La respuesta está en el amor, que consiste en querer el bien del otro y no en esperar que satisfaga nuestras necesidades
Hace unos días, mientras paseaba por una ciudad del norte de España, se me acercó un grupo de estudiantes de Psicología que estaba realizando una encuesta. Después de pedirme permiso para grabar la conversación, una chica me lanzó una pregunta tan sencilla como profunda:
—¿Para qué sirve la vida?
Así, de sopetón, respondí:
—Para ser felices amando y dejándonos amar.
Su siguiente pregunta no fue menos importante:
—¿Y qué es amar?
Son dos interrogantes que todos deberíamos plantearnos alguna vez. No podemos vivir como quien camina sin rumbo, dejándose llevar por las circunstancias, sin preguntarse quién es, de dónde viene o hacia dónde se dirige.
Amar no consiste principalmente en buscar que nos hagan felices, que nos comprendan siempre o que satisfagan nuestras necesidades. Amar es querer el bien del otro, procurar su felicidad y entregarse generosamente por él. Cuando reducimos el amor a lo que recibimos, terminamos equivocándonos en lo más importante. Esa visión acaba generando frustración, dependencia e infelicidad.
Al contar esta conversación a un amigo, me respondió con una sencillez que encerraba una gran verdad:
—¿Que para qué es la vida? Para amar al Señor y a mi Petri en la tierra, y después gozar con ellos en el cielo... ¡para siempre!, ¡para siempre!, ¡para siempre!
Aquella respuesta me recordó que el corazón humano está hecho para un amor que no termine nunca.
El Evangelio de hoy resume maravillosamente el sentido de nuestra existencia:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas".
Es hermoso descubrir que aquello que Dios nos pide coincide precisamente con aquello para lo que hemos sido creados. Nos manda amar porque en el amor está nuestra plenitud. Como hemos comentado en otras ocasiones, Dios juega siempre a nuestro favor, nunca en nuestra contra.
Sin embargo, amar así no resulta fácil. Todos llevamos dentro heridas, egoísmos, miedos y contradicciones que dificultan esa entrega. Por eso necesitamos ser salvados.
Quizá algunos piensen que no necesitan la salvación o que la promesa del cielo tiene poco que ver con su vida cotidiana. Sin embargo, todos experimentamos momentos de oscuridad, cadenas que nos atan, incoherencias que nos hacen sufrir. Dios no viene a salvarnos de una amenaza lejana; viene a salvarnos de aquello que nos impide ser plenamente nosotros mismos.
Nos libera del egoísmo, del orgullo y de ese pequeño tirano que todos llevamos dentro. Cuando le permitimos iluminar nuestras sombras, sanar nuestras heridas, romper nuestras cadenas y fortalecer nuestra debilidad, comenzamos a experimentar una auténtica libertad.
Solo entonces podemos aprender a querernos de verdad y, desde ahí, amar a los demás. Cuando la luz vuelve a entrar en el corazón, regresan también la paz y la esperanza. Y cuando una persona recupera la esperanza, vuelve a cantar.
La lírica acaba conduciendo a la épica. Quien encuentra sentido a su vida ya no se conforma con sobrevivir; lucha, sueña, sirve y se entrega.
La vida está hecha para ser saboreada. Necesitamos aprender a disfrutar de lo bueno, admirar lo bello y agradecer lo auténtico. Para ello es imprescindible detenerse y contemplar.
Las prisas, el activismo y los constantes estímulos que nos rodean nos roban con frecuencia lo más importante. Son como los dementores de Harry Potter: absorben poco a poco nuestra alegría y nos dejan vacíos por dentro.
Necesitamos buscar tiempo para amar y para estar con el Amado.
Escribía recientemente el Prelado del Opus Dei:
“El dinamismo más íntimo del amor consiste en la búsqueda del amado. Quien ama no se contenta con conocer de manera superficial, con saber algunas cosas sobre el amado: anhela contemplar su rostro, estar en su presencia, escuchar su voz. La genuina oración cristiana está marcada por aquel gemido filial del salmista: 'Vultum tuum, Domine, requiram (Sal 27, 8), ¡tu rostro buscaré, Señor!'.
Y esa mirada contemplativa no se dirige solamente a Dios. También estamos llamados a descubrir el rostro de los demás.
Como recordaba Benedicto XVI, 'el programa del cristiano, el programa del buen samaritano, el programa de Jesús, es un corazón que ve'. Un corazón capaz de reconocer dónde hay necesidad de amor y actuar en consecuencia".
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es
| Actitudes hacia el amor y apego |
| Abraham, nuestro padre en la fe |
| La vocación al matrimonio y el derecho natural |
| La persona y el respeto de la vida humana |
| Diez tesis sobre el capitalismo, la moral y la religión |
| La poesía como filosofía |
| Detrás de la economía hay personas |
| «A largo plazo, la xenofobia se vuelve totalmente autodestructiva» |
| La amistad elemento clave de la comunicación y de la relación |
| Ratzinger y Polo, dos pensadores a la altura de nuestro tiempo |
| Fundamentos bíblicos de la devoción al Corazón de Jesús |
| La belleza salvará al mundo; me salvó a mí |
| La intervención estatal, la regulación económica y el poder de policía |
| Historias para reconciliar. Una metodología basada en Storytelling |
| Una crítica sustancial del marxismo |