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De vocación: matrona. De París a Caracas

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Escrito por Marcos Pantin
Publicado: 10 Mayo 2013
“Cuando uno trae una vida al mundo, se 'toca' la emoción en la sala de parto; es impresionante, un verdadero milagro”

Revista Palabra

Lotilde Boutin es francesa, se licenció en la Escuela de Parteras de la Universidad de Medicina de París en 2010 y en la actualidad reside en Caracas (Venezuela) con su marido. Tienen un hijo y esperan el segundo

      Lotilde entra en la oficina. Se mueve con la pausa que corresponde a sus ocho meses de embarazo. Viene con Marcelino, su hijo de dos años que en pocos minutos ha desmontado la habitación. Lotilde no pierde la calma. Además de su natural sereno, ella es “partera” (matrona) de profesión. «Me parece que “partera” no hace gala a la belleza e importancia de tu profesión», le comento. «Sí, pero en francés las parteras tienen un nombre más revelador: “sage-femme”, que significa mujer sabia», contesta.

      Lotilde Boutin obtuvo su cualificación en París en la Escuela de Parteras afiliada a la Universidad de Medicina de París en el año 2010. A los pocos meses se casa con Antero y viene a vivir a Venezuela. No se arredra ante la incertidumbre que signa esta nación. Lotilde lleva en la sangre el espíritu emprendedor que heredó de su madre.

      Al venir a Venezuela trae consigo su París natal y el Versalles de su adolescencia, avivando su proyecto profesional. Lotilde es la mayor de seis hermanos. Quien le sigue, Paul-Marie, estudia en el seminario y podría ordenarse en junio del año próximo.

      Lotilde ejerció su profesión en varios hospitales de París en las áreas de ginecología, maternidad, embarazadas de alto riesgo y servicios sociales de la maternidad. Ya en Caracas, Antero trabaja en el área del petróleo y ella se dedica a buscar cauces para su vocación de partera. Le pregunto qué es lo que le impulsó a ejercer su profesión en Caracas y su respuesta no deja lugar a dudas: «Mire, es algo que no se ‘está quieto’. Lo llevas dentro y no puedes contenerlo».

      Reconoce que en Francia su labor no siempre está bien vista debido a la cultura de la muerte que se extiende por el continente europeo. «Ser partera en mi país natal significa enfrentarse continuamente con infinidad de problemas de tipo moral. Eres partera porque amas y defiendes la vida. Paradójicamente, muchas de mis colegas terminaban empleadas donde la vida no se respeta tanto: prácticas abortivas, fecundación ‘in vitro’ y otras cosas tristes. Yo no quise eso para mí».

      Recuerda «una vez que, obedeciendo al Estado, le expliqué los diversos contraceptivos a una madre que acababa de dar a luz y sus implicaciones. Por supuesto que le hablé de los efectos abortivos de algunos de ellos. La buena mujer se me echó a llorar con llanto amargo. Nadie le había dicho antes la verdad completa».

      Señala que nadar contra esa corriente hostil no siempre es fácil, pero «te llena de una energía y de unas ganas enormes de trabajar en favor de la mujer y de la vida».

      Al poco de llegar a Caracas, su marido la puso en contacto con una prestigiosa profesional que fundó y dirige una clínica de maternidad comprometida con la promoción de la mujer. El trabajo que allí se realiza está impregnado por un delicado respeto hacia la madre, la humanización del embarazo y la promoción del parto natural.

      En muchos casos la información y el acompañamiento que se da a las futuras madres las disuade de modo natural del uso de contraceptivos. Además, el 30% de las pacientes son de escasos recursos económicos, y en algunos casos vienen solas a dar a luz. En estas ocasiones se hace sentir más el calor humano que signa a la institución.

      En este entorno Lotilde está como pez en el agua. Aprovecha las ocasiones que le ofrece su trabajo para realizar una humanitaria labor llena de sentido cristiano. Además viaja a otras ciudades para dar charlas a personal médico. Son otras oportunidades de trabajar en favor de la madre, muchas veces la única columna de la familia en estas latitudes. «Cuando uno trae una vida al mundo, se toca la emoción en la sala de parto. Es impresionante, un verdadero milagro», concluye.

Marcos Pantin (Caracas)

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