En su Discurso al XXVIII Curso sobre el Foro Interno de la Penitenciaría Apostólica, el Papa pide a los confesores que estén disponibles a cualquier hora para atender a la gente

 

Texto del Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos, me alegra encontraros en esta primera audiencia con vosotros tras el Jubileo de la Misericordia, con ocasión del anual Curso sobre el Foro Interno. Dirijo un cordial saludo al Cardenal Penitenciario Mayor, y le agradezco sus amables expresiones. Saludo al Regente, a los Prelados, a los Oficiales y al personal de la Penitenciaría, al Colegio de penitenciarios ordinarios y extraordinarios de las Basílicas Papales de la Urbe, y a todos los que participáis en este curso.

En realidad, os lo confieso, ¡este de la Penitenciaría es el tipo de Tribunal que me gusta de verdad! Porque es un “tribunal de la misericordia”, al que se acude para obtener esa indispensable medicina para nuestra alma que es la Misericordia divina.

Vuestro curso sobre el foro interno, que contribuye a la formación de buenos confesores, es más que nunca útil y diría incluso necesario en nuestros días. Ciertamente, no se es buen confesor gracias a un curso, no: la del confesionario es una “larga escuela”, que dura toda la vida. ¿Pero quién es el “buen confesor”? ¿Cómo se es buen confesor? Quisiera indicar, al respecto, tres aspectos.

1. El “buen confesor” es, ante todo, un verdadero amigo de Jesús Buen Pastor. Sin esa amistad, será muy difícil madurar la paternidad, tan necesaria en el ministerio de la Reconciliación. Ser amigos de Jesús significa ante todo cultivar la oración. Ya sea una oración personal con el Señor, pidiendo incesantemente el don de la caridad pastoral; ya sea una oración específica para el ejercicio de la tarea de confesores y para los fieles, hermanos y hermanas que se acercan a nosotros a la búsqueda de la misericordia de Dios.

Un ministerio de la Reconciliación “envuelto en la oración” será reflejo creíble de la misericordia de Dios y evitará esas asperezas e incomprensiones que, a veces, se podrían generar incluso en el encuentro sacramental. Un confesor que reza sabe bien que él mismo es el primer pecador y el primero perdonado. No se puede perdonar en el Sacramento sin la conciencia de haber sido perdonado antes. Así pues, la oración es la primera garantía para evitar toda actitud de dureza, que inútilmente juzga al pecador y no el pecado.

En la oración es necesario implorar el don de un corazón herido, capaz de comprender las heridas ajenas y de sanarlas con el aceite de la misericordia, el que el buen samaritano derramó sobre las llagas de aquel desgraciado, por quien nadie había tenido piedad (cfr. Lc 10,34).

En la oración debemos pedir el precioso don de la humildad, para que aparezca siempre claramente que el perdón es don gratuito y sobrenatural de Dios, del que nosotros somos simples, aunque necesarios, administradores, por voluntad misma de Jesús; y Él se complacerá ciertamente si hacemos amplio uso de su misericordia.

En la oración, además, invocamos siempre al Espíritu Santo, que es Espíritu de discernimiento y de compasión. El Espíritu permite identificarnos con los sufrimientos de las hermanas y hermanos que se acercan al confesionario y acompañarles con prudente y maduro discernimiento y con verdadera compasión de sus sufrimientos, causados por la pobreza del pecado.

2. El buen confesor es, en segundo lugar, un hombre del Espíritu, un hombre del discernimiento. ¡Cuánto daño hace a la Iglesia la falta de discernimiento! Cuánto daño hace a las almas un obrar que no hunde sus raíces en la escucha humilde del Espíritu Santo y de la voluntad de Dios. El confesor no hace su propia voluntad y no enseña una doctrina propia. Está llamado a hacer siempre y solo la voluntad de Dios, en plena comunión con la Iglesia, de la que es ministro, o sea, siervo.

El discernimiento permite distinguir siempre, para no confundir, y para no “meter a todos en el mismo saco”. El discernimiento educa la mirada y el corazón, permitiendo esa delicadeza de ánimo tan necesaria ante quien nos abre el sagrario de su conciencia para recibir luz, paz y misericordia.

El discernimiento es necesario también porque, quien se acerca al confesionario, puede provenir de las más variadas situaciones; podría tener incluso trastornos espirituales, cuya naturaleza debe ser sometida a atento discernimiento, teniendo en cuenta todas las circunstancias existenciales, eclesiales, naturales y sobrenaturales. Siempre que el confesor se diese cuenta de la presencia de verdaderos y propios trastornos espirituales −que pueden también ser en gran parte psíquicos, y eso debe ser verificado a través de una sana colaboración con las ciencias humanas−, no deberá dudar de informar a los que, en la diócesis, están encargados de este delicado y necesario ministerio, es decir, los exorcistas. Pero estos deben ser escogidos con mucho cuidado y mucha prudencia.

3. Finalmente, el confesionario es también un verdadero y propio lugar de evangelización. No hay, de hecho, evangelización más auténtica que el encuentro con el Dios de la misericordia, con el Dios que es Misericordia. Encontrar la misericordia significa encontrar el verdadero rostro de Dios, como el Señor Jesús nos lo ha revelado.

El confesionario es entonces lugar de evangelización y, por tanto, de formación. En el breve diálogo que mantiene con el penitente, el confesor está llamado a discernir qué es más útil y qué es incluso necesario para el camino espiritual de aquel hermano o hermana; a veces será necesario re-anunciar las más elementales verdades de fe, el núcleo incandescente, el kerigma, sin el cual la misma experiencia del amor de Dios y de su misericordia quedaría como muda; otras veces se tratará de indicar los fundamentos de la vida moral, siempre en relación a la verdad, al bien y a la voluntad del Señor. Se trata de una obra de pronto e inteligente discernimiento, que puede hacer mucho bien a los fieles.

El confesor, de hecho, está llamado diariamente e acudir a las “periferias del mal y del pecado” −¡esa es una fea periferia!− y su labor representa una auténtica prioridad pastoral. Confesar es prioridad pastoral. Por favor, que no haya esos carteles: “Se confiesa solo los lunes y miércoles del tal a tal hora”. Se confiesa cada vez que te lo pidan. Y si estás ahí [en el confesionario] rezando, estás con el confesionario abierto, que es el corazón de Dios abierto.

Queridos hermanos, os bendigo y os deseo que seáis buenos confesores: inmersos en el trato con Cristo, capaces de discernimiento en el Espíritu Santo y dispuestos a aprovechar la ocasión de evangelizar.

Rezad siempre por los hermanos y hermanas que se acercan al Sacramento del perdón. Y, por favor, rezad también por mí.

Y no quisiera acabar sin una cosa que se me ha venida a la cabeza cuando el Cardenal Prefecto ha hablado. Él ha hablado de las llaves y de la Virgen, y me ha gustado, y diré una cosa… dos cosas. A mí me ha hecho mucho bien cuando, de joven, leía el libro de San Alfonso María de Ligorio sobre la Virgen: Las glorias de María. Siempre, al final de cada capítulo, había un milagro de la Virgen, con el que Ella entraba en la vida y arreglaba las cosas.

Y la segunda cosa. Sobre la Virgen hay una leyenda, una tradición que me han contado que existe en el Sur de Italia: la Virgen de los mandarinos. Es una tierra donde hay muchos mandarinos, ¿no es verdad? Y dicen que es la patrona de los ladrones [se ríe con todos]. Dicen que los ladrones van a rezar allí. Y la leyenda −así cuentan− es que los ladrones que rezan a la Virgen de los mandarinos, cuando mueren, está la fila ante Pedro que tiene las llaves, y abre y deja pasar a uno, luego abre y deja pasar a otro; y la Virgen, cuando ve a uno de esos, le hace una señal para esconderse; y luego, cuando han pasado todos, Pedro cierra y viene la noche y la Virgen desde la ventana lo llama y lo hace entrar por la ventana.

Es un relato popular, pero es tan bonito: perdonar con la Madre al lado; perdonar con la Madre. Porque esa mujer, ese hombre que viene al confesionario, tiene una Madre en el Cielo que le abrirá la puerta y le ayudará en el momento de entrar al Cielo. Siempre la Virgen, porque la Virgen nos ayuda también a nosotros en el ejercicio de la misericordia. Agradezco al Cardenal por esas dos señales: las llaves y la Virgen. Muchas gracias.

Os invito −es la hora− a rezar el Ángelus juntos: “Angelus Domini…”. [Bendición].

¡No digáis que los ladrones van al Cielo! No digáis eso [se ríen todos].

Fuente: vatican.va / romereports.com.

Traducción de Luis Montoya.