El deseo de Francisco en su diálogo con los periodistas en el vuelo hacia Roma al final del viaje en Rumania: el político no debe sembrar odio y miedo, solo esperanza

Alessandro Gisotti. Buenas tardes y bienvenido, Santo Padre, bienvenidos. Vuelo de regreso… Santo Padre, el lema de este viaje era “Caminemos juntos”, pero también “volamos juntos”, porque pienso que hemos volado mucho con esfuerzo, fatiga… En el discurso a la prensa extranjera, hace pocos días, concluía diciendo: “Veo en los viajes apostólicos en concreto vuestro cansancio”. La fatiga, la pasión, el esfuerzo de los colegas que han contado este viaje. Hoy es la Jornada de las Comunicaciones Sociales, como sabéis, dedicada a nosotros como periodistas, agentes de la comunicación, sobre el tema “Somos miembros los unos de los otros”. Santo Padre, sé que entes de las preguntas quiere darnos una breve reflexión de esta Jornada a nosotros dedicada.

Buenas tardes. Muchas gracias por vuestra compañía. Como ha dicho Gisotti, hoy esta Jornada se refiere a vosotros, vuelve nuestro pensamiento a vosotros. Trabajáis en las comunicaciones, sois agentes −como ha dicho Alessandro−, pero antes que todo sois, deberíais ser, testigos de la comunicación. Hoy la comunicación va para atrás, en general; va adelante el contacto: tener contactos y no llegar a comunicar. Y vosotros, por vocación, sois testigos de comunicar. Es verdad, debéis hacer contactos, pero no quedarse ahí, seguir adelante. Espero que vayáis adelante en esa vocación, en ese testimonio de comunicar, porque este tiempo tiene mucha necesidad de un poco menos de contactos y más comunicación. Gracias. Felicidades por vuestra Jornada. Y ahora adelante con las preguntas.

Diana Dumitrascu, de la Tv rumana TVR. Santo Padre, le agradecemos su visita a Rumanía. Santidad, Usted sabe que millones de paisanos nuestros han emigrado en los últimos años. ¿Cuál es su mensaje para una familia que deja a sus hijos para ir a trabajar al extranjero con el fin de asegurarles una vida mejor? Gracias.

Ante todo, eso me hace pensar en el amor de la familia, porque dividirse en dos, en tres no es nada bonito. Siempre está la nostalgia de reencontrase. Pero separarse para que no falte nada a la familia es un acto de amor. En la Misa de ayer escuchamos la última petición de aquella señora que trabajaba en el extranjero para ayudar a la familia. Siempre una separación así es dolorosa. ¿Y por qué se van? No para hacer turismo, por necesidad. Necesidad. Y tantas veces, no es porque en el país no encuentre. Muchas veces son resultados de una política mundial que incide en eso. Sé que es la historia de tu país, tras la caída del comunismo. Y tantas empresas extranjeras han cerrado para abrir en el extranjero y ganar más. Cerrar hoy una empresa es dejar gente en la calle. Y también esa es una injusticia mundial, general, de falta de solidaridad. Es un sufrimiento. ¿Cómo luchar? Intentando abrir fuentes de trabajo. No es fácil; no es fácil en la situación mundial actual de las finanzas, de la economía. Pero pensad que vosotros tenéis un nivel de nacimientos impresionante: aquí no se ve el invierno demográfico que vemos en Europa. Es una injusticia no poder tener fuentes de trabajo para tantos jóvenes. Y por eso espero que se resuelva esta situación que no depende solo de Rumanía, sino del orden mundial financiero, de esta sociedad del consumismo, del tener más, de ganar más. Y tanta gente se queda sola. No sé, esa es mi respuesta: un llamamiento a la solidaridad mundial en este momento en que Rumanía tiene la presidencia de la Unión Europea, mirarla un poco… Gracias.

Cristian Micaci, de Radio María-Rumanía. Santo Padre, como ya se ha dicho, se ha hablado mucho en estos días de “caminar juntos”. Ahora, a su vuelta, le quería preguntar: ¿qué nos aconseja a los de Rumanía? ¿Cuáles deberían ser las relaciones entre las confesiones, en particular entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa −la minoría católica y la mayoría ortodoxa−, el trato entre las varias etnias y la relación entre el mundo político y la sociedad civil?

En general, yo diría el trato de la mano tendida, cuando hay conflictos. Hoy un país en desarrollo con un alto nivel de nacimientos como vosotros, con este futuro, no puede permitirse el lujo de tener enemigos dentro. Se debe hacer un proceso de acercamiento, siempre: entre las diversas etnias, las diversas confesiones religiosas, sobre todo las dos cristianas. Eso es lo primero: siempre la mano tendida, la escucha del otro. Con la Ortodoxia: tenéis un gran Patriarca, un hombre de gran corazón y un gran estudioso. Conoce la mística de los Padres del desierto, la mística espiritual, ha estudiado en Alemania. Es también un hombre de oración. Es fácil acercarse a Daniel, es fácil, porque yo lo siento hermano y hemos hablado como hermanos. Yo no diré: “Y porqué vosotros…”, y él no dirá: “Y porqué vosotros…”. ¡Vamos juntos! Teniendo siempre esta idea: el ecumenismo no es llegar al final del partido, de las discusiones; el ecumenismo se hace caminando juntos. Rezando juntos. El ecumenismo de la oración. Tenemos en la historia el ecumenismo de la sangre: cuando mataban cristianos no preguntaban: “¿Tú eres ortodoxo? ¿Tú eres católico? ¿Tú eres luterano? ¿Tú eres anglicano?”. No. “Tú eres cristiano”, y la sangre se mezclaba. Un ecumenismo del testimonio, es otro ecumenismo. De la oración, de la sangre, del testimonio. Luego, el ecumenismo del pobre, como lo llamo yo, que es trabajar juntos en lo que podamos, trabajar para ayudar a los enfermos, a la gente que está un poco al margen del mínimo bienestar: ayudar. Mateo 25: ese es un buen programa ecuménico, ¿no? Caminar juntos, y eso ya es unidad de los cristianos. Pero no esperéis que los teólogos se pongan de acuerdo para llegar a la Eucaristía. La Eucaristía se hace todos los días con la oración, con la memoria de la sangre de nuestros mártires, con las obras de caridad y también queriéndose. En una ciudad de Europa había un buen trato −¡hay!− entre el Arzobispo católico y el Arzobispo luterano. El Arzobispo católico tenía que venir al Vaticano el domingo por la tarde y llamó para decir que vendría el lunes por la mañana. Cuando llegó me dijo: “Perdone, pero ayer el Arzobispo luterano tuvo que ir a una reunión y me pidió: ‘Por favor, ven a mi catedral y haz tú el culto’”. ¡Hay hermandad! ¡Llegar a eso es mucho! Y la predicación la hizo el católico. No hizo la Eucaristía, pero la predicación sí. Eso es hermandad. Cuando estaba en Buenos Aires fui invitado por la Iglesia escocesa a dar varias predicaciones, e iba allá y predicaba… ¡Se puede! Se puede caminar juntos. Unidad, hermandad, mano tendida, mirarse con bondad, no hablar mal de los demás… Defectos los tenemos todos, todos. Pero si caminamos juntos, los defectos dejémoslos a parte: esos los critican los “solterones”. Gracias.

Xavier Lenormand, de Média francés. Santidad, mi pregunta se refiere un poco a la de antes. El primer día de este viaje Usted fue a la catedral ortodoxa para un bonito momento pero también un poco duro de la oración del Padrenuestro. Un poco duro porque si católicos y ortodoxos estaban juntos, no rezaron juntos. Usted acaba de hablar del ecumenismo de la oración. Así que mi pregunta es: Santidad, ¿qué pensó cuando se quedó en silencio durante el Padrenuestro en rumano? ¿Y cuáles son los próximos pasos concretos en ese caminar juntos? Gracias, Santidad.

Yo te haré una confidencia: no me quedé en silencio, recé el Padrenuestro en italiano. ¿Tú también? Muy bien. Y vi, durante la oración del Padrenuestro, que la mayoría de la gente rezaba, o en rumano o en latín. La gente va más allá de los jefes: los jefes debemos hacer equilibrios diplomáticos para asegurar que vamos juntos. Hay costumbres, reglas diplomáticas que es bueno conservar para que las cosas no se estropeen; pero el pueblo reza unido. Y nosotros, cuando estamos solos, rezamos juntos. Eso es un ejemplo. Yo tengo la experiencia de oración con tantos, pastores luteranos, evangélicos y ortodoxos. Los Patriarcas son abiertos. Sí, también los católicos tenemos gente cerrada, que no quiere y dice: “No, los ortodoxos son cismáticos”. Son cosas viejas. Los ortodoxos son cristianos. Pero hay grupos católicos un poco integristas: debemos tolerarlos, rezar por ellos para que el Señor y el Espíritu Santo ablanden un poco su corazón. Pero yo recé. Los dos. No miré a Daniel, pero creo que él hizo lo mismo.

Manuela Tulli, de Ansa. Buenas tardes, Santo Padre. Hemos estado en Rumanía, país que se ha mostrado europeísta. En estas recientes elecciones, algunos líderes políticos, como nuestro viceprimer Matteo Salvini, han hecho campaña electoral mostrando símbolos religiosos: en los comicios hemos visto rosarios, cruces, consagraciones al Corazón Inmaculado de María. Quería saber qué impresión le ha causado esto, y si es cierto, como alguna indiscreción dice, que Usted no quiere recibir a nuestro Viceprimer Ministro.

Lo primero −empezaré por la segunda−, no he oído que nadie del gobierno, excepto el Primer Ministro, haya pedido audiencia. Nadie. Para pedir una audiencia, se debe hablar con la Secretaría de Estado, se pide audiencia. El primer Conte la pidió y se le dio, como indica el protocolo. Fue una bonita audiencia, con el Primer Ministro, de una hora o más, tal vez. Un hombre inteligente, un profesor que sabe de qué habla. Respecto al Viceprimer, no he recibido peticiones, y de otros ministros tampoco. Sí, del Presidente de la República la recibí.

Segundo, sobre esas imágenes. He confesado tantas veces que leo dos periódicos: el “periódico del partido”, o sea “L’Osservatore Romano”, ese lo leo y sería bueno que vosotros lo leyeseis, porque ahí hay claves de interpretación muy interesantes. Y también las cosas que yo digo están ahí. Y luego “Il Messaggero”, que me gusta porque tiene titulares grandes: yo lo ojeo así, algunas veces me detengo... Y no he entrado en esas noticias de propagandas, cómo ha hecho un partido la propaganda electoral u otro… De verdad.

Hay un tercer elemento, en esto me confieso ignorante: yo no entiendo la política italiana. Es verdad, debo estudiarla, no la comprendo. Dar una opinión sobre actitudes de una campaña electoral, de uno de los partidos, sin información, sería muy imprudente por mi parte. Yo rezo por todos, para que Italia vaya adelante, para que los italianos se unan y sean leales en su empeño. También yo soy italiano porque soy hijo de emigrantes italianos: en la sangre soy italiano. Mis hermanos, todos tienen la ciudadanía. Yo no he querido tenerla porque cuando la obtuvieron yo era obispo, y dije: “No, el obispo debe ser de la patria”, y no quise tomarla. Por eso no la tengo. Existe, en la política de tantos países −muchos−, la enfermedad de la corrupción, por todas partes. No digáis mañana: “El Papa ha dicho que la política italiana es corrupta”; no. He dicho que una de las enfermedades de la política en todas partes es caer en la corrupción. Un hecho universal. Por favor, no me hagáis decir lo que no he dicho. Y una vez me dijeron cómo son los pactos políticos: imaginemos una reunión de nueve empresarios a la mesa; discuten para ponerse de acuerdo en el desarrollo de sus empresas y al final, tras horas y horas, y café y café, se ponen de acuerdo. Toman las actas, hacen el resumen, lo leen… ¿De acuerdo? De acuerdo. Mientras lo hacen imprimir toman un whiskey para celebrarlo y luego empiezan a pasar los folios para firmar el acuerdo. En el momento en que pasan los papeles, bajo mesa, yo y aquel… hago otro bajo mesa. Eso es corrupción política, que se hace un poco en todas partes. Debemos ayudar a los políticos a ser honestos, a no hacer campaña con banderas deshonestas: la calumnia, la difamación, los escándalos… Y, tantas veces, sembrar odio y miedo: esto es terrible. Una política, un político nunca, jamás debe sembrar odio y miedo. Solo esperanza. Justa, exigente, pero esperanza. Porque debe conducir al país allí, y no meterle miedo. No sé si he respondido. Pero sobre los detalles de la conducta de los políticos no sé.

Eva Fernández, periodista de la Cope. Santo Padre, ayer en el encuentro con los jóvenes y las familias, insistió de nuevo en la importancia del trato entre abuelos y jóvenes, para que los jóvenes tengan raíces para seguir adelante y los abuelos puedan soñar. Usted no tiene una familia cerca, pero ha dicho que Benedicto XVI es como un abuelo, es como tener un abuelo en casa…

¡Es verdad!

¿Sigue viéndolo como un abuelo?

¡Y más! Cada vez que voy a visitarlo lo siento así. Y le cojo la mano y lo hago hablar. Habla poco, habla despacio, pero con la misma profundidad de siempre. Porque el problema de Benedicto son las rodillas, no la cabeza: tiene una gran lucidez y yo, al oírlo hablar, me siento fuerte, siento el “zumo” de las raíces que mi viene y me ayuda a seguir adelante. Siento esa tradición de la Iglesia que no es una cosa de museo, la tradición, no. La tradición es como las raíces, que te dan el jugo para crecer. Y tú no serás como las raíces, no: florecerás, el árbol crecerá, darás frutos y las semillas serán raíces para los demás. La tradición de la Iglesia está siempre en movimiento. En una entrevista que hizo Andrea Monda en “L’Osservatore” −leéis L’Osservatore, ¿no?− hace unos días, había una frase que me gustó mucho, del músico Gustav Mahler. Y hablando de las tradiciones, decía: “La tradición es la garantía del futuro y no la conservación de las cenizas”. No es un museo. La tradición no conserva las cenizas, la nostalgia de los integristas, volver a las cenizas, no. La tradición son raíces que garantizan que el árbol crezca, florezca y dé fruto. Y repito esa pieza del poeta argentino que mi gusta tanto citar: “Todo lo que el árbol tiene de florecido, le viene de lo que tiene enterrado”. Estoy contento, porque en Iasi hice referencia a aquella abuela: fue un gesto de “complicidad”, y con aquellos ojos… En aquel momento estaba tan emocionado que no reaccioné y luego el papamóvil siguió adelante; bueno, podría haberle dicho que viniera adelante, a esa abuela, para mostrar aquel gesto… Y le dije al Señor Jesús: “Es una pena, pero tú eres capaz de resolverlo”. Y nuestro bravo Francesco [fotógrafo], cuando vio la comunicación que tuve con aquella mujer con los ojos, sacó la fotografía y ahora es pública: la vi esta tarde en Vatican Insider. Esas son las raíces, y eso crecerá. No será como yo, pero yo doy lo mío. Es importante ese encuentro. Luego están los verbos. Cuando los abuelos oyen que tienen nietos que llevarán adelante la historia, comienzan a soñar −los abuelos cuando no sueñan se deprimen−: ¡hay futuro! Y los jóvenes, animados por esto, comienzan a profetizar y a hacer historia. Importante.

Lucas Wiegelmann, de la Herder Korrespondenz... Esa revista la leía yo en Buenos Aires …

Lucas Wiegelmann. Santo Padre, en estos días ha hablado mucho de la fraternidad entre las gentes y de caminar juntos, cosa que ya habíamos oído. Pero vemos que en Europa crece el número de los que no desean la fraternidad sino el egoísmo y el aislamiento, prefieren caminar solos. ¿Por qué es así, en su opinión, y qué debe hacer Europa para cambiarlo? Gracias.

Perdonadme si me cito a mí mismo, lo hago sin vanidad, por utilidad. He hablado de ese problema en dos o tres discursos: el de Estrasburgo; el que hice cuando recibí el Premio Carlo Magno; y luego en el discurso a todos los jefes de Estado y de gobierno en la Sala Regia: estaban todos, cuando fue el aniversario de los Pactos para la fundación de la Unión Europea. En esos discursos he dicho todo lo que pienso. Y hay también otro discurso, que no hice yo sino el alcalde de Aquisgrán: ese es una joya, una joya vuestro, alemana. Una joya. Léelo y encontrarás cosas. Europa debe dialogar. Europa no debe decir: “Estamos unidos, ahora decimos a Bruselas: apañaos vosotros, seguid adelante vosotros”. No. Todos somos responsables de la Unión Europea, todos. Y esa circulación de la presidencia no es un gesto de cortesía como bailar el minueto: te toca a ti, te toca a ti. No. Es un símbolo de la responsabilidad que cada uno de los países tiene respecto a Europa. Si Europa no mira bien los retos futuros, Europa se marchitará. Me permití decir, en Estrasburgo, que siento que Europa está dejando de ser la “madre Europa” y está convirtiéndose en la “abuela Europa”. Ha envejecido. Ha perdido el deseo de trabajar juntos. Quizá, a escondidas, alguno se puede preguntar: “¿Y no será este el fin de una aventura de 70 años?”. Hay que retomar el espíritu de los Padres fundadores: retomarlo. Europa necesita de sí misma, de ser ella misma, su propia identidad, su unidad, y superar con esto, con tantas cosas que la buena política ofrece, superar las divisiones y las fronteras. Estamos viendo fronteras en Europa: eso no es bueno. Ni siquiera fronteras culturales, no son buenas. Es verdad que cada país tiene su cultura y debe protegerla, pero con el espíritu del poliedro: hay una globalización donde se respetan las culturas de todos, pero todos unidos. Por favor, que Europa no se deje vencer por el pesimismo o las ideologías, porque Europa, en este momento, es atacada no con cañones o bombas, sino con ideologías: ideologías que no son europeas, que vienen de fuera o nacen en grupos europeos, pero no son grandes. Pensad en la Europa, dividida y beligerante, del ’14 y del ’32-’33 hasta el ’39, cuando estalló la guerra: ¡no volvamos a eso, por favor! Aprendamos de la historia. No caigamos en el mismo agujero. La otra vez os dije que se dice que el único animal que cae dos veces en el mismo hoyo es el hombre: ¡el asno nunca lo hace! No sé qué más decirte… Pero lee ese discurso del alcalde de Aquisgrán: es una joya.

Ahora, dos cosas. Por el clima, ayer tuve que ir en coche: 2h y 40m. Fue una gracia de Dios: vi un paisaje bellísimo, como nunca había visto. Atravesé toda Transilvania: es una belleza. Jamás había visto una cosa así. Y hoy, para ir a Blaj, lo mismo: una cosa bonita, hermosa. El paisaje de este país. Agradezco también a la lluvia que me ha hecho viajar así y no con helicóptero, para tener más contacto con la realidad. Y lo segundo, sé que algunos sois creyentes, otros no tanto. Diré a los creyentes: rezad por Europa, rezad por Europa, por la unidad. Que el Señor nos dé la gracia. A los no creyentes: desead la buena voluntad, el deseo del corazón, el deseo de que Europa vuelva a ser el sueño de los Padres fundadores. Gracias. Muchas gracias. Y buen fin de vuestra “fiesta”.

Fuente: vatican.va / romereports.com.

Traducción de Luis Montoya.

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