Justifico mi quizá excesiva sensibilidad ante el uso y abuso de la palabra “Iglesia”; me molestan los manejos clericales tanto como las zafiedades anticlericales

En torno al Concilio Vaticano II se difundió la doctrina sobre los derechos de los fieles; la había conocido antes, en la Facultad de Derecho Canónico de Navarra. No salió adelante años después un proyecto alentado por el gran maestro Pedro Lombardía, muerto demasiado joven: la promulgación de una ley fundamental de la Iglesia −como la parte orgánica de las constituciones modernas−, que fuera como el pórtico del Código postconciliar.

En el tratado canónico de la persona del Código de 1917 apenas se decía nada sobre los laicos, que venían a ser como el “resto” del pueblo de Dios: quienes no éramos clérigos ni religiosos. No es necesario repetir cómo Lumen gentium configuró con luces nuevas y positivas la condición y la misión de los laicos. Y la de los presbíteros en el Decreto Presbyterorum ordinis. A pesar de todo, el papa Francisco sigue lamentando, con razón, la presencia de manifestaciones del viejo clericalismo.

No me di cuenta entonces, pero sufrí a los nueve años mi primera paradoja clerical. No tenía experiencia, porque mis padres, buenos cristianos, no eran de los que sentaban a sacerdotes en la mesa familiar. Pero recuerdo mi sorpresa en el examen de ingreso para el bachillerato, ante un solemne tribunal de cinco personas en el Instituto San Isidro de Madrid. No sé si antes o después se hacía un dictado: la enseñanza secundaria comenzaba sin faltas de ortografía...

En la prueba oral, íbamos contestando preguntas diversas. Recuerdo sólo la de un sacerdote −me pareció más bien mayor−, sobre quién había hecho el Credo. En casa de mis padres −abogado, maestra de máximo nivel− había muchos libros. Y en alguno había leído de un obispo de Córdoba, Osio, que tuvo una participación muy relevante en el concilio de Nicea, justamente en la precisión del símbolo de la fe. Aquel buen sacerdote me dijo que no: que el Credo lo habían hecho los Apóstoles... No lo entendí, porque me constaba haber leído lo de Osio, quizá en el contexto de ínfulas nacionales propias de aquella época. Tiempo más tarde conocería el texto sobre el credo de los apóstoles en catecismos escolares que nunca estudié, pero también las batallas teológicas de Nicea y Constantinopla. Lo he pensado más de una vez para comprender la diferencia entre la fe y la teología, con la consiguiente libertad de investigación y expresión: la enseñanza teológica no es exclusiva de clérigos.

Con todo esto justifico mi quizá excesiva sensibilidad ante el uso y abuso de la palabra “Iglesia”. Me molestan los manejos clericales tanto como las zafiedades anticlericales. Muchas veces se ha repetido estos días que “la Iglesia desmiente a la vicepresidenta del gobierno”. Aparte de preferir el uso gramatical del término vicepresidente −derivado del participio de presente descrito en la conjugación de los verbos−, tiene bemoles el cisco que han armado con el valle de Cuelgamuros, creando problemas donde no los había. La Transición superó las secuelas de la guerra: también supieron perdonar magnánimamente republicanos insignes, presos políticos que trabajaron en las obras: uno de ellos, catedrático, muy admirado por mi padre republicano. En cualquier caso, no parece nada laico buscar apoyo en la Jerarquía eclesiástica para justificar las propias decisiones.

Mucho más graves son los abusos clericales de carácter sexual, que salpican también a España, como comentó hace semanas Francisco Serrano Oceja: y aquí sí se comprende que la Conferencia episcopal actualice las normas aplicables y nombre una comisión específica para atender de modo particular ese doloroso problema. Lo sufrimos todos, porque −como señaló el papa Francisco con palabras de san Pablo en su Carta al pueblo de Dios del pasado 20 de agosto−, “si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26).

El intenso dolor lleva a pedir perdón y reparar. Y a precisar las causas, para “generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”. En el origen no está sólo un ejercicio anómalo de la autoridad dentro de la Iglesia, ni la inercia del arcaico privilegio del fuero. Pero, además de la penitencia y de la oración, del hambre y sed de justicia, del compromiso en la construcción de esa cultura −de todos y cada uno−, “decir no al abuso es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”. También el de los supuestamente anticlericales…

Salvador Bernal, en religion.elconfidencialdigital.com.