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Una sorprendente encíclica humanista

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Un nuevo llamamiento a la ampliación de nuestro concepto de razón

Gaceta de los Negocios

La primera encíclica social de Benedicto XVI constituye un documento de gran profundidad y largo alcance. Caritas in veritate presenta un panorama de gran angular. No consiste en una mera consideración piadosa, ni en una requisitoria moralizante, ni en una colección de Almudi.org - Alejandro Llanorecetas técnicas. Nos propone una versión articulada del desarrollo, realizada desde una insólita síntesis humanista.

Estamos —advierte el Pontífice— ante “un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo”. La propia crisis actual nos impulsa a revisar nuestro camino y abre dramáticamente un espacio para “discernir y proyectar de un modo nuevo”.

Desde la articulación teológica del amor y la verdad, este documento se eleva por encima de ideologías y tecnicismos. Es una encíclica postideológica y, en el buen sentido de la palabra, postmoderna. Por ejemplo, sólo alude una vez al capitalismo para adjetivar la actitud de un tipo defectuoso de empresarios; mientras que al comunismo y al socialismo ni los menciona. Estamos en otro nivel y en otra fase histórica.

Ahora ya “no basta progresar sólo desde el punto de vista tecnológico y económico”, porque semejante metodología utilitarista y miope nos ha llevado a un callejón sin fácil salida. En concreto, el escándalo mundial de las disparidades hirientes, denunciado hace más de 40 años por Pablo VI en la Populorum progressio, se ha agudizado en algunos aspectos, aunque se haya paliado en otros. Nos encontramos en una situación inédita, caracterizada por una globalización ambivalente y por un drástico cambio en las relaciones políticas y comerciales.

La desregularización generalizada provoca ahora formas de inestabilidad psicológica que están dañando a la familia y produciendo deterioro humano y desperdicio social. El propio paro, que tan gravemente afecta a los españoles, genera una desvalorización social del desempleado, que ve cómo se anquilosa su creatividad. Especialmente ahora, es preciso tener en cuenta que “el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad”.

La progresiva mercantilización de los intercambios sociales ha provocado simultáneamente dos graves fenómenos que afectan a las raíces culturales de los pueblos: el relativismo cultural y el desprecio de la propia cultura. Ambas variantes de la presente decadencia espiritual coinciden en ignorar que el fundamento común a todas las formas de interpretar el mundo no es otro que la naturaleza humana, de la que casi nadie se atreve a hablar.

Minusvalorar la cultura abre camino al desprecio de la vida, olvidando que el entrelazamiento fecundo de las vidas humanas es el radical nacedero del dinamismo social. La difusión de una mentalidad antinatalista, en la que aún se empecina el Gobierno español, apaga la motivación y la energía necesarias para remontar una situación económica que, no casualmente, se halla entre las peor preparadas para salir de la crisis.

Toda acción social implica una teoría. Sin el saber, la mera actuación es ciega. La clave del bienestar social está en conocer y entender. Y la encíclica insiste en algo, convertido en tópico, que estamos lejos de practicar: permitir “a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre”. Es un nuevo llamamiento a la interdisciplinariedad, a la ampliación de nuestro concepto de razón, tan empequeñecido por los planteamientos educativos que —incluso en el nivel universitario— se nos están imponiendo.

Incluso la noción de mercado ha de experimentar una dinamización que permita acoger las experiencias del don y de la gratuidad. Se trata de una ampliación metodológica cuya eficacia han subrayado las tendencias más recientes de la ciencia económica. Porque “el sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza”. Se requieren por ello también “cambios profundos en el modo de entender la empresa”, de manera que no responda exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social. Invertir tiene siempre un significado ético.

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