La Navidad es la fiesta del amor que vence el miedo a cambiar lo que Dios nos pide, para avanzar en el camino de la fe. Ese camino que nos abre, desde el amor mismo de Dios, a un amor más grande y verdadero hacia los demás

El anuncio cristiano de la encarnación del Hijo de Dios: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14) ha sido el lema de Francisco, en su discurso a la Curia romana con motivo de las felicitaciones navideñas (21-XII-2019).

1. Según la fe cristiana, en Jesús, Dios ha querido compartir nuestra condición humana para darnos a participar su misma vida divina. Como respuesta a su amor por nosotros, observa Francisco, Jesús nos pide sobre todo, que nos amemos unos a otros con su mismo amor. (cf. Jn 13, 34-35), que seamos semejantes a él, porque Él se ha hecho semejante a nosotros.

En consecuencia, san John Henry Newman nos exhorta a que la Navidad «nos encuentre cada vez más parecidos a quien, en este tiempo, se ha hecho niño por amor a nosotros; que cada nueva Navidad nos encuentre más sencillos, más humildes, más santos, más caritativos, más resignados, más alegres, más llenos de Dios». Y añade:«Este es el tiempo de la inocencia, de la pureza, de la ternura, de la alegría, de la paz» (Parochial and Plain Sermons V).

Cambiar para ser fieles

En su obra El desarrollo de la doctrina cristiana −que histórica y espiritualmente representa su ingreso en la Iglesia Católica− escribe Newman: «Aquí sobre la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones. Desde la perspectiva del creyente, en el centro de todo está la estabilidad de Dios. En una de sus oraciones, el santo cardenal inglés afirmaba: «No hay nada estable fuera de ti, Dios mío. Tú eres el centro y la vida de todos los que, siendo mudables, confían en ti como en un Padre, y vuelven a ti los ojos, contentos de ponerse en tus manos. Sé, Dios mío, que debe operarse en mí un cambio, si quiero llegar a contemplar tu rostro» (Meditazioni e preghiere, Milán 2002). Este cambio, siempre necesario, en la vida cristiana se identifica con la conversión, es decir, con la transformación interior.

Un modo de enseñar esto que tiene la Biblia −desde Abrahán a la llamada de los apóstoles−, es presentar simbólicamente la historia de la salvación como un camino: “Es una invitación −señala Francisco− a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel”.

Este “cambiar para poder ser fiel” −con fidelidad, dirá más abajo, al depósito de la fe y de la Tradición−, adquiere un particular relieve en nuestro tiempo, un verdadero cambio de época.

En palabras del Papa, “estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son ya lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender y vivir la fe y la ciencia”.

Para gestionar esta situación con una sana actitud, humana y cristiana, Francisco propone dejarse interrogar por los desafíos del tiempo presente y comprenderlos con las virtudes del discernimiento, de la parresia −valentía− y de la hypomoné −paciencia, perseverancia−. Este camino arranca del centro mismo del hombre. Requiere una “conversión antropológica”. Francisco explica esta expresión en referencia a la “crisis antropológica” y socio-ambiental que padecemos. Por eso, apunta, necesitamos cambiar el modelo de desarrollo global y redefinir el progreso.

“El problema −recoge aquí un argumento de la Laudato si’− es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos”.

Insiste −como otras veces− en la necesidad de iniciar procesos, dinámicas nuevas, que reclaman paciencia y espera; de leer los signos de los tiempos con ojos de la fe, despertando nuevas y viejas preguntas con las que será bueno confrontarse.

2. En esta perspectiva, el Papa vuelve sobre el tema de la reforma de la Curia. Al mismo tiempo podemos ver que las orientaciones y criterios, que propone para esa reforma, sirven para la renovación cristiana y eclesial de todos nosotros.

Tradición y evangelización

1) En primer lugar reclama la revalorización de la historia, de la memoria y de la tradición, pues sin raíces no se puede ser fecundo. Ahora bien, esto no significa anclarse en la autoconservación, sino apostar por la vida en continuo desarrollo. La memoria y la tradición no son estáticas sino dinámicas. Una vez más evoca a Mahler: la tradición es la garantía del futuro y no la custodia de las cenizas.

2) Segundo, la evangelización como criterio fundamental, puesto que Evangelizar es la vocación propia de la Iglesia y ella ha de comenzar por sí misma para ser más misionera.

A propósito de la evangelización, es preciso reconocer que “hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados”. La fe no es −sobre todo en Europa pero incluso en gran parte de Occidente− un presupuesto obvio de la vida común, e incluso es frecuentemente negada, marginada y ridiculiada. Benedicto XVI habló de una “profunda crisis de fe” y de “eclipse del sentido de Dios”; y con ese motivo instituyó en 2010 el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización.

Cultura actual y promoción humana integral

3) En tercer lugar, respecto a la comunicación, el cambio es igualmente importante: “Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás”.

Más concretamente, se trata de “una manera de acercarse a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura que incide en el modo de aprender y en el desarrollo del sentido crítico» (Exh. Christus vivit, 86). En esta situación se requiere una mayor convergencia y “multimedialidad” y, por tanto, una mayor coordinación y trabajo en equipo. (Como es obvio, esto no afecta solamente a la Curia romana).

4) Un cuarto punto se refiere al “Desarrollo Humano Integral”. El mensaje del Evangelio comporta la promoción de la justicia y de la paz, la protección de la creación y el servicio a los más débiles y marginados como son los migrantes forzados, puesto que para Dios nadie es “extranjero” o “excluido”. Como dijo ya san Pablo VI al explicar el carácter “integral” del desarrollo humano, se trata de “promover a todos los hombres y a todo el hombre” (Enc. Populorum progressio, 14).

En palabras del Papa Francisco, que conectan con la Navidad y con la primera parte de este discurso, “el Evangelio lleva siempre a la Iglesia a la lógica de la encarnación, a Cristo que ha asumido nuestra historia, la historia de cada uno de nosotros. Esto es lo que nos recuerda la Navidad”. De ahí que “la humanidad es la clave distintiva para leer la reforma”. Esto es así porque “La humanidad llama, interroga y provoca, es decir, llama a salir y no temer al cambio”.

Dicho de otro modo: la atención a las personas y la perspectiva antropológica están en el núcleo del cambio que hoy se nos propone para una mayor fidelidad y una conversión evangelizadora. Y todo ello viene hecho posible y representado por la Navidad: “No olvidemos que el Niño recostado en el pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que ‘son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros’ (Carta ap. Admirabile signum, 1-XII-2019, 6)”.

El amor desafía al miedo

3. Francisco sintetiza y concluye su propuesta. Estamos ante desafíos grandes, necesarios y a menudo difíciles de lograr, pero superables mediante el amor que viene de la unión con Jesús.

Esta dificultad se debe también a estas circunstancias: 1) “en el presente hay personas que irremediablemente necesitan tiempo para madurar”; 2) “hay circunstancias históricas que se deben manejar en la cotidianidad, puesto que durante la reforma el mundo y los eventos no se detienen”; 3) “hay cuestiones jurídicas e institucionales que se deben resolver gradualmente, sin fórmulas mágicas ni atajos”; 4) hay que contar con la historia y con el error humano; replegarse en el pasado puede ser más cómodo pero no es lo mejor; es preciso vencer la tentación de la rigidez y del miedo al cambio, puesto que eso comporta un desequilibrio que no ayuda sino que dificulta.

Y todo ello, concluye el Papa, se puede resolver abriéndose al camino de la fe, de la confianza, de la valentía, del amor. “La Navidad es la fiesta del amor de Dios por nosotros. El amor divino que inspira, dirige y corrige la transformación, y derrota el miedo humano de dejar ‘lo seguro’ para lanzarse hacia el ‘misterio’”.

En efecto. La Navidad es la fiesta del amor que vence el miedo a cambiar lo que Dios nos pide, para avanzar en el camino de la fe. Ese camino que nos abre, desde el amor mismo de Dios, a un amor más grande y verdadero hacia los demás.

No se trata de meros sentimientos, sino de fiarse personalmente más de Dios, cuidar nuestra oración y nuestra vida sacramental, formarse y prepararse mejor para afrontar los nuevos desafíos, participar en la promoción de una nueva cultura, preparar nuevos líderes, esforzarse, de modo constante y esperanzado, por instaurar nuevos procesos. 

Son propuestas de quien hoy guía a la Iglesia, al cristiano y a los hombres de buena voluntad. Propuestas contrastadas con su cercano conocimiento de la universalidad eclesial. Son fruto de ese haber tocado corazones, inquietudes, carencias, deseos y riquezas de la fe del pueblo de Dios. Es el background compuesto por oración, escucha y respuesta lo que impulsa a los cristianos para caminar en la estela de los pastores y de los magos de Oriente para ver a Jesús y quedarnos con Él, dejar que Él entre y nos dé una nueva Vida a cada uno y al mundo. Queremos acercarnos para ofrecer, con lo poco que somos y tenemos, nuestro apoyo incondicional, con el corazón por delante, también con nuestra mente y nuestros hechos. Y de esa manera podemos colaborar para que el camino de la fe cale con fuerza en las generaciones venideras.

Ramiro Pellitero, en iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com.