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El Acusador de nuestros hermanos

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Escrito por José-Fernando Rey Ballesteros
Publicado: 28 Agosto 2018

No negamos que haya sucedido lo que está saliendo a la luz; pero debemos gritar que eso, ni es toda la verdad, ni es un fiel reflejo de la Iglesia que conocemos

En el libro del Apocalipsis, el Demonio es también llamado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante Dios día y noche (Ap 12, 10). Con razón. «Satán» significa «fiscal». Y, en el libro de Job, Satanás tiene un puesto en la corte de Dios: precisamente, el del fiscal, el encargado de acusar a los hijos del Altísimo.

El acusador basa su alegato en hechos reales. Recoge cuanto encuentra de reprobable en el acusado, y se lo lanza a la cara a él y al juez. Pero quien sólo escuchase al fiscal recibiría una versión sesgada, y, por lo tanto, falsa, de la realidad. Es preciso escuchar también al abogado si se quiere conocer la verdad completa.

Cuando los medios de comunicación tan solo se refieren a la Iglesia para mostrar los terribles pecados de algunos sacerdotes, y lo hacen de manera insistente y reiterativa, esos medios de comunicación están realizando la labor del fiscal (¿cómo no ver detrás de esas campañas al «Acusador de nuestros hermanos»?). Dicen la verdad, porque los hechos que destacan en sus titulares son ciertos. Pero mienten, porque ofrecen una imagen sesgada de la Iglesia, como si, para mostrar mi casa, alguien se limitara a fotografiar el cubo de basura.

La Iglesia es mucho más que su cubo de basura. En la Iglesia hay miles y miles de hombres y mujeres que dan la vida generosamente por Dios y por sus hermanos. Religiosos y religiosas, sacerdotes y seglares, que, llenos de amor a Dios y al prójimo, entregan cuanto tienen sin esperar nada a cambio. En más de veintitrés años de sacerdocio, jamás he conocido un caso de pederastia o de abusos sexuales por parte de ningún sacerdote de mi entorno. A gran parte de quienes ahora leen estas líneas les sucederá lo mismo. No negamos que haya sucedido lo que está saliendo a la luz; pero debemos gritar que eso, ni es toda la verdad, ni es un fiel reflejo de la Iglesia que conocemos.

Cuando se culpa a la institución del celibato de semejantes crímenes, es preciso responder que quienes los han cometido no han sido, precisamente, personas que viviesen el celibato, sino hombres que han traicionado al celibato. La solución es la contraria: necesitamos sacerdotes que amen el celibato, que lo vivan gozosamente, y que, por eso mismo, sean hombres íntegros, dueños de sus pasiones y entregados a Dios y al prójimo con generosidad.

Bien está pedir perdón por lo que ha sucedido. Pero si toda nuestra respuesta se limita a avergonzarnos y pedir perdón, le acabaremos haciendo el juego al Acusador. Es preciso dar un paso más, y dejar hablar al abogado. Es necesario que hablemos de la Iglesia que conocemos cada uno: la que atiende a nuestros pobres, la que perdona nuestros pecados, la que catequiza a nuestros hijos. Es urgente que se hable, a grandes voces, de los sacerdotes que pasan horas en el confesonario, de los clérigos que viven entregados a sus feligreses, de los religiosos y religiosas que brillan por su pureza y alegría. Si no sale a la luz la belleza de la Iglesia (y esa belleza existe, vaya si existe), estaremos participando, nosotros también, en una mentira.

Junto a ello, el mejor desagravio: una campaña en favor de la santa pureza, un esfuerzo decidido de cada cristiano por borrar, con la limpieza de su castidad, la mancha repugnante con la que los lujuriosos han empañado el brillo de la Iglesia de Cristo.

José-Fernando Rey Ballesteros, presbítero.

Fuente: espiritualidaddigital.com.

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