Entrevista al historiador del arte Timothy Verdon sobre la célebre pintura de Marc Chagall

Cuando se le preguntó cuál era su obra de arte preferida, el Papa respondió que la Crucifixión blanca de Marc Chagall, obra que −dijo a los periodistas Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti (en el volumen Papa Francesco. Il nuovo Papa si racconta)− «no es cruel, sino llena de esperanza. Muestra un dolor lleno de serenidad». Marc Chagall, que nació en 1887 en Vitebsk, Bielorrusia, y pertenecía a una familia judía muy metida en la comunidad local jasídica[1], pintó la tela en 1938 en París, donde residía desde hacía tiempo con su familia. Europa estaba viviendo uno de los momentos más oscuros y trágicos de su historia: Hitler invadiría Polonia el año siguiente y para los judíos había empezado el tiempo del dolor: se remonta precisamente al otoño del ‘38 la “Noche de los Cristales Rotos”, un suceso que marcó el inicio de la fase más violenta de la persecución antisemita realizada por el nazismo.  

La comparación con el “Guernica”

En 1937, un año antes de que Chagall pintase la Crucifixión Blanca, Pablo Picasso completaba su Guernica y es interesante observar cómo los dos pintores −que se conocían y se trataban− hayan contado de manera tan distinta lo trágico de la existencia humana. Observa Monseñor Timothy Verdon, docente de historia del arte en la Stanford University y director del Museo de la Opera del Duomo de Florencia: «Picasso, hombre no creyente crecido en la catolicísima España, reacciona a las violencias de la guerra civil de su país abrazando esa tradición iconográfica católica española que presenta al espectador, casi de modo teatral, el sufrimiento en sus formas más atroces. El judío Chagall se sirve en cambio, e inesperadamente, de la teología cristiana para contar los padecimientos de su pueblo». 

Artista profundamente judío

Obra de notables dimensiones (150 x 140 cm), conservada en el Art Institute de Chicago, «la Crucifixión blanca es una pintura de colores vivos, que muestra la influencia ejercida sobre el pintor del fovismo y del surrealismo; una pintura de estilo onírico muy de Chagall, que trató mucho los temas bíblicos con un lirismo verdaderamente encantador», prosigue Verdon. «Chagall, que prefería los contrastes, las paradojas, era un artista profundamente judío, hijo y heredero de esa cultura que, quizá simplificando un poco, podríamos definir midrásica, una hermenéutica judía los relatos bíblicos que induce a pensar». 

El Cristo que duerme  

En el centro de la obra preferida del Papa Francisco resalta el gran crucifijo alcanzado por una luz blanquísima y divina que proviene de lo alto: Cristo, con el rostro inclinado y los ojos cerrados, parece dormir. No está cubierto por el paño de pureza sino por el velo ritual de la oración, el tallit, mientras a sus pies arde la memorah, el candelabro judío. Una corona doliente y desesperada se mueve en torno a Él: un sucederse de escenas de violencia, destrucción y dolor. Una sinagoga está envuelta por el fuego prendido por un hombre vestido de negro, un nazi; una madre asustada huye abrazando consigo al hijo, mientras un judío escapa llevando a salvo la Torah y otro atraviesa las llamas que salen de otro rollo. Un viejo, con una placa blanca colgada del cuello, se muestra humillado y vulnerable. Hombres exhaustos en una pequeña barca piden ayuda agitando los brazos; soldados de la armada roja avanzan con sus banderas mientras las casas revueltas de un pueblo muestran la devastación. Arriba, casi como ángeles, cuatro figuras dolientes lloran a la vista de todo ese dolor. 

El mártir judío 

Comenta Verdon: «En la Crucifixión blanca Chagall escoge el gran emblema del Occidente cristiano, el crucifijo, para contar los terribles sufrimientos padecidos por su pueblo: el judío Jesús, clavado en la cruz, se convierte en su símbolo. Para el artista, que no era cristiano y no consideraba a Jesús hijo de Dios, Cristo representa al mártir judío de cada época, la víctima inocente de la prevaricación y de la violencia». Reflexionando sobre la figura de Jesús, Chagall llegó a decir: «Nunca han entendido quién era verdaderamente este Jesús. Uno de nuestros rabinos más amables que socorría siempre a los necesitados y perseguidos. Le han atribuido demasiadas insignias de soberano. Fue considerado un predicador de reglas fuertes. Para mí, es el arquetipo del mártir judío de todos los tiempos». 

Antiguo y Nuevo Testamento  

Crecido en un país cristiano hostil a los judíos, Chagall ve en Jesús el luminoso ejemplo del joven rabino bueno, que pone en práctica la prescripción de atender al pobre y al necesitado, repetidamente recomendado en el Antiguo Testamento, subraya Verdon. «Habiendo leído también los Evangelios, el pintor comprende que Jesús recapitula en sí la perfección de lo que en el Antiguo Testamento se dice a propósito de la compasión, de la humanidad profunda, de la capacidad de sacrificio propios del auténtico hombre de fe. Según el artista, el Cristo crucificado, emblema mal entendido y esgrimido por cristianos antisemitas, en realidad encarna las mejores cualidades de los judíos». 

A la espera de la mañana de Pascua

Chagall conocía bien la historia del arte cristiano y la elección de presentar a Jesús dormido casi dulcemente en la cruz, que no grita y parece entrar en la paz, afirma Verdon, «induce a pensar que el artista haya querido retomar esa tradición de la iconografía cristiana que representa a Cristo durmiente en la cruz, in somno crucis, en espera de ser despertado la mañana de Pascua: un sueño preludio de la resurrección  (piénsese por ejemplo en el crucificado del Beato Angélico del Museo de san Marco en Florencia). Es una tradición que describe a Cristo como el nuevo Adán: del costado de Adán dormido Dios sacó a Eva, del agua y la sangre del costado de Cristo nace la Iglesia. No conocemos la intención de Chagall, pero pienso que presentando a Jesús dormido es como si el artista quisiera de algún modo buscar un sentido al atroz sufrimiento del pueblo elegido, uniendo esa búsqueda a la fe cristiana (que él no tiene), una fe para la cual el dolor y el mal no tienen la última palabra». 

Vínculo irrevocable

El Papa Francisco definió la Crucifixión blanca «rica de esperanza»: la esperanza cristiana −decía en una reciente catequesis− «es la espera de algo que ya se ha realizado y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y la de los queridos difuntos, pues, no es algo que podrá suceder o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto arraigada en el evento de la resurrección de Cristo». Imposible creer en la resurrección de Cristo sin creer también en la nuestra: el vínculo que Él estrechó con nosotros es irrevocable. En la resurrección está contenido el cumplimiento del ágape[2] de Dios por el género humano. 

Cristina Uguccioni, en Vatican Insider.

Traducción de Luis Montoya.

 


[1] El jasidismo o hasidismo es una interpretación religiosa ortodoxa y mística dentro de la religión mosaica o judaísmo, que destaca por la minuciosidad de los mandamientos que la regulan (ndt).

[2] Agápē (en griego ἀγάπη) es el término griego para describir un tipo de amor incondicional y reflexivo, en el que el amante tiene en cuenta sólo el bien del ser amado (ndt).