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El Papa y los economistas

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Esa encíclica ha caído muy bien en todas partes, excepto a los de la cáscara amarga

Gaceta de los Negocios

Sabe economía Benedicto XVI? Bueno, tiene una amplia cultura, sin duda. Pero sospecho que economía, lo que los economistas decimos que hacemos, no debe saber mucha. Y, sin embargo, hace unas semanas dio a la luz una encíclica, un documento que dirigió, por Almudi.org - Antonio Argandoñasupuesto, a los católicos, pero también “a todos los hombres de buena voluntad”, hablando de temas muy relacionados con la economía.

Esa encíclica ha caído muy bien en todas partes, excepto a los de la cáscara amarga, que siempre los hay: si lo dice el Papa, dicen, hay que estar en contra o, al menos, hay que señalar sus defectos. Quizás la buena acogida se debe al desconcierto que la crisis reciente ha causado en nuestra profesión. O quizás a que el Papa, que no sabe economía, nos ha hecho un limpio adelantamiento por la derecha y nos ha dejado descolocados: ha señalado las carencias básicas de nuestra ciencia.

Y luego nos invita a reflexionar sobre lo que hacemos. Sin perjuicios, o sea, sin empezar diciendo “lo que a mí me enseñaron es que…”, o “para mí, la economía es esto y lo otro”. Lo cual es difícil. En todo caso, la pelota está en nuestro campo. La encíclica se llama “La caridad en la verdad”. El mismo título ya sugiere que la lectura no va a ser fácil.

Pero, a pesar de eso, sus mensajes deben ser considerados. Habla, claro está, de la caridad, un concepto que no tiene cabida en los escritos de los economistas. El Papa lo reconoce: “En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si no es a sí mismos”. Pues no. Partamos de donde partamos, nos encontramos con muchas cosas dadas: nuestra propia vida, nuestros conocimientos y capacidades, el mundo que nos rodea… Todo eso es un don, un regalo.

Los creyentes diremos que es un regalo de Dios y de los demás, de los que nos han precedido y de los que nos rodean; los no creyentes suprimirán a Dios, pero esto ahora no nos debe preocupar. ¿Tiene sentido elaborar una teoría de la asignación de recursos, que eso es la economía, sin tener en cuenta de dónde vienen esos recursos?

No, claro, a no ser que cerremos los ojos a la evidencia y digamos: supongamos que el mundo, y nosotros mismos, no tenemos pasado. Y, a partir de ahí, teoricemos. ¿Es esta una buena manera de hacer economía? Probablemente, no, aunque sea útil en muchos casos y, desde luego, más sencilla. Además, no sabemos hacer otra.

Pero, reconozcámoslo, esta es una pobre excusa. Somos expertos pero nos falta sabiduría. El título de la encíclica es, ya lo hemos dicho, “La caridad en la verdad”: si no partimos de la verdad, nos equivocamos. Ahora muchos dicen que la verdad no existe, o que no se puede conocer… y así nos va. Si empezamos a hacer economía a partir de mentiras o de medias verdades, haremos mala economía o, al menos, una economía medio buena y medio mala. Que es la que tenemos.

Si pensamos que ya es suficiente, olvidémonos de la encíclica. Pero si queremos algo mejor, nos tendremos que poner a trabajar. Y si algún economista no sabe por dónde empezar, Benedicto XVI le da algunas sugerencias. Busquemos los componentes de gratuidad que hay en el mercado —que sí, que en la solidaridad está también el principio del mercado, no como un añadido al final—, a cargo de la llamada sociedad civil.

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