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Con Dios, mejor

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Escrito por Juan Luis Selma
Publicado: 27 Julio 2026

La fe católica se reivindica frente a los prejuicios históricos como una fuente de libertad, sentido y fortaleza vital

No sé qué experiencias personales tienen algunos detractores de Dios. Yo llevo muchos años de sacerdocio y puedo contar las mías y las de miles de personas para quienes Dios es, claramente, ganancia.

Los pocos años que pasé alejándome de Él -los típicos de la adolescencia- son los únicos que desearía rehacer si pudiera volver a nacer. Pagaría por haber tenido entonces a alguien que me orientara y me ayudara a volver a Dios.

En el siglo XVI, España controlaba vastos territorios en Europa, América y Asia, y defendía el catolicismo frente a la Reforma protestante. Esta posición generó recelos y hostilidad en potencias emergentes como Inglaterra y los Países Bajos, y fue el origen de la llamada Leyenda Negra. La difusión masiva de panfletos, grabados y relatos exagerados construyó una imagen injusta y negativa de España.

Algo parecido sucedió poco después con la Revolución Francesa: en nombre de la razón se atacó a la Iglesia Católica, tachándola de oscurantista.

La leyenda negra antiespañola y el anticatolicismo revolucionario forman parte de un mismo clima intelectual europeo que, desde el siglo XVI al XVIII, presenta al catolicismo como enemigo de la libertad, la razón y el progreso. Pero esta mentalidad es incoherente: se basa en prejuicios heredados, no en análisis racional; aplica criterios distintos según convenga, e ignora hechos históricos verificables cuando contradicen su narrativa.

Y, sobre todo, es vitalmente insostenible. Los creyentes somos los más libres y los más felices: vivimos mejor.

Muchos filósofos creyentes -y también no creyentes abiertos a la espiritualidad- coinciden en que la fe permite vivir mejor porque libera del yo, del rendimiento, del miedo y del vacío. Y permite vivir más libres porque da sentido, vínculo, esperanza y profundidad.

El libro de los Reyes nos muestra esta oración de Salomón: “Señor, mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David, mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”.

Esta capacidad de discernir lo que es bueno y lo que daña es fundamental para ser libres y para elegir bien. Si todo vale lo mismo, si nada tiene consecuencias, si mis decisiones no importan, ¿para qué sirve la libertad?

El hombre sin albedrío, sin capacidad de redención, es como los antiguos esclavos de las minas de plata o los galeotes: castigados a malvivir, su única esperanza era una muerte rápida y un poco de aire o de agua fresca.

Por eso alcanzan su pleno sentido las parábolas del Evangelio: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”.

Gracias a Dios, muchos hoy lo perciben así. Miles de jóvenes -y también adultos- están volviendo a la Iglesia: la ven como reducto de libertad, como luz, como hogar. Que es lo que es, por mucho que algunos se empeñen en desfigurarla.

Copio este titular de El Debate: La 'Selección de la fe': el testimonio público y sin complejos de los campeones que no han tenido miedo de rezar ante el mundo. El autor del gol que dio el título a España, Ferran Torres, señaló al cielo tras su gesta: "Gracias a Dios, siempre me da esas fuerzas para seguir".

El capitán de la Selección, Rodri, afirmó: "Quiero dar las gracias a Dios, porque con estos valores y esta perseverancia, al final consigues todo de vuelta".

San Josemaría repetía que la fe es bella porque nos permite descubrir que somos hijos de Dios. Y esta verdad, cuando se vive, transforma la vida interior: da alegría, da seguridad, da libertad, da paz. La belleza de la fe es la belleza de saberse amado.

Por eso, el mejor negocio es venderlo todo para comprar el tesoro de una vida bien vivida, compartida con el gran Amigo Jesús, con nuestro Padre Dios y con el Amor infinito del Espíritu Santo.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es

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