Una reflexión sobre los límites humanos y el perdón, a partir de la honestidad con la que la inteligencia artificial admite sus propios fallos.
Me llama la atención la advertencia que suelen hacer las distintas inteligencias artificiales: “No soy perfecta, puedo fallar”. Es un gesto de honradez del que, paradójicamente, a veces carecemos los humanos.
La IA reconoce que puede equivocarse porque trabaja con límites, igual que nosotros. Aunque procese enormes cantidades de información y responda con rapidez, sigue siendo un sistema que depende de datos, patrones e instrucciones. No tiene experiencia directa del mundo, ni intuición, ni ese “olfato” del que hablábamos al mencionar la sindéresis. Por eso admite sus fallos: porque no lo sabe todo, porque interpreta lo que recibe y porque no siempre capta el matiz exacto de lo que queremos decir.
La IA reconoce que no es perfecta y pide indulgencia. Nosotros, para pedir perdón, necesitamos humildad. Ella reconoce sus límites; nosotros, a veces, los escondemos.
El mundo real no es perfecto. El santo tampoco lo es. La mejor persona del mundo tiene su lado oscuro. No existe relación impecable. Es ingenuo pensar que todo debe salir bien para ser feliz. Sin embargo, los patrones culturales y las tendencias rectoras del mundo actual parecen exigir lo contrario:
Todo esto forma un relato seductor, pero no deja de ser eso: un cuento. Promete mucho y da poco. Nos deja vacíos.
La Biblia, que recoge la sabiduría de siglos y la Palabra de Dios, afirma al final del relato de la Creación que Dios vio que todo era bueno, incluso muy bueno. Pero enseguida muestra cómo el ser humano, instigado por el demonio, prefirió organizarse por su cuenta. Se apartó del bien, perdió el paraíso y, casi inmediatamente, aparece el fratricidio de Caín.
Dios, que nos conoce bien, sabe que estamos heridos, estropeados, lejos de Él. Por eso nos envía a su Hijo para redimirnos y sanarnos. Cuenta con el pecado, con los límites y con las miserias. Cuenta con nuestra necesidad de perdonar y ser perdonados.
El Evangelio de hoy me emociona. Es una parábola, un cuento divino profundamente pedagógico y alentador:
“Se acercó Pedro y le preguntó:
— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?
Jesús le respondió:
— No te digo que, hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”
Jesús continúa con la historia del rey que perdona una deuda inmensa —diez mil talentos— de manera inmediata y gratuita. Dios sabe cómo somos, nos quiere así y nos sueña mejores. Por eso perdona y da oportunidades. Él carga con nuestros delitos.
La reacción del siervo perdonado nos retrata: “Al salir, encontró a un compañero que le debía cien denarios; lo agarró, lo ahogaba y decía: ‘Págame lo que me debes’.” Nos cuesta perdonar, no nos conocemos. Exageramos las ofensas.
Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón. “La ofensa –dice– es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo”.
Perdonar de verdad, pedir perdón no es pasar por alto el mal, la ofensa, mirar para otro lado, no tenerla en cuanta. Es algo mucho más profundo, es algo divino que logra sanar el mal, recrear al ofensor. Darle otra oportunidad, una vida nueva.
Si aceptamos que somos pecadores y limitados, si vivimos en la verdad, buscaremos renovarnos y dejarnos purificar por Dios. Comprenderemos a los demás y les ofreceremos un perdón sincero que los hará mejores. Transformaremos el mundo. Lo haremos más humano.
Al contar con los límites, los superaremos con la ayuda divina.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es
| Detrás de la economía hay personas |
| «A largo plazo, la xenofobia se vuelve totalmente autodestructiva» |
| La amistad elemento clave de la comunicación y de la relación |
| Ratzinger y Polo, dos pensadores a la altura de nuestro tiempo |
| Fundamentos bíblicos de la devoción al Corazón de Jesús |
| La belleza salvará al mundo; me salvó a mí |
| La intervención estatal, la regulación económica y el poder de policía |
| Historias para reconciliar. Una metodología basada en Storytelling |
| Una crítica sustancial del marxismo |
| “Experiencias de Dios” en la vida cotidiana |
| La importancia de ser humano |
| «Bodas de sangre» y sus elementos trágicos |
| Acontecer y acontecimiento en Nietzsche |
| Importancia de la familia en Perú: Un análisis de la realidad a partir de datos estadísticos |
| Palabra de Dios, palabra del hombre |