Providencia divina, ese mal se revela en último término servicio al bien del hombre.

El sufrimiento en la naturaleza

En esta luz adquiere también un cierto sentido el sufrimiento natural, ese que está presente y como inscrito en nuestro entorno creado: la fatiga del crecimiento para saber más y progresar, la caducidad de los seres, que envejecen y mueren, la falta de armonización en los fenómenos naturales (que se imponen como destruyendo el orden de la creación). Sufrimientos que no podemos evitar, que no dominamos ni controlamos, que están ahí, inscritos en la naturaleza.

En ocasiones se trata de males necesarios para que puedan subsistir otros bienes. Santo Tomás pone el ejemplo del león que no podría conservar su vida si no diera caza al asno o a algún otro animal[4]. Pero, con frecuencia, se nos ocultan los bienes que puedan tener relación con los sucesos trágicos de la naturaleza. No es fácil entender por qué Dios los permita, ni por qué ha creado un universo donde está implicada la destrucción y que, a veces, no parece estar regido por la Bondad y el Amor. Una posible luz viene del hecho de considerar que, en general, la destrucción originada por los fenómenos naturales, tiene que ver, según el designio creador, con nuestra libertad y con la capacidad que tenemos de rechazar a Dios.

El hábitat en que vivimos y que tantas veces nos maravilla con su belleza −el mundo físico− puede también convertirse en un lugar horrible, de modo semejante a como nuestro corazón, hecho para amar a Dios y tener el Cielo dentro, puede también llegar a ser un lugar triste y oscuro: si se abandona, si se deja llevar por las semillas que planta el diablo. De modo que, cuando contemplamos una naturaleza desatada que causa destrucción sin miramientos ni atisbos de justicia, hemos de pensar que el Señor nos presenta allí la figura de un mundo en el que no puede reinar y de un corazón que rechaza el amor y la justicia. La profunda relación entre la Creación y el hombre, que fue puesto como cabeza para que la custodiase (cfr. Gén 2,15), se muestra también en ese desorden.

Los hombres y también «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8,22), porque participa del proyecto creador y redentor de Dios. Ella también «tiene la esperanza de ser liberada de la corrupción» y «participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

El sufrimiento redentor

Pero sin duda lo que ilumina de modo más importante el sentido del mal es la Cruz de Jesús. Y junto a la Cruz, la Resurrección. Su Cruz nos indica que el sufrimiento puede ser el signo y la prueba del amor. Más aún que puede ser la vía de la destrucción de pecado. Porque en la Cruz de Jesús el amor de Dios lavó los pecados del mundo. El pecado no resiste, no puede resistir, al amor que se abaja y se humilla por el bien del pecador. Como expresa un famoso personaje creado por Dostoievski, «la humildad del amor es una terrible fuerza, la más fuerte de todas, a la cual no hay nada que se asemeje»[5].

En la Cruz, el sufrimiento de Jesús es redentor porque su amor al Padre y a los hombres no retrocede ante el rechazo y la injusticia humanas. Él dio su vida por los pecadores, los sirvió con su entrega total, y así su Cruz se convirtió en fuente de vida para ellos.

También nuestros sufrimientos pueden ser redentores, cuando son fruto del amor o se transforman por el amor. Entonces participan de la Cruz de Cristo. Como enseñaba san Josemaría, el sufrimiento es fuente de vida: de vida interior y de gracia para uno mismo y para los demás[6]. En realidad, no es el sufrimiento en cuanto tal lo que redime, sino la caridad presente en él.

Ya en lo humano el amor tiene capacidad de modelar la vida: la madre que no escatima esfuerzos por la felicidad de sus hijos, el hermano que se sacrifica por el hermano necesitado, el soldado que se juega la vida por su pelotón. Son ejemplos que perviven en la memoria y honran a sus protagonistas. Cuando ese amor está motivado y fundado en la fe, entonces, además de ser algo hermoso, es también divino: participa de la Cruz y es canal de la gracia que proviene de Cristo. Allí el mal se transforma en bien, mediante la acción del Espíritu Santo, don que procede de la Cruz de Jesús.

La última carta

Pero a todo lo que se ha dicho hasta ahora para intentar explicar el sentido del mal se podría añadir una consideración conclusiva. Y es que, aunque el mal está presente en la vida del hombre sobre la tierra, Dios tiene siempre en su mano una última carta, es siempre el último jugador por lo que se refiere a la vida de cada uno. Dios nos quiere, nos aprecia, y por eso se reserva la última carta, que es la esperanza del mundo: su amor creador omnipotente. El amor que se manifiesta también en la resurrección de Jesucristo.

Pues por grandes e incomprensibles que lleguen a ser los dramas de la vida, mucho mayor es el poder creador y re-creador de Dios. La vida es tiempo de prueba y, cuando se acaba, empieza lo definitivo. Este mundo es pasajero. Sucede con él como con el ensayo de un concierto: quizá alguien se olvidó el instrumento y otro no se aprendió bien la partitura y un tercero está desafinando. Para eso están los ensayos. Es el tiempo de ajustar, de armonizar instrumentos, de adaptarse al director de la orquesta. Luego, al fin, llega el gran día, cuando todo está ya listo, y el concierto tiene lugar en una sala fastuosa, en medio del alborozo y de la emoción general.

La vida de Cristo no muestra sólo el amor de Dios sino también su poder, el poder de devolver con creces todo aquello que no correspondió a la justicia, todo aquello en lo que pareció que Dios no estaba presente, allí donde le dejó hacer al mal y al dolor más allá de lo que llegamos entonces a comprender. Jesús experimentó también su momento de abandono (cfr. Mc 15,34), lo sufrió con amor, y a la Cruz le siguió una eterna gloria. El último libro de la Escritura, el Apocalipsis, nos habla de un Dios que «enjugará toda lágrima» (Ap 21,4) porque Él hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21,5) y será fuente de una felicidad sobreabundante.

¿Cómo ayudar a los que sufren?

En muchas ocasiones, ante el dolor ajeno nos sentimos impotentes y solamente podemos hacer lo mismo que el buen samaritano (cfr. Lc 10,25-37): ofrecer cariño, escuchar, acompañar, estar al lado; es decir, no pasar de largo. Algunas obras de arte retratan al buen samaritano y al hombre asaltado con el mismo rostro. Y puede interpretarse como que Cristo cura y, a la vez, es curado. Cada uno de nosotros somos, o podemos ser, el buen samaritano que cura las heridas de otro, y en ese momento somos Cristo. Pero a veces también necesitamos que nos curen porque algo nos ha herido −una mala cara, una mala contestación, un amigo que nos ha dejado− y somos curados por un buen samaritano, que puede ser el mismo Cristo cuando acudimos a Él en la oración, o una persona cercana que se convierte en Cristo cuando nos escucha. Y nosotros somos Cristo para los demás, porque cada uno de nosotros somos imagen y semejanza de Dios.

El sufrimiento permanece siempre como un misterio, pero un misterio que por la acción salvadora de Nuestro Señor nos puede abrir hacia los demás: «En todas partes hay chicos abandonados o porque los abandonaron cuando nacieron o porque la vida los abandonó, la familia, los padres y no sienten el afecto de la familia. ¿Cómo salir de esa experiencia negativa de abandono, de lejanía de amor? Hay un sólo remedio para salir de esas experiencias: hacer aquello que yo no recibí. Si tu no recibiste comprensión, sé comprensivo con los demás. Si no recibiste amor, ama a los demás. Si sentiste el dolor de la soledad, acércate a aquellos que están solos. La carne se cura con la carne y Dios se hizo carne para curarnos a nosotros. Hagamos lo mismo nosotros con los demás»[7].

Muchas personas han sentido la caricia de Dios justamente en los momentos más difíciles: los leprosos acariciados por santa Teresa de Calcuta, los tuberculosos a los que confortaba material y espiritualmente san Josemaría o los moribundos tratados con respeto y amor por san Camilo de Lelis. Esto también nos dice algo sobre el misterio del dolor en la existencia humana: son momentos en que la dimensión espiritual de la persona puede desplegarse con fuerza si se deja abrazar por la gracia del Señor, dignificando hasta las situaciones más extremas.

Antonio Ducay

Fuente: opusdei.org.

 

[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 9.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Dios y el mundo, Creer y vivir en nuestra época, Barcelona 2005, p. 120.

[3] Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 11.

[4] Cfr. San Tommaso d’Aquino, Summa Theologiae, I, q. 48, a. 2 ad 3.

[5] Los hermanos Karamazov, Colihue, Buenos Aires 2006, p. 447.

[6] Cfr. S. Josemaría, Via Crucis, Estación XII.

[7] Papa Francisco, Discurso en el estadio Kerasani de Nairobi, 27-XI-2015.